Espiritualidad
Jueves 19 de julio de 2012 - 12:00 AM

La ley del embudo

Esta ley hace carrera en el ‘congreso’ de nuestra vida. Cada día que pasa, ella nos vuelve más egoístas y nos mantiene sumidos en nosotros mismos. El embudo nos lleva a velar solo por nuestros intereses, sin preocuparnos por los demás. De esta forma atropellamos a la gente.

Compartir

Publicado por: EUCLIDES ARDILA RUEDA

Para mí, lo ancho; para el resto, lo agudo. Nos ocurre en todas las esferas: en el trabajo, en el amor, en el juego, en fin… El implacable sistema del embudo nos gobierna.
No es ley, de hecho no tiene un código específico en los estrados judiciales. Pese a ello, aparece en la constitución de muchas personas.
La sabiduría popular la define como “la ley del embudo”.
Para nuestro caso, en el tema espiritual, podríamos decir que es algo así como una forma egoísta que tenemos de ver las cosas.
¡Y así sucede!
Con cara yo gano, con sello usted pierde.
Por alguna extraña razón, terminamos obligando a firmar a los demás contratos en los cuales, pase lo que pase, la inequidad sale a flote.
Ejemplos de embudos hay muchos y son los más ‘avivatos’ los que practicamos esta odiosa ley.
También en más de una ocasión somos víctimas de ese “mal”.
Estas cláusulas abusivas, las mismas que nos hacen reflexionar hoy, se derivan de muchos retratos o de los espejos que nos muestra el mundo que nos rodea.
Ahí están esos políticos abusivos que reglamentan normas, sancionan a los de ruana; y al tiempo que violan sus propios preceptos, eluden sus responsabilidades.
En ella también están aquellos que exigen transparencias y, en la menor oportunidad, ceden a los sobornos.
La economía también nos evidencia a diario la ley del embudo. Cuántos consumidores, hoy día, están en situación de inferioridad frente a productores y proveedores.
Lo peor es que en los temas del alma, también nos golpea el embudo; con el agravante de que para el espíritu nadie ha inventado ninguna defensa del consumidor. Mientras tanto, a cada rato nos rodean especuladores que asaltan nuestra buena fe.
Ni hablar del corazón, pues no tenemos ni el conocimiento, ni la experiencia para negociar en condiciones de igualdad con nuestras relaciones afectivas.
¿Qué hacer? Habría primero que comprender nuestra fragilidad humana y lo mucho que nos cuesta ser equitativos. A veces ni siquiera lo somos para cumplir las más elementales normas de urbanidad.
Exigimos buen trato de los demás, y tratamos a nuestros subordinados a las patadas; no soportamos la infidelidad y, a la menor ocasión, sucumbimos ante ella; exigimos mejores condiciones laborales y, cada vez que podemos, le sacamos el quite a nuestro trabajo.
Debemos sumar confianzas y energías hacia un equilibrio más humano y espiritual, para ir tras la igualdad que todos soñamos y que debemos compartir.
No podemos permitir que las ambiciones particulares empañen la noble misión de ser equitativos con todos nuestros semejantes.
Si seguimos embadurnados con el vaho del embudo, jamás veremos a los demás en la altísima luz de su dignidad humana.
Jamás olvidemos que ‘los otros’ tienen derechos y deberes iguales a los nuestros.

¿Por qué será que tendemos a sacar ventaja de todo, sin importar el daño que les hacemos a nuestros semejantes?
No avalemos la ley del embudo; pues lo malo que hacemos se nos devuelve. Esta es una sana reflexión en medio de tanto egoísmo.

SE PUEDE DESTERRAR
Muchos son víctimas de la ley del embudo: están los que “siempre les toca bailar con la más fea”, “los que no tienen padrinos y por ende no se bautizan” y “los que nacieron estrellados”.
También están “los que a todo le sacan partido” o juegan a su conveniencia. En las oficinas, por ejemplo, algunos empleados son expertos en hacer ver las cosas como injustas para ellos,
Ha de saber que, la ley del embudo siempre termina haciéndole daño a quien la ejercita.
La práctica de esta costumbre nos trae pérdidas: nos va volviendo poco creíbles, nosotros mismos nos volvemos desconfiados y, casi que por justicia divina,
terminamos pagando por ser “avivatos”.
Es preciso entender que, de la misma forma que usted trata a la gente, lo van a tratar.
Nos corresponde hundir esta ley y desterrarla del corazón humano. Comience por respetar a los demás, ponerse en los zapatos de ellos y comprender que, en este mundo, todos somos iguales.
Y por último, tenga presente que el embudo solo debe ser lo que es en los experimentos de los laboratorios; es decir, un instrumento empleado para canalizar líquidos y sólidos granulares en recipientes con bocas estrechas.
Intentar utilizar esa herramienta en nuestras acciones o en nuestros corazones sería tanto como hacernos daño a nosotros mismos y a los demás. ¿No le parece?

Elija a Vanguardia como su fuente de información preferida en Google Noticias aquí y únase a nuestro canal de Whatsapp acá.

Publicado por: EUCLIDES ARDILA RUEDA

Publicidad

Publicidad

Noticias del día

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad