Melba Escobar, en Huir al presente, ofrece una reflexión íntima sobre la memoria, las emociones y el valor de la palabra en tiempos de desconexión. Con textos breves y lúcidos, invita a detenerse, reconectar y recuperar el sentido del aquí y el ahora.

En esta colección de textos, Melba Escobar ofrece una cartografía de las emociones y la memoria, un ejercicio intelectual y emocional de altísimo nivel que enlaza reflexiones profundas a partir de hechos cotidianos y observaciones aparentemente sencillas.
Su prosa es lúcida, honesta y a menudo vulnerable, que se enfrenta a las contradicciones de la vida moderna, a la complejidad de las relaciones humanas y a los fantasmas del pasado que, de algún modo, nos persiguen en el presente.
¿“Huir al presente” es un llamado a la reflexión y a la conciliación, como lo hizo Ernesto Sábato en algunas de sus obras?
Los lectores siempre encuentran conexiones que uno no encuentra. Sí, yo quiero creer que el lenguaje, desde sus inicios, y siempre, ha tenido como objetivo unirnos al mundo y a los demás. El lenguaje es un puente para llegar al otro, y lo extraño es que, con las redes sociales, lo que nos está pasando es que se ha vuelto más un lugar de odio y de desconexión y de soledad, y, de alguna manera, el mismo título, “Huir al presente”, plantea que el presente es lo único que tenemos, pero nos lo están robando la urgencia, las redes sociales, la velocidad, que muchas veces nos impiden estar aquí y ahora. Lea también: El resplandor de lo popular llega al Colombo de Bucaramanga con Sagrado Pop

Hay que pensar hasta dónde el lenguaje ha perdido su sentido; las palabras han tenido el poder de hacernos parte, como que el castellano es una lengua compartida por más de seiscientos millones de hispanohablantes; sin embargo, las palabras nos alejan cada vez más.
El libro es un intento de recordar que las palabras están ahí para acercarnos y trabajar justamente con textos que nacen mucho a ese instante puro: conversaciones con mis hijos; escenas cotidianas, de familia, de domingo de trabajo; y aquellas que llaman a la reflexión, porque creo que el hecho de reflexionar en esa pureza de los instantes está desapareciendo; se nos está desvaneciendo; solo se vive la inmediatez.
¿Los textos cortos de la obra, intencionalmente, pretenden acercarse a más lectores?
Es posible, claro, y por eso espero que lo lean muchos jóvenes, porque creo que ya es más difícil en este mundo, tan lleno de estímulos y obligaciones, pensar en sentarse a leer una novela de ochocientas páginas, o —menos— a escribirla. Entonces quizá también hay una dosis de realismo.
Hace días, estaba leyendo Los hermanos Karamazov, de Fedor Dostoievski, y pensaba que esa es una novela que no se podría escribir hoy, imposible; yo no creo que alguien pudiera escribir ese nivel de catedral literaria. Hoy en día no se puede; la vida no nos da para eso.
Quizás estoy equivocada, y ojalá así sea, pero, así como me preocupo por cómo mantenemos una conversación, yo creo que la literatura es una invitación a la conversación, y la palabra es una invitación a la conversación, así que, si esa conversación es más fácil para quienes prefieren leer textos de tres páginas, no tengo ningún problema, mientras sigamos manteniendo esa puerta abierta para que podamos comunicarnos.
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La obra es insistente en el problema de las redes sociales. ¿Las redes son un soma?; ¿qué puede hacerse frente a la manipulación y a la embriaguez de las redes?
Conectarnos; si no se puede todo el día, entonces durante muchas horas; que sea un hábito conectarnos. Hoy es tan triste ver en un restaurante familias almorzando y cada uno mirando el teléfono… Hay ciertos espacios que todavía podrían ser medianamente sagrados, algo de conservar, como esos rituales de respeto, también, al otro y a la conexión; es algo que se puede intentar, aunque se ha ido perdiendo. Antes, por ejemplo, una alocución presidencial era un evento absolutamente relevante; había algo sagrado, solemne.
Seguramente, muchos otros tampoco han contribuido, pero hoy el presidente está trinando desde la madrugada hasta la noche, en la mañana y en la tarde, y no se calla, y puede hablar en televisión horas y horas y horas, y uno apagó la atención desde hace mucho tiempo. Es muy triste, porque la palabra debería conservar ese valor; porque es algo que alguien entrega a un receptor; así que, de alguna manera, la palabra es una ofrenda; pero le quitamos ese significado y ese peso, y estamos perdiendo lo único que tenemos como humanidad que nos conecta y que nos hace ser comunidad, que es la capacidad de comunicarnos.
Es muy grave, entonces, esa desacralización de la palabra, y que se vuelva algo completamente irrelevante. La palabra es el poder que tenemos, el poder de cambiar, el poder de ser lo que queremos ser. El poder de construir el futuro está en la palabra.












