Cultura
Jueves 16 de julio de 2026 - 03:13 PM

Así bordan memoria y paz cerca de 300 estudiantes de Floridablanca

Con agujas, hilos y bastidores, estudiantes de 11 a 17 años del Instituto José Antonio Galán transforman sus historias en piezas textiles sobre equidad de género, memoria y reconciliación. Bordadores de Sueños nació en 2018 por iniciativa de la docente Martha Rojas Vega.

Así bordan memoria y paz cerca de 300 estudiantes de Floridablanca. Foto suministrada/VANGUARDIA
Así bordan memoria y paz cerca de 300 estudiantes de Floridablanca. Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: Redacción Cultural

En el patio de ladrillos, la clase sucede a ras del suelo. Los estudiantes se reparten el espacio con bastidores de colores sobre las piernas. Inclinan la cabeza, sostienen la tela con una mano y conducen con la otra una aguja que aparece y desaparece. En cada grupo hay silencios, conversaciones y ojos atentos a la puntada ajena. Un estudiante levanta el rostro hacia la cámara sin soltar el bastidor. A su alrededor, el uniforme escolar convive con hilos rosados, verdes, naranjas. La escena reúne algo de taller, algo de recreo y una conversación que todavía busca nombre.

Toda puntada exige atravesar la tela. La aguja entra, se pierde por el reverso y vuelve a la superficie unos milímetros después. Ese recorrido se parece al de la memoria: se hunde, permanece y reaparece cargado de miedo, pérdidas o esperanza. En el Instituto José Antonio Galán de Floridablanca, el movimiento de la aguja reúne a una comunidad educativa alrededor de preguntas que desbordan las páginas del cuaderno.

La mujer que puso a circular los hilos se llama Martha Rojas Vega. Es docente de Química, borda y teje desde niña y en 2018 creó Bordadores de Sueños. En su trabajo, la química y el bordado comparten una pregunta por la transformación. Martha llevó a la escuela una práctica aprendida durante la infancia y la convirtió en un laboratorio sensible, con el textil como materia y las historias de vida como parte de cada proceso.

Así bordan memoria y paz cerca de 300 estudiantes de Floridablanca. Foto suministrada/VANGUARDIA
Así bordan memoria y paz cerca de 300 estudiantes de Floridablanca. Foto suministrada/VANGUARDIA

El proyecto comenzó con la recuperación del bordado como saber ancestral. Primero llegaron las puntadas y los videos preparados para aprenderlas. Después apareció una pregunta más difícil: ¿Qué podía decir cada una de ellas? La tela empezó a recibir historias sobre equidad, violencias de género, paz, medioambiente, emociones y experiencias personales. Con el apoyo de las áreas de artística, lengua castellana, sociales y filosofía, los trabajos adoptaron formas diversas: mantas, pendones, cuadros, separadores y libros textiles que se leen con los ojos y con las yemas de los dedos.

Hoy, cerca de 300 estudiantes entre los 11 y los 17 años participan en Bordadores de Sueños. Durante mucho tiempo, el bordado quedó confinado al espacio doméstico y fue presentado como una destreza femenina, paciente y decorativa. En este proyecto lo practican niñas y niños, muchachas y muchachos. Cada puntada mueve la frontera que asigna oficios, sensibilidades y cuidados a un único género.

La imagen de un adolescente concentrado frente a un bastidor contiene una pequeña insubordinación. Su fuerza está en la mano que sostiene la tela y en el grupo que comparte hilos, compara puntadas y aprende a pedir ayuda. La equidad adquiere una forma concreta: sentarse juntos, observar el trabajo del otro, deshacer el error y comenzar de nuevo.

Las piezas guardan angustias, dolores, silencios y deseos de días mejores. Bordar ofrece tiempo. Mientras las manos avanzan, las palabras encuentran su propio ritmo. El aula se transforma en un lugar de escucha y apoyo mutuo, donde una experiencia individual encuentra un retazo vecino y comienza a reconocerse como parte de algo colectivo.

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La prevención de las violencias, la atención institucional y el acceso a la justicia exigen rutas y responsabilidades concretas. El bordado ocupa un lugar dentro de ese proceso: abre espacio para nombrar, escuchar y hacer visible aquello que el miedo o la costumbre dejan en el reverso. Poner una historia sobre la tela se convierte así en una forma de resistencia.

Así bordan memoria y paz cerca de 300 estudiantes de Floridablanca. Foto suministrada/VANGUARDIA
Así bordan memoria y paz cerca de 300 estudiantes de Floridablanca. Foto suministrada/VANGUARDIA

Con los años, esas historias salieron de la institución. En 2021, el grupo aportó 80 piezas a la obra colectiva Manta por la Paz, exhibida en el Centro Cultural del Oriente. Después llegaron el Museo de Arte Moderno de Bucaramanga, el programa Ondas Santander, universidades y encuentros de arte textil. En 2024, la obra En memoria conmemoró a los hijos desaparecidos de las madres de MAFAPO; ese mismo año, los bordados viajaron en formato de libro a la Feria del Libro Textil de Duitama y volvieron a interpelar la violencia de género con El Santander que queremos para las mujeres.

Una pieza escolar adquiere escala pública al entrar a un museo. Se vuelve testimonio. Quien se detiene frente a la manta observa colores, figuras, frases, el tiempo invertido en cada cuadrado y el gesto político de coser una memoria junto a otra. La obra colectiva enlaza las diferencias y conserva la voz de cada pieza.

En mayo de 2025, la exposición Libres para ser: construyendo camino a la par reunió parte de este recorrido en la Universidad Santo Tomás. Para entonces, el proyecto había recibido varios reconocimientos, entre ellos el Galardón a la Excelencia de la Cámara de Comercio de Bucaramanga y una exaltación de la Alcaldía de Floridablanca por sus aportes a la calidad educativa, ambos en 2024. El reconocimiento acompaña un trabajo cotidiano que permanece en los patios, en los salones y en las manos que regulan la tensión del hilo para cuidar la forma de la tela.

Ahora el grupo trabaja en un homenaje a Floridablanca y Santander, una obra colectiva sobre los derechos de la niñez y un programa de educación para la paz. Los tres proyectos comparten una convicción: los saberes heredados pueden entrar a la escuela, conversar con los conflictos del presente y ofrecer a las nuevas generaciones una forma de pensamiento que reúne la cabeza y las manos.

Publicado por: Redacción Cultural

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