Espiritualidad
Viernes 07 de agosto de 2026 - 10:08 AM

¿Somos realmente lo que decimos ser?

La coherencia es el puente entre lo que pensamos, lo que decimos y la manera en que vivimos.

Solo cuando las palabras y las acciones caminan juntas nace una vida auténtica.
Solo cuando las palabras y las acciones caminan juntas nace una vida auténtica.

Compartir

Si hay algo que, desafortunadamente, parece hacerse cada vez más común es la incoherencia. Nos sucede más de lo que quisiéramos admitir. Pensamos una cosa, decimos otra y, al final, terminamos haciendo lo que otros esperan o lo que resulta más cómodo. Lo preocupante es que esa distancia entre lo que creemos, lo que expresamos y lo que hacemos termina debilitando nuestro carácter y alejándonos, poco a poco, de quienes realmente somos.

En el hogar nos pasa igual: planeamos cosas por hacer, decimos que la vamos hacer y siempre las postergamos.
En el hogar nos pasa igual: planeamos cosas por hacer, decimos que la vamos hacer y siempre las postergamos.

En la vida cotidiana aparecen pequeñas pruebas que, aunque parecen insignificantes, revelan mucho de nosotros. Prometemos llamar a alguien y dejamos pasar los días. Decimos que la familia es lo más importante, pero el smartphone termina ocupando el lugar de las conversaciones. Hablamos de cuidar la salud mientras aplazamos una y otra vez ese examen médico o seguimos ignorando hábitos que sabemos que nos perjudican.

También nos ocurre cuando criticamos la falta de respeto, pero respondemos con impaciencia al primer desacuerdo. Pedimos honestidad, aunque a veces recurrimos a pequeñas excusas para justificar nuestros propios errores. Esperamos comprensión de los demás, pero no siempre estamos dispuestos a escuchar con calma o a reconocer que también podemos equivocarnos.

Con frecuencia decimos que no tenemos tiempo para lo verdaderamente importante. Sin embargo, basta revisar un día cualquiera para descubrir cuánto tiempo se pierde en distracciones, en discusiones innecesarias o en asuntos que dentro de unas semanas habrán perdido toda importancia. No es que falten horas; muchas veces falta claridad para decidir qué merece realmente nuestra atención.

Algo parecido ocurre con nuestros sueños. Hablamos de los proyectos que queremos cumplir, de los libros que deseamos leer, de los lugares que anhelamos conocer o de los cambios que prometemos hacer “algún día”. Pero ese día suele quedarse en el calendario de las buenas intenciones. Esperamos el momento perfecto, cuando en realidad la mayoría de las transformaciones empiezan con decisiones pequeñas y constantes.

Cuando sabemos quiénes somos y hacia dónde queremos dirigir nuestra vida, muchas decisiones dejan de ser una carga. Los problemas no desaparecen, pero existe una dirección que evita que cualquier opinión o circunstancia cambie nuestro camino. Tener convicciones claras nos ayuda a no vivir reaccionando a todo lo que sucede.

En ese proceso, la fe ocupa un lugar importante. No se trata únicamente de prácticas religiosas, sino de esa confianza profunda que sostiene cuando aparecen la incertidumbre, el cansancio o el miedo. La fe nos recuerda que vale la pena actuar con rectitud, incluso cuando nadie observa y cuando los resultados tardan en llegar.

Publicidad

Conviene detenernos de vez en cuando y revisar nuestra propia vida. Preguntarnos si nuestras palabras coinciden con nuestras acciones no es un ejercicio de culpa, sino de honestidad. Solo quien reconoce aquello que necesita cambiar tiene la posibilidad real de crecer.

Cuando las palabras no coinciden con las acciones: el desafío de vivir con coherencia.
Cuando las palabras no coinciden con las acciones: el desafío de vivir con coherencia.

La coherencia también educa. Nuestros hijos, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo e incluso quienes apenas nos conocen observan mucho más lo que hacemos que lo que decimos.

Ningún consejo tiene tanto peso como el ejemplo. Las personas olvidan muchas palabras, pero difícilmente olvidan una vida vivida con autenticidad.

Tal vez, al terminar esta reflexión, cada uno pueda reconocer alguna situación en la que ha actuado de manera distinta a lo que piensa o predica. Es normal; nos pasa a todos, pero no podemos vivir en el mar de la incoherencia.

La inquietud del día

¿Cuáles son esos temores que lo afectan en la actualidad? Háblenos de ellos para reflexionar al respecto en esta página. Envíe su testimonio a Euclides Kilô Ardila al siguiente correo: eardila@vanguardia.com En esta columna, él mismo le responderá.
¿Cuáles son esos temores que lo afectan en la actualidad? Háblenos de ellos para reflexionar al respecto en esta página. Envíe su testimonio a Euclides Kilô Ardila al siguiente correo: eardila@vanguardia.com En esta columna, él mismo le responderá.
  • Las inquietudes asaltan con frecuencia a nuestro estado de ánimo. No obstante, con cada cuestionamiento tenemos una posibilidad más para afrontar un nuevo horizonte, ya sea razonando o aplicando sanas estrategias para el alma. Veamos el caso de hoy:
Baja autoestima.
Baja autoestima.
  • Testimonio: “A veces me siento menos afortunado que los demás. Yo veo en las redes sociales a hombres exitosos de mi misma condición y siento que a mí me toca vivir luchas que otros no afrontan. ¿Por qué pasa eso? ¿Qué me puede estar ocurriendo? Espero que me pueda aconsejar”.

Publicidad

Respuesta: No tiene sentido compararse con quien tiene más dinero, más estudios, más reconocimiento, más oportunidades o que parece vivir sin dificultades. Esas comparaciones casi nunca muestran la realidad completa. Cada ser humano carga luchas que los demás no ven, enfrenta temores que pocas veces expresa y libra batallas silenciosas que no aparecen en las redes sociales.

El valor de una persona no depende de los aplausos que reciba ni de los ‘likes’. Tampoco de los errores que haya cometido o de las oportunidades que haya perdido. La verdadera dignidad nace de reconocer que cada vida tiene un propósito, que cada experiencia deja una enseñanza y que siempre es posible empezar de nuevo. Nadie está condenado a vivir creyendo que es menos de lo que realmente es.

Tal vez la mayor tarea consista en dejar de mirarse con los ojos de la crítica y empezar a hacerlo con los ojos de la esperanza. Ninguna persona es inferior por tener un momento de debilidad o por haber fracasado. Todos tenemos un valor que no depende de la opinión de los demás. Cuando esa verdad ocupa un lugar en el corazón, también nace la fuerza para caminar con más serenidad, recuperar la confianza y descubrir que quedan muchas páginas por escribir en la historia de la propia vida.

Breves reflexiones

Crecer en la vida.
Crecer en la vida.
  • Crecer va mucho más allá de cumplir años o de sentirse mayor. Es un proceso continuo de aprendizaje, transformación y descubrimiento de nuevas capacidades. Cada experiencia deja enseñanzas valiosas que fortalecen el carácter y contribuyen a construir una mejor versión de cada persona.

Publicidad

No es debilidad
No es debilidad
  • Llorar no es una señal de debilidad, sino una expresión natural que permite liberar emociones, procesar los sentimientos y sanar heridas internas. Expresar lo que se siente no disminuye la fortaleza; por el contrario, reconocer las propias emociones es una muestra de valentía, madurez y autenticidad.
Ir hacia adelante.
Ir hacia adelante.
  • Avanzar no siempre significa ir más rápido, sino mantener la determinación de continuar, incluso frente a las dificultades. Cada paso, por pequeño que parezca, tiene un valor significativo, pues acerca gradualmente a las metas y permite convertir en realidad los sueños y propósitos construidos a lo largo del camino.

Publicidad

Publicidad

Noticias del día

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad