Reviva en este texto cómo fueron aquellos días en los que Jesús vivió su Pasión, Muerte y Resurrección.

Estamos en plena Semana Santa y, a decir verdad, muchos identifican las procesiones, las Sagradas Eucaristías y, en general, todos los actos conmemorativos, organizados por los cristianos y los católicos. Sin embargo, ¿sabe usted qué es lo que se recuerda en estos días?
Siendo un poco escueto, yo diría que se conmemoran los últimos días de Jesús en su paso por la Tierra, pues Él aún vive en nuestros corazones; más allá de aquel duro Viacrucis.

Sin embargo, todo aquel que ha rezado el Santo Rosario recordará los misterios que se vivieron en ese entonces y que son los acontecimientos, los momentos significativos de la vida de Jesús y de María, que comprenden los misterios gozosos (lunes y sábado); el segundo, los luminosos (jueves); el tercero los dolorosos (martes y viernes) y el cuarto los gloriosos (miércoles y domingo).

En síntesis, la llamada Semana Mayor es el recuerdo respetuoso de los trascendentales acontecimientos vinculados a esos últimos días que vivió Jesús, en su paso por este mundo terrenal. Lo invito, con este sencillo texto, a realizar un repaso de esa histórica fecha:
Esa semana se inicia el domingo anterior a su muerte, cuando algunos habitantes de Jerusalén recibieron a Jesús como el Mesías. Durante los tres años de su vida pública, Jesús se había proclamado ante la nación mediante incesantes viajes y milagros. Sabía que su muerte había sido acordada por los gobernantes de turno y estaba preparado para ella. Su tiempo había llegado y por eso, ignorando toda precaución, entró triunfante a la Ciudad Santa, montado en un pollino, tal como lo había anunciado el profeta Zacarías.

Jesús limpia el templo
Las abultadas ganancias de los puestos de mercado dentro del área del templo o a lo largo del Pórtico de Salomón, estaban destinadas a enriquecer la familia del sumo sacerdote y Jesús ardía de indignación contra tal perversión de los usos de la Casa de Dios.
Sabía de las intenciones de ellos acerca de Él y con total desprecio arrojó el guante, como si quisiera deliberadamente provocar su ira.
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Los gobernantes estaban furiosos porque el pueblo estaba de parte de Jesús e hicieron todo lo imaginable para hacerle caer en alguna trampa y por eso le preguntaron:
¿Quién te dio derecho de hacerte cargo de la ciudad y del Templo? Pero Jesús era un dialéctico consumado y para cada pregunta tenía una respuesta desconcertante. Todo el que lo escuchaba quedaba maravillado.
Escribas y fariseos

Los fariseos conformaban la secta religiosa más numerosa e influyente de la época. Eran legalistas estrictos y preconizaban la observancia rígida de la letra y las normas de la tradición.
Los escribas eran los copistas de las Escrituras y debido a su conocimiento minucioso de la Ley llegaron a ser autoridades reconocidas y por eso a veces se les llamaba sabios de la Ley.
Los escribas y los fariseos eran los dirigentes religiosos de la nación y por eso les dolió tanto que Jesús les hubiera dicho: “¡Ay de vosotros escribas y fariseos!”, en la advertencia y la denuncia más severa que salió de sus labios.
El martes, después de una última advertencia de que el Reino de Dios sería quitado a los judíos y dado a otros, Jesús salió del Templo para jamás volver.
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Con esta salida dio por terminado su ministerio público para aguardar la muerte que le esperaba.
Después de salir del Templo, Jesús habla de la destrucción de Jerusalén antes de que se acabe la generación entonces viviente, del fin del mundo y de su propio regreso.
Sus palabras acerca de Jerusalén se cumplieron de manera literal 40 años después, y los edificios fueron demolidos de tal manera por el ejército romano, en el año 70 d. C.
La Última Cena
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En la noche anterior a su muerte hubo dos cenas:
1° La cena de Pascua, que se celebró de la misma manera que durante los anteriores 14 siglos, anunciando la venida del Cordero Pascual.
2° La Cena del Señor, que fue instituida al terminarse aquella, antes de que Jesús se inmolara Él mismo como Cordero, y expirara en la cruz a la misma hora en que se daba muerte a los corderos pascuales en el Templo, cena que se celebrará en su honor hasta que Él venga de nuevo.

Lo que viene después, la agonía en Getsemaní, la traición de Judas, el arresto de Jesús, su estancia ante el Sumo Sacerdote, la negación de Pedro, la condena oficial, el suicidio de Judas, el juicio ante Pilato, los azotes y las burlas, el Víacrucis, la colaboración de Simón de Cirene, la crucifixión, la oscuridad, el terremoto, su muerte y su sepultura, y el sellamiento de su tumba son ampliamente conocidos por los amables lectores y por eso su detalle puede ser evitado.
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Lo llevan al calvario, horadan sus manos y sus pies con clavos y le ofrecen vino mezclado con mirra como estupefaciente para mitigar el dolor; pero Él lo rechaza.

Mientras le insertan los clavos en la cruz nos da ejemplo de perdón: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
Se reparten entre sí sus ropas y ponen sobre su cabeza el Inri de Rey de los Judíos en tres idiomas: hebreo, latín y griego. Perdona al ladrón penitente y le consuela: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.
Luego, en gesto por demás amoroso, no quiere morir sin proteger a su madre y por eso le dice a María y a Juan: “Mujer, he aquí a tu hijo”, “Juan, he aquí a tu madre”.

Y luego, poco antes de expirar, se oyó de sus divinos labios sus cuatro últimas comunicaciones:
“Dios mío, Dios Mío, ¿por qué me has abandonado?”
“Tengo sed”
“Todo está consumado”.
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
Lo que siguió

El tercer día Jesús resucita, tal como lo había anunciado. María, la madre de Santiago y de José, llamada también “la otra María”, Salomé, la madre de Santiago y Juan, Juana, la esposa del mayordomo de Herodes y “las demás mujeres”, una docena en total, portadores de las especias para embalsamar el cuerpo de Jesús, visitan su tumba, sin saber que Él hubiese resucitado, y la encuentran vacía, con un ángel sentado sobre la piedra que sellaba la entrada y otro sobre el sepulcro.
María Magdalena, quien había llegado antes que las demás, estuvo junto a la tumba sola y llorando, ve primero los ángeles y luego se le apareció Jesús, tal como lo haría luego a las otras mujeres. Las dos primeras apariciones de Jesús fueron a mujeres, como un nuevo testimonio de su valoración y aprecio por ellas.
Las apariciones

Luego de su aparición a María Magdalena, Jesús se aparece primero a sus once discípulos fieles una semana después de su muerte.
Hizo lo propio en Galilea, en Jerusalén, ante 75 creyentes samaritanos junto a la fuente de Jacob en Sicar. También se apareció en Tiro, a su hermano Santiago, a San Pablo, cuatro veces más para bautizar en el nombre de Dios y, su última aparición, en Jerusalén.
Antes de se Gloriosa Ascensión, tal como aparece en el versículo final del evangelio según San Mateo, 28.20, Jesús dijo: “Estaré con vosotros siempre, hasta la consumación del mundo”, “todos los días”.
Jesús se levantó de la tumba para nunca morir jamás y por eso hoy está tan vivo y tan actuante como lo estuvo cuando paseó sus sandalias por los polvorientos caminos de la Galilea.

Él camina a nuestro lado y contempla con interés bondadoso cada detalle de nuestra lucha existencial, esforzándose con paciencia inagotable por conducirnos a la felicidad eterna en la Casa de nuestro Padre común.
¡Con esta sinopsis, Vanguardia los invita a vivir una Semana Santa en paz!


















