Han pasado más de 40 años desde la fundación de la Turbay. Ya es hora de apostarle a dos nuevas bibliotecas públicas (...) No podemos seguir ignorando a comunidades que, además de servicios básicos, exigen espacios de pensamiento.
Los miércoles eran sagrados. El ciclo de voces de escritores latinoamericanos —realizado en la Biblioteca Gabriel Turbay— era imperdible. Salíamos del Colegio Santander directo hacia la cita de las 6:30 p.m. Escuchar a Neruda, Borges, Paz o Vargas Llosa en voz alta era alucinante. Luego venía la tertulia. Yo, con 16 años, solo podía hacer dos cosas: escuchar con atención y tomar nota con devoción.
Así empezó mi amor por la literatura, por la escritura y por la Biblioteca Turbay. Nunca imaginé que allí daría mi discurso de grado, menos aún que trabajaría como funcionario y jamás que llegaría a formar parte de su junta directiva.
La Turbay ha sido —y sigue siendo— punto de partida y de encuentro para generaciones de actores, escritores, artistas plásticos, músicos y gestores culturales. Gente que ha hecho del pensamiento una trinchera y de la sensibilidad un modo de habitar el mundo.
Nuestra ciudad ha crecido: en población, en extensión, en activismo, en narrativas. Pero en medio de las megaobras, del transporte público y los planes candado, hay una discusión pendiente: la cultura. Necesitamos espacios donde se piense, se dialogue, se imagine. La cultura no es un lujo. Es una forma de movilidad interior. Es, quizás, el único camino real hacia una ciudadanía sensible, crítica y libre.
Han pasado más de 40 años desde la fundación de la Turbay. Ya es hora de apostarle a dos nuevas bibliotecas públicas: una en la Ciudadela y otra en el Norte. No podemos seguir ignorando a comunidades que, además de servicios básicos, exigen espacios de pensamiento.
La Ciudadela —con cerca de 25.000 estudiantes y una población adulta creciente— necesita más que cemento: necesita ideas. La llamada “Calle de los Estudiantes”, proyecto valioso en lo urbanístico, adolece de algo esencial: una biblioteca pública municipal. ¿Cómo hablar de futuro si no garantizamos lugares para formar criterio?
Ciudad Norte, por su parte, ha sido estigmatizada por la violencia, el microtráfico, las “fronteras invisibles” y la desesperanza. Pero esa narrativa puede cambiar si en vez de jíbaros, los jóvenes encuentran libros; si en vez de esquinas peligrosas, hay foros, debates, talleres y arte. Una biblioteca allí no sería solo una obra física: sería un símbolo, un acto político, un punto de inflexión.
La ciudad discute sobre El Carrasco, la movilidad, la seguridad... y está bien. Pero sin cultura, toda solución será superficial. Las bibliotecas públicas no son ornamentos del pasado.
Estimado lector, es importante el concurso de todos los actores sociales, no obstante, la decisión final esté en manos del alcalde de turno. Esas dos bibliotecas deben ser una realidad. Esta columna es la primera piedra.












