Está comprobado que el arte de cultivar y poner en práctica el pensamiento positivo reduce la angustia, mejora la autoconfianza y, sobre todo, hace que encaremos nuestra cotidianidad con entusiasmo.

Entre lo que pensamos y lo que finalmente nos sucede hay un amplio trecho. Dicho de otra forma: Muchas de las cosas catastróficas que elucubramos en la cabeza, al final son falsas alarmas.
¿A qué voy? A que, con relativa frecuencia, tejemos en nuestras cabezas telarañas con ideas necias, las cuales nos atrapan y nos embadurnan de miedos y de temores injustificados.

Lo peor es que todas esas cavilaciones absurdas se enredan en nuestra mente, distorsionando la percepción de la realidad y haciéndonos creer que las dificultades son insuperables.

Además, una cosa es lo que pensamos y otra, muy distinta, es lo que Dios y la vida misma tienen planeado para cada uno de nosotros.
Planteo esta reflexión, entre otras cosas, porque armamos demasiadas ‘tormentas en vasos de agua’ que afectan nuestra tranquilidad.
Lo que sí logran nuestros grises pensamientos es hacernos perder tiempo, al centrar nuestra atención en fantasmas y suposiciones que no nos dejan experiencias saludables y nos enrarecen el ambiente.
¡Qué liberador es comprender que un pensamiento negativo, al no ser alimentado, simplemente se desvanece! Al no responderle, no intentar modificarlo ni fusionarnos con una idea pesimista, su presencia se disuelve. Si permitimos que un feo pensamiento sea solo eso, sin otorgarle peso ni significado, él se diluye en la nada, tal como la niebla se disipa ante el sol. Y en ese espacio de quietud, surge la serenidad.
Escuche el podcast: Vitamínicos espirituales
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Estamos en mora de eliminar todas esas ‘cucarachas’ que vamos anidando en nuestra mente a toda hora. Esas ‘telarañas’ que armamos en la cabeza, muchas de ellas con ideas desalentadoras, suelen ser castradoras de nuestra propia felicidad.
Dejemos de ser negativos y de creer que todo nos saldrá mal. ¡Derrotemos al pesimismo! Si somos propositivos nos daremos cuenta de que no necesitamos permanecer atrapados en esas creaciones mentales.
Al soltar el control y confiar en el proceso de la vida, el viento de la calma puede disolver esas telarañas, permitiéndonos caminar con ligereza hacia un futuro que, más que oscuro, está lleno de posibilidades.
Aceptemos lo que esté ocurriendo, sin tener que resignarnos a sufrir; pensemos siempre que lo bueno viene y que cada obstáculo será superado; liberémonos de lo que ya pasó y nos hizo daño; trabajemos con pasión en lo que añoramos ser y procuremos que todas nuestras acciones nos conduzcan a cada una de esas metas; y, sobre todo, confiemos en que Dios está a nuestro lado, nos bendecirá y nos dará lo que nos corresponde.

Pregunta del día: ¿Por qué será que nos enredamos tanto en nuestra cotidianidad? Cosechar en la mente ideas negativas hace que se tejan redes de pesimismo que, al final, nos pasan la cuenta de cobro. Denos su punto de vista en este correo: eardila@vanguardia.com
BREVES REFLEXIONES

Elevo mi oración al Espíritu Santo. Con su amor y con su venia puedo vencer a la tristeza y a todos mis afanes, de tal forma que adquiero la serenidad suficiente que me permitirá aceptar la voluntad del Padre. Amén.
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Usted, yo y todos en general somos reemplazables en esta vida. Sin embargo, también somos irrepetibles. Esa es la gran diferencia que tenemos a la hora de tratar a los demás, de prestar un servicio, de expresar afecto e incluso de amar.

Lea estos cuatro consejos: 1. Ame, porque el amor es la llave de la vida; 2. Crea, porque la fe es la clave de la esperanza; 3. Sonría, porque la alegría es la que hace que su entorno resplandezca; y 4. Confíe siempre en Dios, porque Él jamás lo defraudará.

Soñar y mantener viva la ilusión son ingredientes de la esperanza. Gracias a ellos, visualizamos lo que esperamos del futuro y trabajamos en ello para alcanzarlo. Recuerde que la esperanza es un ejercicio cotidiano.

EL CASO DE HOY
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Testimonio: “Soy una mujer de fe y me siento tranquila por ser creyente. No obstante, todos los días me toca escuchar a muchas personas que culpan a Dios por todo lo negativo que les pasa; y no solo lo cuestionan, sino que también se atreven a afirmar que ‘Él castiga a la humanidad’. ¿Por qué hay gente que hace eso? Me gustaría que nos regalara un reflexión sobre este asunto”.
Respuesta: No me sorprende la reacción de las personas que critican su fe y le achacan al Creador la responsabilidad por sus desgracias: arruinan sus vidas y después se enojan con Él porque, supuestamente, no las bendice.
No obstante, quiero recalcar que los sucesos negativos o los acontecimientos dolorosos que acontecen en nuestra vida no son culpa del Altísimo, ni mucho menos hay que tomarlos como castigos de su parte.
Lo que sucede es que muchas personas, cuando atraviesan por momentos difíciles, en lugar de reforzar su fe, se dejan ahogar en el ‘mar del pesimismo’ y, de manera errada, pretenden evadir la responsabilidad que tiene en todas las situaciones adversas que afrontan.
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Culpar a Dios es una respuesta común cuando la vida no va como las personas incrédulas la sueñan. Y como se supone que Dios tiene el control de todo, cada una de ellas piensa que Él podría haberle evitado lo que ha ocurrido. Dicen: “Podría haber cambiado la situación para beneficiarme, podría haber evitado la calamidad y, como no lo hizo, la culpa es suya”. ¡Qué tal!
A todos aquellos que hoy pasan por momentos complicados, quiero invitarlos a asumir con decoro sus situaciones y a asumir las debidas responsabilidades. También les solicito que oren, pues la plegaria es un bálsamo que sana almas y cuerpos.














