¿Qué hacemos cuando las cosas no nos salen bien? A veces nos frustramos, en otras ocasiones nos deprimimos e incluso desistimos. ¿Y por qué no intentamos solucionar la situación que se nos presenta?

Todos, sin excepción, debemos responder con entereza cada vez que enfrentemos una situación difícil. En lugar de dejarnos vencer o exagerar los problemas, cada revés debe afrontarse con calma y de manera adecuada.
Eso sí: usted, yo y todos tenemos que aprender la lección que corresponde en cada momento complicado. Por ejemplo, ante un tropiezo, más allá de quedarnos atornillados al suelo, debemos comprender las razones que nos llevaron a caer. ¿Qué nos pasó? Ese es el quid del asunto: ¿acaso nos confiamos demasiado? ¿No hicimos lo correcto? ¿Nos dejamos llevar por el orgullo?
Responder a esas inquietudes no significa castigarnos ni darnos latigazos. Todo lo contrario: la idea es perdonarnos, entendiendo que siempre existe la posibilidad de enmendar.
Esto implica hacer ajustes en nuestra rutina diaria o en nuestra actitud frente a la vida, para evitar repetir los mismos errores. Sé que se lee fácil, pero lo cierto es que, tras un tropiezo, sí o sí debemos corregir. Y después de ello, no quedarnos quietos: será necesario levantarnos, curar las heridas y, por supuesto, recomponer el camino.
Y debemos hacerlo sin apresurarnos ni actuar como si nada hubiera ocurrido. Hay que asimilar cada experiencia e ir, paso a paso, comprendiendo el proceso. Para pasar la página de un libro, primero debemos leer hasta la última línea y solo entonces continuar con la lectura.
No vale la pena buscar un “por qué sí” ni un “por qué no”. Todo pasa, todo fluye. Sabremos que avanzamos en la dirección correcta cuando ya no sintamos interés en mirar hacia atrás.
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¿A qué viene esta reflexión?
A que, con frecuencia, usted, yo y muchos otros nos preocupamos por todo y por todos, y en ese afán olvidamos mantener el ritmo de nuestra propia vida.
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Todo lo que sucede es consecuencia de nuestras acciones. Somos los únicos responsables de lo que nos ocurre, y no sirve de nada buscar culpables afuera.
Aceptemos nuestros errores o fracasos, sin que eso signifique resignarnos. Respondamos a lo que esté en nuestras manos, actuemos dentro de nuestras posibilidades y miremos siempre hacia adelante, porque, en definitiva, no existe otra opción.
La idea no es frustrarnos por lo que no sucede como quisiéramos. Lo esencial es asumir responsabilidades y estar siempre dispuestos a volver a empezar.
Y, finalmente, no olvidemos poner nuestros asuntos en manos del Señor, con la certeza de que Él sabrá guiarnos y conducirnos hasta donde debamos llegar.
Inquietud del día

Las inquietudes asaltan con frecuencia a nuestro estado de ánimo, sobre todo en estos tiempos. No obstante, con cada cuestionamiento tenemos una posibilidad más para afrontar un nuevo horizonte, ya sea razonando o aplicando sanas estrategias para el alma. Veamos el caso de hoy:

Testimonio: “Me sorprende que existen personas que solo quieren que las adulen y le molestan cuando uno les habla directo. Y peor aún, veo que esas mismas personas son duras al hablar, incluso groseras. En mi entorno hay personas así. Me gustaría que hiciera una reflexión sobre este tema”.


Jesús enseñó que del corazón habla la boca. Y si hay dureza en el interior, esa dureza se refleja en la forma en que se entienden las palabras.

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- Respuesta: Es cierto que hay palabras que, cuando vienen de otros, suenan duras, pesadas e incluso insoportables, pero cuando brotan de la propia boca no parecen tener el mismo peso. Ojo: Las palabras son semillas, y según el terreno donde caigan, producen frutos distintos. ¡Cada corazón es un terreno diferente! Hay quienes prefieren escuchar únicamente lo que halaga, aquello que no incomoda ni cuestiona. Es claro que la verdad, cuando se muestra sin adornos, puede incomodar a quienes no están dispuestos a dejar que les transforme. Eso no implica ser groseros e irrespetuosos. También ocurre que malinterpretamos lo que escuchamos porque lo recibimos con prejuicios. Cuando la verdad “salpica frente a nuestras narices”, en lugar de acogerla con humildad, nos defendemos con excusas o distorsiones. En el fondo, lo que duele no es la palabra en sí, sino el espejo que nos pone delante. ¿Hay gente grosera? La diferencia está en cómo respondemos: unos se ofenden y rechazan, mientras otros agradecen y cambian.
Breves reflexiones

- ¿Cómo pretende volar si no se aleja de quienes le arrancan las plumas? No permita que las personas tóxicas, los manipuladores, los amigos reprimidos, las parejas celosas y hasta los profesores amargados frenen su impulso. ¡Devórese el mundo!

- Una plegaria no es una retahíla de palabras dichas como si usted fuera una especie de “lora borracha”. Si aplica de manera adecuada las palabras que pronuncia, descubrirá el instrumento más poderoso para alcanzar todas sus metas.

- La ‘quejadera’ es un auténtico lamento crónico. La verdad, usted no alcanza a imaginar el desgaste emocional y físico que produce quejarse por todo y todos los días. Además, las quejas sobre lo que no tiene le impiden disfrutar de lo que ya posee.
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- Usted sabrá que no actúa de acuerdo con la moral cuando su conciencia le susurre al oído que está equivocado. Y le garantizo que tampoco podrá dormir, porque la almohada le recordará que está actuando mal. ¡Ojo con eso!














