Dios nos concedió el libre albedrío. Además, disponemos de espacios propios que deben ser respetados.

Publicado por: EUCLIDES KILÔ ARDILA
Respetar los espacios, tanto los propios como los ajenos, es una elemental regla de sentido común.
Todos tenemos el derecho de disfrutar, a nuestro modo, cualquier actividad que emprendamos sin que por ello podamos alterar la tranquilidad o la seguridad de los demás.
Cada quien, sin intromisiones ni fisgones, decide qué quiere hacer y cómo lo desea realizar.
Eso, además de permitirnos ser libres y autónomos, rompe de alguna forma con esos temores que nos asaltan por el ‘qué dirán’.
Cuántas parejas les dan la bienvenida a sus novios con interrogatorios sobre lo que hicieron o no cuando no estaban juntos.
Cuántos compañeros de trabajo se sienten con el derecho de saber qué o por qué hicimos ‘esto’ o ‘aquello’ de nuestra vida personal.
Señores: la privacidad no se puede perder; es más, ella no se negocia. No permita que la gente se inmiscuya en lo que no debe.
El hecho de que vivamos bajo el mismo techo, que compartamos la misma oficina o que estemos en un espacio similar, no les da atribuciones a los demás para que se atrevan a decirnos lo que tenemos que hacer con nuestras vidas.
Antes que el chisme, es preciso cultivar un ingrediente fundamental en nuestro proceder: la discreción. Ella, ‘condimentada’ con una buena comunicación, es clave en cualquier tipo de relación.
Es preciso entender que podemos tener espacios para compartir, pero también tenemos otros destinados a nuestra intimidad en los que podemos manejar nuestros sentimientos, miedos, angustias, creencias, gustos o alegrías.
Si hiciéramos esto al pie de la letra, no seríamos víctimas de difamaciones, ni de los chismes o de los celos y la desconfianza, los cuales dejan al descubierto inseguridades, envidias y absurdos apegos.
Cada quien tiene su propia agenda y, por supuesto, es libre de actuar y manejar sus espacios y sus tiempos.
Nadie, por muy papá o novio que sea, puede apropiarse de ninguna relación ni mucho menos atosigar a nadie.
Si usted permite que le violen su tranquilidad, más tarde será víctima de aburridos episodios que pueden degenerar en celos enfermizos o dependencias que le pueden cortar sus vuelos.
A muchos que hay por ahí les está haciendo falta una gota de madurez. En lugar de ‘stalkear’ en sus redes sociales y en su cotidianidad lo que hacen o no los demás, deberían empezar por respetar las diferencias del otro.
Si se siente aludido, no lo tome como un regaño; es solo una sugerencia para que reconozca que cada una de las personas con las que convive es un sujeto autónomo, que libremente decide qué hacer con su vida. Es decir, esta es una invitación a tener la habilidad de comprender que tenemos gustos y formas de actuar distintas.
El respeto por los espacios, sobre todo los privados, nos brinda a todos la oportunidad de desconectarnos de problemas ajenos y oxigena un poco la convivencia. Y ello también lleva implícita una alta dosis de tolerancia.















