Un collar con forma de serpiente basta para abrir una discusión sobre religión, patriarcado y símbolos femeninos. A veces, una joya también puede convertirse en una declaración de resistencia.

Publicado por: Paloma Bahamón
―Por qué esa víbora al cuello?―
Me preguntó ayer la señora Amparo cuando fui a comprar víveres.
― ¿Se refiere a mi collar? A mí me encantan las serpientes. En el campo dicen que son los únicos animales que no atacan a las mujeres embarazadas. ¿No le parece eso mucha nobleza?―respondí entre dulce y mordaz.
—Eso no es científico. Además, ese bicho hizo pecar a Eva y por eso, ella y Adán fueron expulsados del paraíso. Lo dice la Biblia. Y usted trajo a mi tienda a ese demonio ―Me acusó con su índice derecho que guardó rápido, no fuera a infectarse con la malignidad de mi joya.
Ya en casa, mientras guardaba los tomates en la nevera, decidí que desde ahora caminaría una cuadra más para mis compras domésticas y que la señora había logrado que en sus argumentos confluyeran dos orillas: ciencia y dogma. Luego dicen que los amuletos no hacen milagros.
Pero no tanto. Sería difícil explicarle a la doña que el libro que toma por verdad absoluta es otro más, como el Corán o el Talmud, escritos para sustituir a las diosas por el monoteísmo. Quizá ni con calma y cariño le convencería de que, desde el nomadismo prehistórico hasta las primeras civilizaciones, la gente consideraba a las mujeres como deidades por su poder de engendrar y que eso cambió cuando la economía de la solidaridad y del bien común dio paso a la de la acumulación de bienes y la propiedad privada.
A ver, “señora Amparo”, empecé a monologar mientras lavaba la loza― ¿No ha pensado que si muchas mujeres se llaman como usted o Socorro o Auxilio es porque todo nombre es una intención de destino social y que, combinado con María, que significa “amada por Dios”, sugiere que seremos la favorita de una divinidad masculina, siempre y cuando le asistamos en su labor y nos pongamos en segundo lugar?
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Aunque no lo crea, antes del judeocristianismo la divinidad femenina no era una simple colaboradora, sino que primaba, dado que determinaba tiempo de cosecha, caza o celebración. Y adivine cómo era representada: ¡Si, señora! por una culebra; áspid, ofidio. Estaba, por ejemplo, Tiamat de Babilonia y su ejército de víboras; Uadyet en Egipto, quien aseguraba la fertilidad con su cabeza de cobra, y en la Creta minoica, previa a la cultura helénica, la propia “Diosa de las serpientes” que portaba en ambas manos dos “bichos”, como usted les denomina.
Ocurre que con el ascenso del patriarca como figura hegemónica de lo privado y lo público había que sustituir las representaciones femeninas sagradas por dioses hombres para justificar su imperio sobre cielo y tierra. La serpiente se tornó pecado, amenaza y destrucción.
Surgió Medusa en la mitología griega: una fémina monstruo que con su cabello serpentino petrifica a los hombres. ¡Y funcionó la distorsión! Usted jura que Eva y la “abominable” que la tentó con la manzana acabaron con el Edén. Por eso, tantas acatan la sumisión, critican a las insurrectas y validan nombres como “Consuelo” (otro más para enfatizar nuestro rol auxiliar del padre eterno).
La fórmula traspasó la cuestión meramente femenina. Con la dicotomía entre buenos y malos, obedientes y rebeldes, los españoles convencieron a los Mexicas de olvidar su esplendor de astronomía y pirámides. Dado que, Quetzalcóatl, aunque “dios”, también era serpiente emplumada, dibujaron a la virgen morena pisándole y así sellaron la colonización.
Concluí mi disertación imaginaria con un enfático: ―Ni modo, señora Amparo. Orgullosa seguiré usando mi collar. La Diosa vive en mí.―
Y en usted, aunque todavía no lo acepte.
















