Formada en las canchas de Bucaramanga, Samantha Rodríguez Curubo pasó de jugar junto a su hermano a vestir la camiseta de la Selección Colombia Sub-20. La mediocampista santandereana fue parte del equipo que consiguió el tercer lugar en el Mundial de Polonia y ahora afronta un nuevo reto en el fútbol europeo.

Publicado por: John Arias
Para Samantha Rodríguez Curubo, el fútbol comenzó como un juego de hermanos y terminó convirtiéndose en el camino que la llevó a vestir la camiseta de la Selección Colombia en un Mundial. Formada en las canchas de Bucaramanga, la mediocampista santandereana fue una de las jugadoras que hizo parte del equipo nacional que alcanzó el tercer lugar en el Mundial Femenino Sub-20 disputado en Polonia.
Su historia con el balón comenzó mucho antes de imaginarse en un escenario mundial. Nacida en Venezuela y criada allí durante sus primeros siete años de vida, Samantha encontró en su hermano mayor, Cristian Mauricio, su primer referente. Él era arquero y ella, movida por esa mezcla de admiración y espíritu competitivo, quería hacer todo lo que él hacía. “Siempre quería como que igualarlo o hasta ganarle”, recuerda.

En Venezuela, sin embargo, el fútbol femenino no tenía el mismo espacio y sus padres optaron por inscribirla en natación. Todo cambió cuando la familia se trasladó a Bucaramanga, ciudad natal de su madre Lily Curubo. En el colegio bilingüe Divino Niño, el profesor de educación física Edwin Cediel la vio jugar y descubrió que aquella niña que disfrutaba correr detrás de un balón tenía condiciones para formarse como futbolista.
La invitó a hacer parte de la escuela de fútbol del colegio. Sus padres pensaron inicialmente que sería una actividad pasajera, antes de que Samantha probara otros deportes. Pero ella tenía otros planes. “Llegué a la casa con la obligación, entre comillas, que le había dado la palabra al profesor de iniciar en la escuela de fútbol”, cuenta.
Desde entonces, el fútbol comenzó a ocupar un lugar cada vez más importante en su vida. Primero compitió con equipos masculinos y disputó torneos de la Liga Santandereana. Posteriormente, cuando las diferencias físicas comenzaron a hacerse más evidentes, llegó al fútbol femenino de la mano del entrenador Alexander Spencer y el Club Botín de Oro, donde continuó su proceso de formación.

En el camino vinieron torneos como Ponyfútbol y Babyfútbol, además de las selecciones Santander Sub-13, Sub-15, Sub-17 y Sub-19. Con esta última consiguió el título en Tunja y también fue subcampeona nacional de la Gatorade.

Su talento llamó la atención de Carlos Alberto “Fututo” Paniagua, uno de los formadores más reconocidos del fútbol femenino colombiano, quien la vinculó junto con otras jóvenes santandereanas al proceso de la Selección Colombia Sub-17.
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Con la categoría disputó el Sudamericano de 2024, en el que Colombia terminó segunda, y posteriormente participó en el Mundial de República Dominicana. Aunque el equipo no consiguió avanzar de la fase de grupos, aquella experiencia representó otro paso en una carrera que comenzaba a tomar vuelo.
Samantha también empezó a escribir su historia en el fútbol profesional. Con apenas 16 años debutó con Real Santander, equipo en el que continuó durante la siguiente temporada.

En 2026 llegó al Atlético Bucaramanga, donde tuvo la oportunidad de asumir nuevos retos, conocer otros cuerpos técnicos y, además, ejercer como capitana. “Ser capitana también de un equipo me dio cierto carácter, cierta responsabilidad”, explica.

Su paso por el conjunto bumangués coincidió con una nueva oportunidad: en junio recibió su primera convocatoria a la Selección Colombia Sub-20. Poco después llegó otro desafío. Samantha viajó a Dinamarca para incorporarse al Fortuna Hjørring, experiencia que asumió como una preparación para dar un salto al fútbol europeo.
Allí encontró un estilo de juego diferente, una competencia más exigente y una nueva manera de entender el fútbol. También disputó sus primeros minutos en un equipo que participa en competencias europeas.
Ese proceso terminó conectándose con uno de los capítulos más importantes de su carrera: el Mundial Sub-20 de Polonia. Junto a la también santandereana Maithé López, Samantha hizo parte del grupo que representó a Colombia en el campeonato. La delantera tuvo que apartarse en la recta final por una lesión, mientras Rodríguez tuvo participación en algunos de los encuentros del certamen.
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Colombia avanzó hasta las semifinales y terminó enfrentando a Italia por el tercer puesto. Después de imponerse en la definición por penaltis, el equipo nacional consiguió subir al podio.

Para Samantha, más allá del resultado, el Mundial estuvo marcado por la unión del grupo y por la capacidad de mantenerse firme en los momentos difíciles. “Creo que nunca en todos estos años del fútbol había sentido una unión tan grande como se sentía en este grupo”, señala.
Los goles en los últimos minutos, los partidos decisivos y el recorrido hasta las semifinales dejaron en ella una sensación que todavía intenta procesar. “Todavía no soy consciente de lo que se logró”, reconoce.
Aunque admite que el equipo quería estar más arriba en la clasificación, valora el tercer lugar como un logro enorme y, sobre todo, como la recompensa a años de trabajo.
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El fútbol, para Samantha, representa mucho más que una profesión. Es también un espacio para expresarse, competir, divertirse y encontrar tranquilidad. “Cada vez que entro a una cancha, de verdad, todos los problemas que hay en el día a día se me olvidan y solo es ese sentimiento de diversión”, dice.
Ahora su mirada está puesta en Europa y en todo lo que pueda construir a partir de esta experiencia. Quiere adaptarse al fútbol danés, sumar minutos, ser protagonista con el Fortuna Hjørring y continuar abriendo puertas.
Su filosofía es sencilla: no ponerse límites. “Siempre ir creciendo. Siento yo que cuando uno se pone techo es un obstáculo que uno mismo se pone”, afirma.

Para Orlando Rodríguez, su padre, el crecimiento de Samantha como futbolista ha ido de la mano con la persona que ha construido fuera de la cancha. La describe como una joven disciplinada, comprometida, humilde y solidaria, cualidades que también lleva al terreno de juego.
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Destaca especialmente su capacidad para asumir responsabilidades y buscar la armonía dentro de los equipos en los que ha estado. “Es una persona que buscaba la armonía, el respeto para ayudar y colaborar”, señala su padre, quien también resalta el cariño que Samantha ha ganado entre sus compañeros, profesores y las personas que han acompañado su proceso.
Bucaramanga le abrió las puertas al fútbol
En ese camino, Bucaramanga ocupa un lugar especial. Samantha reconoce en la ciudad el punto de partida de su formación y recuerda especialmente a los entrenadores Edwin Cediel, Alexander Spencer y Víctor Hugo González, quienes fueron fundamentales en distintas etapas de su carrera. Edwin le dio las bases técnicas y tácticas; Alexander, la experiencia; y Víctor Hugo, la confianza para asumir nuevos desafíos.
Desde aquellas primeras canchas en las que una niña venezolana comenzó a jugar junto a su hermano hasta un Mundial con la Selección Colombia, el recorrido de Samantha Rodríguez ha estado marcado por la disciplina, la constancia y la decisión de seguir jugando.
Hoy, con apenas una parte de su historia escrita, la santandereana mira hacia adelante con la misma idea que la acompañó desde el comienzo: mejorar cada día y descubrir hasta dónde puede llegar con un balón en los pies.














