‘Elmar’, como la conocen en el mundo artístico, supo desde pequeña que quería ser artista y su pasión la llevó a formarse como escultora, muralista y maestra plástica. Muy joven sufrió un accidente cerebrovascular que aunque la mantuvo alejada de su sueño por casi cuatro años, le permitió esculpir nuevamente su vida, ponerle color a todo lo que hace y ayudar a otros a superar la adversidad.

Publicado por: Maricarmen Cervelli N.
Dice que desde el vientre de su madre tuvo un pincel en la mano. Porque no encuentra otra razón para explicar su pasión visceral por el arte. A los 10 años de edad comenzó su travesía real en este oficio cuando entró a la Escuela de Arte de Nora Avendaño en Barranquilla. “Primero iba dos veces a la semana, después tres, luego todos los días”, cuenta Elsa Marina Losada -Elmar-, mientras evoca con un suspiro esa pasión que la hace recordar su formación en Atlanta, París, Barcelona, Venecia, Milán y Florencia.
Nadie la llevó ni nadie la inscribió en esa escuela. Es más, en su casa no había nada que indujera su gusto por lo artístico. Fue ella misma quien manifestó su interés por estudiar arte, por crear e inventar. Quizás ese mismo ímpetu le permitió encontrar en este oficio un modo de renacer, reinventarse y comunicar sus emociones y sentimientos de gratitud hacia la vida.

Su enfermedad: una lección de vida
Comenzó a pintar niños de la calle en óleo sobre lienzo… y cuando tenía 32 años sufrió un Accidente Cerebrovascular que la mantuvo durante 22 días en coma, bloqueó los idiomas que había aprendido (francés e inglés), ‘borró’ el español y luego le causó dislexia para hablar y escribir. Eso no fue todo: también le ocasionó problemas para reconocer números y hacer operaciones matemáticas y le quitó la fuerza en el lado izquierdo de su cuerpo. Fue una lección muy dura para su familia, sobre todo para sus dos hijos, a quienes llama “mi Luna y mi Sol”.
Elmar contó con el apoyo de los suyos. Haciendo equipo con los médicos, sus hermanos emprendieron una cruzada para ayudarla a salir adelante durante su recuperación, y una persona en particular fue esencial en esa nueva oportunidad que le estaba dando el destino. “A mi vida llegó un ángel terrenal llamado Jorge Malkun, quien ha sido mi compañero desde ese momento. Él es la persona más influyente en mi recuperación. Él me enseñó a hablar lo poquito que hablo, y me ayuda con los números y las matemáticas”.
La recuperación fue difícil. “Me tocó hacer terapia física, motriz y del lenguaje. Ir a psicólogos y psiquiatras, pasé por depresiones”, reconoce la artista, quien en tres años pudo retomar poco a poco el contacto con el arte.

Como se vio obligada a dejar la pintura con óleo por problemas de oxígeno en su cerebro, comenzó a trabajar con acrílico y cerámica en mosaicos. Así se inició en el arte utilitario: un dibujo sobre la mesa, un plato, una cajita; todo con acrílico y pintura de agua. “Siento que Dios estaba en todo lo que hacía –asegura Elsa Marina-, pues cada día creaba algo nuevo; terminaba una mesa y llegaba alguien y me decía que quería una. ¡Sin darme cuenta, ya tenía una galería con mesas, tablas, servilleteros y cajas de té! Yo me preguntaba cómo había pasado todo eso, pero nunca pregunté por qué; solo digo… gracias”.
Con el tiempo cerró su estudio para hacer arte urbano. En ese momento ella había llegado de Barcelona (España), después de haber aprendido la técnica del mosaico, la cual aplicaba en las cajitas que elaboraba. “Entonces me llamaron para hacer la parte inferior de un puente, era un trabajo muy grande y lo acepté. Les aseguré: ‘¡Yo lo puedo hacer!’. Sin embargo, no sabía si alguien estaba hablando por mí. Después de eso vinieron esculturas de 8 y 10 metros”.
Enrique Grau en sus manos
Elmar ha embellecido a la región Caribe inspirada en sus amaneceres, su fauna y sus cayenas, pero también guiada por la obra del maestro Gaudí. Se fue a Bogotá y llenó de color la ciudad, transmitiendo alegría y ganas de vivir a través de un mensaje de conservación del medio ambiente, y su obra ha trascendido las fronteras colombianas a través de sus maravillosos artículos decorativos, pinturas, esculturas y mosaicos, trabajos que ella considera, son para toda la vida.
Por nombrar solo dos de sus obras: cerca del puente Pumarejo, en Barranquilla, se levanta una enorme escultura de mosaico de cerámica sobre concreto que mide 30 metros de largo, donde se lee el nombre de esta ciudad; es una de sus creaciones más representativas. Y el año pasado, su Fundación Elmar le donó a Bogotá La tingua de la Sabana, una escultura en honor al ave que está en vía de extinción y como un símbolo de la necesidad de proteger el medio ambiente y preservar los humedales colombianos.

Por otro lado, la artista acaba de recibir autorización para crear las esculturas a gran escala del pintor colombiano Enrique Grau, La Rita y Mariamulata, que serán ubicadas en lugares emblemáticos de Barranquilla.
Elmar tiene una agenda 2016 copada de trabajo y experiencias: “Expondré en el consulado de Colombia en Miami durante todo agosto, luego estaré en Panamá en septiembre y en octubre, al mes siguiente me voy a Florencia a estudiar y finalizaré el año nuevamente en Miami”.
Arte transformador para la comunidad
Elsa Marina creó recientemente su Fundación Elmar, con la que busca inculcar valores a través del arte y la cultura; quiere formar a los niños con base en el respeto, la tolerancia y la sana convivencia en las comunidades y busca transformar las ciudades con valores, colores y nuevas maneras de pensar.
“Tenemos un plan piloto para que los niños, a partir de los 5 años de edad, puedan aprender matemáticas más fácilmente a través de técnicas de color. Es un programa avalado por la Universidad del Norte en Barranquilla”, explica Elmar, quien añade que se aliaron con con la fundación Fútbol con corazón -en Barranquilla- a través de un partido de fútbol donde los jugadores vestían camisetas llenas de colores. “El primer gol lo tenía que hacer una niña para manifestar así el respeto que les debemos a las mujeres”, acota.
El gran aprendizaje
Elmar aprendió a no postergar nada y a vivir la vida intensamente. A dar amor a los suyos y a disfrutar cada momento por pequeño que sea. “Soy feliz dando, me da pena recibir y soy una dadora de todo lo que Dios me dio a través de mi enfermedad; siento que soy un ser humano excelente a través de este episodio, porque tuve la oportunidad de tener la posibilidad de una vida nueva”.

Quince años después, ella ve su enfermedad como un regalo de Dios, una lección de vida que la hizo aprender de sus errores y comenzar a expresar con colores todo eso que difícilmente había podido comunicar de otro modo.
“Cuando empecé a salir del proceso, que no fue fácil, comencé a crear y a crear, a llenar mi vida de color. Y si Dios me dio esta oportunidad, yo dije: ¡vamos a pintarla! Por eso empecé a llenar mis obras y mi vida de color. Es mi lenguaje. Tengo muchas dificultades para expresarme verbalmente, las palabras que me sé son relativamente nuevas, no me sé los números… pero mis obras hablan, mis obras te dicen quién es Elmar”.















