El documental de la directora santandereana Diana Ojeda se estrena el 6 de agosto en salas colombianas. Natalia, Evelyn, Nataly Durán y Juranny García cuentan los riesgos de viajar por carretera, el machismo dentro de las barras bravas y su lucha por tener voz, voto y un lugar propio en las tribunas.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Antes de que Las Bravas fuera una película hubo un trapo, pintura y unas manos dispuestas a ayudar. Eran las manos de la mamá de Natalia, una de las tres protagonistas del documental, quien acompañó a su hija cuando todavía era menor de edad y empezaba a abrirse camino dentro de la barra.
“Incluso ella fue la que colaboró para pintar uno de los trapos del parche cuando yo era menor de edad”, recuerda Natalia.
La escena dice mucho de lo que vendría después. Porque habitar una barra siendo mujer también ha significado buscar alianzas, aprender a resistir y construir un lugar en un espacio donde, durante años, muchas decisiones se tomaron sin ellas.
Ese recorrido es el corazón de Las Bravas, el largometraje documental de la directora santandereana Diana Ojeda que llegará a las salas de cine este jueves 6 de agosto. La película sigue a Evelyn, Natalia, Nataly Durán (Naty) y Juranny García (Nanis), unidas por el Atlético Bucaramanga y por una manera de vivir el fútbol que no termina cuando el árbitro pita el final del partido.

Aquí están la tribuna, los cantos, las banderas, las reuniones, las carreteras y los viajes en mula. Pero también están las cosas que durante mucho tiempo se dijeron en voz baja: el miedo, los malos tratos, el machismo y las disputas que aparecen cuando una mujer intenta participar, opinar o asumir el liderazgo.
Para Nanis, sentarse frente a la cámara implicó volver sobre experiencias que no siempre resultaba fácil nombrar: “No es fácil pararse uno frente a una cámara, contar cosas que para uno fueron en su momento dolorosas o muy fuertes”, dice.
Durante el rodaje, cuenta, el equipo supo escucharlas y esperar. Esa paciencia permitió que la película no se quedara únicamente en la imagen más visible de la barra (el bombo, el humo, los saltos, los cánticos), sino que entrara en las historias que cada una llevaba consigo.
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Natalia también descubrió algo mientras avanzaba la grabación: su experiencia no era un caso aislado. “Para mí significó darme cuenta del antes y el después de lo que yo soy. A medida que fuimos grabando la película me di cuenta de que no era yo sola, éramos muchas mujeres”.
Nanis fue testigo de parte de esa lucha. En Natalia encontró no solo a una compañera de cancha, sino a una mujer que intentó organizar a otras y defender su derecho a participar dentro de la barra: “Tuve la oportunidad de crear una amistad con Natalia, que ha luchado siempre porque las mujeres tengan un espacio en la barra, porque haya una organización, porque las mujeres tengan su voto, su voz”, relata.
Nataly Durán, por su parte, nunca imaginó que aquellas experiencias terminarían convertidas en una película: “Yo nunca me imaginé que iba a ser una película donde se contara y se hicieran públicas nuestras experiencias, donde se viera el estilo de vida de una mujer barrabrava, lo que pasamos nosotras y lo que callamos también”.
Eso que se calla aparece con fuerza cuando habla de los viajes. Dentro del imaginario del barrismo suele repetirse que las mujeres consiguen transporte con mayor facilidad o que enfrentan menos dificultades en la carretera. Nataly Durán lo desmiente: “Todos dicen que por ser mujeres es más fácil viajar, que llegamos más rápido. Eso es mentira, demasiado mentira. Eso no es así. Nosotras no sabemos lo que nos espera viajando solas en mula. Pasé por muchas situaciones y vi muchas situaciones”.
La carretera, en Las Bravas, no es únicamente el camino hacia otro estadio. También es un territorio de incertidumbre. Allí las mujeres construyen redes, se cuidan entre ellas y se convierten, como dice Nataly Durán, en compañeras de cancha y de viaje. Pero también quedan expuestas a situaciones frente a las cuales muchas veces sienten que no pueden hacer nada.

Las mujeres siempre han estado ahí
Las mujeres no llegaron ayer al fútbol colombiano. Han estado en las graderías, han organizado viajes, vendido rifas, preparado recibimientos, pintado banderas y sostenido procesos dentro de las barras. Lo que ha tardado más es el reconocimiento.
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Un estudio publicado en 2025 por la revista Frontiers in Sports and Active Living analizó las respuestas de 501 hinchas colombianos: el 39,7 % de las personas encuestadas eran mujeres. La investigación no funciona como un censo nacional (la mayoría de participantes se encontraba en Antioquia), pero sí muestra que la afición femenina no es una presencia marginal ni excepcional. Es una parte significativa de quienes viven el fútbol.
También hay señales de organización colectiva. En diciembre de 2025, cerca de cien mujeres pertenecientes a barras futboleras, colectivos sociales y procesos comunitarios se reunieron en Bogotá para realizar una intervención artística y ambiental contra las violencias de género. La actividad buscaba reconocer a quienes “viven, sienten y construyen el fútbol desde las barras”, según la información divulgada por el Distrito.
Una investigación de la Universidad de Antioquia sobre mujeres vinculadas a las barras de Atlético Nacional e Independiente Medellín llegó a una conclusión semejante: aunque las barreras y las violencias persisten, ellas están transformando el barrismo mediante la resistencia, el liderazgo y la sororidad. Ese cambio cultural ya ocurre dentro de las tribunas.
Sin embargo, ocupar esos lugares tiene un costo. “En cualquier ámbito se ve el machismo y en ese ambiente tan pesado como la barra brava se ve mucho más”, dice Nannis.
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Aun así, insiste, las mujeres hacen los mismos recorridos, soportan las mismas jornadas y dejan la voz en la gradería: “Nosotras también podemos, nosotras también vamos al estadio, nosotras también aguantamos frío, hambre, golpes. Por 90 minutos de fútbol nos quedamos sin voz, sin aliento, por alentar al equipo”.
La disputa no ocurre solamente frente a los hombres. Natalia reconoce que las divisiones entre las propias mujeres también han dificultado la construcción de procesos colectivos: “Muchas veces la lucha no es solo con los hombres, sino, desafortunadamente, también entre nosotras mismas. Hay que tratar de cambiar ese pensamiento para que haya más unión”.
Las Bravas no presenta a sus protagonistas como heroínas perfectas ni convierte el barrismo en una postal romántica. Las muestra dentro de sus contradicciones: la pasión y el miedo, el sentido de pertenencia y la exclusión, la amistad y las disputas por el poder.
Desde su etapa de desarrollo, la película comenzó a llamar la atención fuera del país. El proyecto fue seleccionado en Cannes Docs en 2022 y recibió estímulos del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico. Para Diana Ojeda, quien ha construido una filmografía interesada en el territorio y los conflictos sociales, este es su proyecto más ambicioso hasta el momento, según un perfil publicado por Vanguardia.
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Pero el estreno no representa solamente la llegada de una producción santandereana a la cartelera. Para sus protagonistas significa que aquello que vivieron deja de ser un relato privado: “Las mujeres también tenemos palabra, voz y voto. Esta película es una realidad de lo que nosotras vivimos”, dice Nataly Durán.
Ella espera que otras mujeres se reconozcan en la pantalla: “Qué bacano que todas las mujeres cancheras, guerreras, barrabravas de toda Colombia se sientan identificadas al ver esta historia y esta película, que refleja la realidad de nosotras, las mujeres barrabravas”.
Nanis también piensa en ellas. En las que siguen yendo al estadio, en las que quieren participar y en aquellas que han guardado silencio para no perder su lugar: “Que no se queden calladas, que si algo no les gusta, que también tienen derecho a hablar”.
Natalia amplía la mirada más allá del estadio: “No es solo en el barrismo que luchamos las mujeres para poder estar y para que nos tengan en cuenta, sino en todos los gremios”.
El 6 de agosto, cuando Las Bravas llegue a los cines, aquel trapo que Natalia y su mamá ayudaron a pintar también estará allí. Estarán las carreteras recorridas por Nataly Durán, las experiencias dolorosas que Nanis decidió contar, las compañeras encontradas en el camino y las historias que durante años permanecieron calladas.
Esta vez no tendrán que pedir permiso para ser escuchadas.

Diana Ojeda: una cámara para contar lo que otros no miran
Diana Ojeda nació en Bucaramanga y llegó al cine desde el derecho y la defensa de los derechos humanos. Entre 2006 y 2013 trabajó en documentales sobre desplazamiento forzado, pueblos indígenas, comunidades afro y víctimas del conflicto armado. Durante el paro agrario del Catatumbo vivió cerca de un mes en la carretera junto a las comunidades campesinas. De esa experiencia nació Los hijos del Catatumbo, documental reconocido por Bogoshorts y proyectado posteriormente en universidades, instituciones públicas y el Congreso de la República.
En 2013 fundó Cine Latina, una productora creada para contar las realidades de las mujeres y de las comunidades que suelen quedar fuera de la pantalla. Tres años después emigró a Estados Unidos y continuó su formación cinematográfica en California. Más adelante cursó una maestría en cine de autor en la Universidad Estatal de San Francisco, donde profundizó en el documental latinoamericano y feminista. Su filmografía también incluye Pantaleón y Uno de los chicos.
El camino de Las Bravas comenzó en 2016, cuando conoció a Natalia Montealegre y empezó a investigar la vida de las mujeres dentro de las barras del Atlético Bucaramanga. El proyecto atravesó laboratorios, mercados, cambios de producción y años de rodaje. En 2022 fue escogido entre los seis proyectos internacionales de Cannes Docs, recibió respaldo del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico y contribuyó a que Ojeda obtuviera el Premio Princesa Grace en Cine. Fue la primera producción santandereana seleccionada en ese espacio de Cannes.















