La historia de un cantautor bumangués que encontró en el intercambio de talentos y la colaboración la manera de producir Ilusiones, su primer EP de estudio. Lo hizo gracias a una red de personas que creyó en él, incluso él mismo con su persistencia.

Publicado por: Sarid Rodríguez, Estudiante de periodismo Unab
Los sueños no siempre comienzan con grandes presupuestos. A veces arrancan con una canción, una idea o un grupo de personas dispuestas a ayudar. Eso fue lo que encontró el cantautor bumangués Juan Mantilla cuando decidió producir su primer trabajo discográfico: ante las limitaciones económicas, en lugar de detenerse, buscó aliados, intercambió talentos y convirtió la colaboración en su principal herramienta.
A dos meses del estreno oficial de Ilusiones, cuenta cómo logró sacar adelante una producción de siete piezas, entre ellas un intro y un interludio, con estándares profesionales y por menos de la mitad de lo que podría costar habitualmente un proyecto de estas características.
El secreto no estuvo en recortar sus sueños, sino en encontrar otras maneras de financiarlos. Así, la economía colaborativa y el intercambio de servicios terminaron convirtiéndose en la fórmula para hacer realidad un álbum que, además, tiene una historia personal detrás.
En Ilusiones, Mantilla transformó en música el duelo que le dejó una ruptura amorosa en 2023. A lo largo del trabajo discográfico aparecen distintas emociones de ese proceso: la negación, el odio, la tristeza, la negociación y, finalmente, la aceptación.
“Yo siempre he hecho las cosas con mucho amor y ese ha sido el lema de mi música”, recuerda el artista. Para él, buena parte de lo conseguido durante la producción tuvo que ver con la confianza que había construido a lo largo de su vida y de su carrera.
“Cuando la gente ve que estás haciendo las cosas bien, con cariño y con ganas de sacar algo de calidad, surge de forma natural ese ‘queremos ayudar a Juan’”, explica.
Esa disposición se convirtió en el motor del proyecto. A su lado estuvo Daniel Martínez, su mánager y amigo cercano, quien asumió buena parte de las gestiones, negociaciones y tareas logísticas necesarias para conseguir que cada pieza encajara.
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La primera prueba llegó con el sencillo Si estás tú. Para ingresar al estudio del productor santandereano Óscar Ferreira, conocido como Ziker, Mantilla diseñó la identidad corporativa y el logotipo del establecimiento a cambio de horas de grabación.
La misma fórmula funcionó para el videoclip, rodado en Berlín. Daniel consiguió el transporte y la participación de la actriz mediante acuerdos de colaboración, mientras que un familiar del cantante se encargó de alimentar al equipo como una forma de corresponder a un favor recibido anteriormente.
Meses después llegó Confesiones. Mientras Juan coordinaba los arreglos musicales y las voces, encontró en el bar Cócteles y Sueños la locación para el videoclip. El establecimiento cedió sus instalaciones al descubrir que la canción lo mencionaba directamente en su letra.
A la producción también se sumaron compañeros y estudiantes del programa de Artes Audiovisuales de la UNAB, quienes facilitaron cámaras, luces y otros equipos para darle al rodaje la calidad que buscaban.
Para completar las canciones del álbum, el trabajo junto al productor Camilo Torres tomó otro rumbo: el estudio terminó convertido en una sala de ensayo entre amigos.
Músicos con formación académica aportaron guitarras, teclados y percusiones y, cuando Juan preguntaba por sus honorarios, la respuesta que recibía con frecuencia era sencilla: “Tranquilo, socito, solo deme para la gaseosa”.
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La producción del videoclip de Ilusiones, la canción que le da nombre al disco, también exigió creatividad. El equipo viajó a Cartagena y organizó el rodaje con un presupuesto ajustado: compartieron alojamiento, prepararon sus propios alimentos con compras de supermercado y utilizaron cámaras profesionales prestadas por realizadores que asistían al Festival Internacional de Cine de Cartagena (FICCI).
Durante ese camino, Mantilla también tuvo que aprender a desempeñar distintos oficios. Diseñó, editó, gestionó y se involucró en cada etapa de la producción. “Al artista independiente le toca hacer de todo: ser su estilista, su editor, su gestor y su propio productor”, reconoce. Sus conocimientos en diseño gráfico, edición de video, producción musical y distribución digital le permitieron cuidar los detalles de su obra y mantener la libertad creativa, sin depender de una estructura empresarial que respaldara cada decisión.
Sin embargo, grabar las canciones era apenas una parte del camino. El siguiente reto consistía en conseguir que la gente las escuchara. Como el reconocimiento en las plataformas digitales todavía no llegaba, decidió organizar sus propios conciertos y acercar directamente su música al público.
La primera presentación, con un adelanto del álbum en formato acústico, fue en Duquesa Café, ante unas 40 personas. Después llegó Babayaga, donde el espectáculo giró alrededor de Confesiones y sirvió, además, para anunciar la llegada del disco.
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El recorrido tuvo una última parada antes del lanzamiento digital: el listening party en Amarú. Allí, periodistas, familiares, amigos y miembros del equipo de trabajo escucharon el álbum por primera vez entre anécdotas, risas y fotografías instantáneas que se llevaron como recuerdo de aquella noche.
Así culminó un proceso que reunió a músicos, realizadores audiovisuales, amigos, familiares y establecimientos dispuestos a aportar recursos, tiempo y talento.
Para Mantilla, el resultado va más allá de las canciones y de su alcance en plataformas digitales. “Para un artista independiente, ver que la gente llena un lugar, canta contigo y conecta de verdad con tus historias es la verdadera ganancia”, concluye.
Su experiencia demuestra que, cuando el dinero no alcanza, la confianza y el talento compartido también pueden abrir camino.















