Una investigación analiza los prejuicios relacionados con la edad y el género. El estudio busca aportar herramientas para la construcción de políticas públicas más inclusivas.

Publicado por: Redacción Vanguardia
Mientras la población colombiana envejece, miles de mujeres mayores continúan enfrentando una realidad poco visible: la discriminación por edad y género. Esta doble barrera, conocida como edadismo y sexismo, limita sus oportunidades, afecta su calidad de vida y, en muchos casos, las expone a diferentes formas de violencia.
Con el propósito de comprender este fenómeno, investigadoras de la Universidad Cooperativa de Colombia desarrollan en Bucaramanga el proyecto “Imaginarios sexistas y edadistas en la violencia contra las mujeres mayores en el entorno familiar durante los últimos diez años”, una investigación que busca analizar cómo los prejuicios sociales y culturales influyen en las dinámicas de violencia hacia esta población.
El estudio es liderado por Lady Johanna Pereira Moreno, de la Facultad de Psicología, junto con las docentes e investigadoras Beatriz Puyana y Laura Torres, de la Facultad de Derecho. Su trabajo parte de una premisa clara: aunque las mujeres mayores son sujetas de derechos y cuentan con protección constitucional, continúan siendo invisibilizadas en distintos ámbitos de la sociedad. Lea también: ¿Puede la casa convertirse en una cárcel invisible? Esta exposición en Bucaramanga abre el debate
Una problemática que va más allá de la edad
De acuerdo con las investigadoras, el edadismo se refiere a los estereotipos, prejuicios y prácticas discriminatorias basadas en la edad. En el caso de las mujeres mayores, esta situación se combina con el sexismo, generando una forma de exclusión que limita su autonomía, participación social y reconocimiento dentro de la comunidad.
Estos imaginarios suelen reflejarse en ideas que asocian la vejez femenina con dependencia, inutilidad o pérdida de capacidades, afectando la autoestima y la salud mental de quienes los padecen. Además, muchas mujeres enfrentan una acumulación de desigualdades derivadas de trabajos informales o labores de cuidado no remuneradas durante gran parte de su vida, lo que repercute en menores ingresos y dificultades para acceder a una pensión digna.

Un aumento de las violencias
La investigación cobra especial relevancia en un contexto donde las cifras muestran un incremento de los casos de maltrato hacia las personas mayores. Según datos citados por el equipo investigador, los reportes de violencia contra esta población aumentaron un 28 %, pasando de 6.355 a 8.111 casos en apenas dos años. Las mujeres adultas mayores son quienes registran una mayor afectación.
Las investigadoras explican que estas violencias no siempre son visibles. Muchas ocurren dentro del entorno familiar y permanecen ocultas por años. Entre las formas más frecuentes identificadas se encuentran el abuso físico, sexual, económico y psicológico, así como el abandono y la negligencia en los cuidados básicos.
La feminización de la vejez
Uno de los aspectos innovadores del estudio es que aborda una población poco investigada en el país. Las investigadoras señalan que existe una tendencia hacia la denominada “feminización de la vejez”, fenómeno que evidencia cómo las mujeres suelen enfrentar mayores condiciones de vulnerabilidad económica y social durante esta etapa de la vida.
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Las cifras respaldan esta realidad. Datos citados en el documento indican que en Colombia solo el 13 % de las mujeres mayores acceden a una pensión por vejez, frente al 25 % de los hombres. Asimismo, estudios reportan que el 45 % de las mujeres mayores de 50 años han experimentado discriminación laboral relacionada con la edad.
Hacia una sociedad más inclusiva
Más allá de documentar una problemática, la investigación busca aportar insumos para la construcción de políticas públicas con enfoque de género y derechos humanos. El objetivo es promover un envejecimiento digno y contribuir a transformar los imaginarios sociales que perpetúan la discriminación.
Las investigadoras enfatizan que las mujeres mayores no deben ser vistas como una población pasiva o dependiente. Por el contrario, son portadoras de experiencias, conocimientos y trayectorias de vida que enriquecen a la sociedad. Reconocerlas y garantizar sus derechos es un paso fundamental para construir comunidades más inclusivas y respetuosas de la diversidad generacional.
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