Donde otros ven una calle, el artista urbano ‘Mascarita’ ve un escenario.

Una mano en el corazón y otra en el bolsillo. Así resume Joaquín José Villar Meza, ‘Mascarita’, una vida entera de lucha, de arte y de supervivencia. Y es que, a sus 46 años, detrás del rostro pintado, de los gestos y de ese silencio propio del mimo que se ha convertido en su manera de expresarse, hay una historia que merece ser contada.
Es la historia de un hombre que tuvo que dejar atrás su tierra por culpa de la violencia, que llegó a Bucaramanga buscando una oportunidad y que terminó encontrando en sus calles no solamente un lugar para ganarse la vida, sino también un escenario para demostrar que el talento y la voluntad pueden abrirse camino incluso en medio de las circunstancias más difíciles.
En el Centro de Bucaramanga, ‘Mascarita’ ha aprendido a hacerse visible sin necesidad de levantar la voz. Mientras los carros pasan, los vendedores ofrecen sus productos y cientos de personas caminan de un lado a otro con sus preocupaciones y afanes, él permanece allí, convertido en parte de ese paisaje urbano que muchos reconocen, aunque quizá no todos conozcan la historia que lleva consigo.

Su escenario no tiene telones, luces ni camerinos. Su escenario es la calle misma, y su herramienta principal es el cuerpo, con el que ha aprendido a hablar cuando las palabras sobran. Cada movimiento, cada expresión y cada gesto son parte de un oficio que ha construido con los años y que hoy le permite llevar el sustento a su hogar.
Pero para entender a ‘Mascarita’ hay que mirar más allá del personaje. Antes del maquillaje está Joaquín José, un hombre que nació y creció en Barrancabermeja, que estudió en los colegios de primaria y secundaria de Santa Isabel y La Floresta, y que conoció desde joven una región atravesada por las dificultades y por las profundas heridas que dejó la violencia en el Magdalena Medio.
Hace poco más de 23 años, esas circunstancias lo obligaron a tomar una decisión: abandonar su tierra y emprender el camino hacia Bucaramanga. No se fue persiguiendo fama ni buscando convertirse en un personaje conocido. Se fue buscando algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más valioso: la posibilidad de vivir y de comenzar de nuevo.

Llegó a la Ciudad Bonita con incertidumbre, pero también con un talento que se convertiría en su manera de abrirse camino. Las calles fueron, poco a poco, dándole una oportunidad. Allí encontró un espacio para probar sus habilidades, para descubrir que podía hacer reír, sorprender y llamar la atención de quienes pasaban frente a él. Lo que comenzó como una forma de buscarse la vida terminó convirtiéndose en una identidad. Joaquín José pasó a ser ‘Mascarita’, al menos así comenzó a hacerse conocido entre quienes recorren diariamente el Centro.
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Han pasado más de dos décadas desde entonces, y la calle ha sido testigo de su historia. Ha visto sus días buenos y sus días difíciles, sus presentaciones, sus silencios, sus encuentros con desconocidos y también esos pequeños momentos en los que alguien se detiene, lo mira, sonríe y decide reconocer su trabajo con unas monedas o unos pesos. Para muchos puede parecer poco; para él significa mucho. De esos aportes vive, y cada uno representa la posibilidad de llevar algo a la mesa, de cubrir una necesidad, de continuar al día siguiente con el mismo oficio que ha defendido durante tantos años.

Por eso, su famosa frase, “una mano en el corazón y otra en el bolsillo”, tiene para ‘Mascarita’ un significado que va mucho más allá de una ocurrencia. Es una manera de pedirle a la gente que no olvide que detrás del personaje hay un ser humano que trabaja.
La mano en el corazón representa la solidaridad, la sensibilidad y la capacidad de ponerse en el lugar del otro; la mano en el bolsillo representa ese pequeño aporte que, sumado al de muchas personas, se convierte en su sustento. No pide que le regalen una vida. Pide que reconozcan el esfuerzo que hay detrás de cada presentación y que, si su arte logra regalarles unos segundos de alegría, puedan devolverle algo que le permita seguir viviendo de lo que sabe hacer.
Y quizá ahí está una de las partes más conmovedoras de su historia. ‘Mascarita’ ha encontrado en el arte una manera digna de enfrentar la vida. No tuvo un gran escenario esperándolo cuando llegó a Bucaramanga, ni una institución que le abriera las puertas, ni una multitud que conociera su nombre. Tuvo una calle y tuvo su talento. Con eso comenzó. Y con eso, poco a poco, construyó un oficio, un personaje y una relación especial con la ciudad.
Hoy, cuando se le ve en el Centro, quizá resulte fácil quedarse solamente con la imagen del hombre maquillado que hace gestos frente a los transeúntes. Pero detrás de ese rostro hay 46 años de vida y más de dos décadas de resistencia. Hay un niño que estudió en Barrancabermeja, un joven que tuvo que marcharse por la violencia, un hombre que llegó a Bucaramanga buscando una oportunidad y un artista que encontró en el silencio una forma de hablarle a la ciudad.
Después de más de 23 años en Bucaramanga, ‘Mascarita’ sigue saliendo a la calle. Sigue pintándose el rostro, preparando sus gestos y enfrentándose a un público distinto cada día. Algunos pasan sin detenerse; otros se quedan unos segundos; algunos ya lo conocen y otros lo descubren por primera vez. Pero él continúa, porque aprendió que la vida también consiste en insistir, incluso cuando nadie garantiza que el esfuerzo de hoy será suficiente para mañana.















