Con agujas, hilos y bastidores, estudiantes de 11 a 17 años del Instituto José Antonio Galán transforman sus historias en piezas textiles sobre equidad de género, memoria y reconciliación. Bordadores de Sueños nació en 2018 por iniciativa de la docente Martha Rojas Vega.

Publicado por: Redacción Cultural
En el patio de ladrillos, la clase sucede a ras del suelo. Los estudiantes se reparten el espacio con bastidores de colores sobre las piernas. Inclinan la cabeza, sostienen la tela con una mano y conducen con la otra una aguja que aparece y desaparece. En cada grupo hay silencios, conversaciones y ojos atentos a la puntada ajena. Un estudiante levanta el rostro hacia la cámara sin soltar el bastidor. A su alrededor, el uniforme escolar convive con hilos rosados, verdes, naranjas. La escena reúne algo de taller, algo de recreo y una conversación que todavía busca nombre.
Toda puntada exige atravesar la tela. La aguja entra, se pierde por el reverso y vuelve a la superficie unos milímetros después. Ese recorrido se parece al de la memoria: se hunde, permanece y reaparece cargado de miedo, pérdidas o esperanza. En el Instituto José Antonio Galán de Floridablanca, el movimiento de la aguja reúne a una comunidad educativa alrededor de preguntas que desbordan las páginas del cuaderno.
La mujer que puso a circular los hilos se llama Martha Rojas Vega. Es docente de Química, borda y teje desde niña y en 2018 creó Bordadores de Sueños. En su trabajo, la química y el bordado comparten una pregunta por la transformación. Martha llevó a la escuela una práctica aprendida durante la infancia y la convirtió en un laboratorio sensible, con el textil como materia y las historias de vida como parte de cada proceso.

El proyecto comenzó con la recuperación del bordado como saber ancestral. Primero llegaron las puntadas y los videos preparados para aprenderlas. Después apareció una pregunta más difícil: ¿Qué podía decir cada una de ellas? La tela empezó a recibir historias sobre equidad, violencias de género, paz, medioambiente, emociones y experiencias personales. Con el apoyo de las áreas de artística, lengua castellana, sociales y filosofía, los trabajos adoptaron formas diversas: mantas, pendones, cuadros, separadores y libros textiles que se leen con los ojos y con las yemas de los dedos.
Hoy, cerca de 300 estudiantes entre los 11 y los 17 años participan en Bordadores de Sueños. Durante mucho tiempo, el bordado quedó confinado al espacio doméstico y fue presentado como una destreza femenina, paciente y decorativa. En este proyecto lo practican niñas y niños, muchachas y muchachos. Cada puntada mueve la frontera que asigna oficios, sensibilidades y cuidados a un único género.
La imagen de un adolescente concentrado frente a un bastidor contiene una pequeña insubordinación. Su fuerza está en la mano que sostiene la tela y en el grupo que comparte hilos, compara puntadas y aprende a pedir ayuda. La equidad adquiere una forma concreta: sentarse juntos, observar el trabajo del otro, deshacer el error y comenzar de nuevo.
Las piezas guardan angustias, dolores, silencios y deseos de días mejores. Bordar ofrece tiempo. Mientras las manos avanzan, las palabras encuentran su propio ritmo. El aula se transforma en un lugar de escucha y apoyo mutuo, donde una experiencia individual encuentra un retazo vecino y comienza a reconocerse como parte de algo colectivo.
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La prevención de las violencias, la atención institucional y el acceso a la justicia exigen rutas y responsabilidades concretas. El bordado ocupa un lugar dentro de ese proceso: abre espacio para nombrar, escuchar y hacer visible aquello que el miedo o la costumbre dejan en el reverso. Poner una historia sobre la tela se convierte así en una forma de resistencia.

Con los años, esas historias salieron de la institución. En 2021, el grupo aportó 80 piezas a la obra colectiva Manta por la Paz, exhibida en el Centro Cultural del Oriente. Después llegaron el Museo de Arte Moderno de Bucaramanga, el programa Ondas Santander, universidades y encuentros de arte textil. En 2024, la obra En memoria conmemoró a los hijos desaparecidos de las madres de MAFAPO; ese mismo año, los bordados viajaron en formato de libro a la Feria del Libro Textil de Duitama y volvieron a interpelar la violencia de género con El Santander que queremos para las mujeres.
Una pieza escolar adquiere escala pública al entrar a un museo. Se vuelve testimonio. Quien se detiene frente a la manta observa colores, figuras, frases, el tiempo invertido en cada cuadrado y el gesto político de coser una memoria junto a otra. La obra colectiva enlaza las diferencias y conserva la voz de cada pieza.
En mayo de 2025, la exposición Libres para ser: construyendo camino a la par reunió parte de este recorrido en la Universidad Santo Tomás. Para entonces, el proyecto había recibido varios reconocimientos, entre ellos el Galardón a la Excelencia de la Cámara de Comercio de Bucaramanga y una exaltación de la Alcaldía de Floridablanca por sus aportes a la calidad educativa, ambos en 2024. El reconocimiento acompaña un trabajo cotidiano que permanece en los patios, en los salones y en las manos que regulan la tensión del hilo para cuidar la forma de la tela.
Ahora el grupo trabaja en un homenaje a Floridablanca y Santander, una obra colectiva sobre los derechos de la niñez y un programa de educación para la paz. Los tres proyectos comparten una convicción: los saberes heredados pueden entrar a la escuela, conversar con los conflictos del presente y ofrecer a las nuevas generaciones una forma de pensamiento que reúne la cabeza y las manos.















