Como dijo Nairo Quintana, cuando las piernas no dan se pedalea con el corazón. Se sufrió y bastante, pero se coronó el mítico Picacho. La intensa batalla para coronar el duro ascenso: 3 horas y 37 minutos de esfuerzo, calambres, altura y fuerza de voluntad sobre la bicicleta.

Había hecho cuentas antes de empezar. Tres horas o tres horas y media, por mucho. Ese era el tiempo que me había propuesto para llegar a la cima del Picacho, en el marco del ya tradicional Picacho Challenge, competencia que se afianza como una de las más importantes del calendario ciclístico nacional, en el plano aficionado.
Una meta exigente debido a que la preparación empezó muy encima, mes y medio antes, pero posible, pensé mientras ajustaba el casco, revisaba la presión de las llantas y me preparaba para enfrentar uno de los ascensos más duros del país: 48 kilómetros de continua subida, donde si se deja de pedalear, sencillo: se va “de cara contra el planeta”.
Tres horas y 15 minutos después, el reloj se empecinó en bajarme todavía más la moral, cuando aún, estando “pal’ perro”, me faltaba negociar algunos kilómetros más.

Los tiempos y los números; sin embargo, cuentan apenas una parte de la historia y aplica tanto para mí, como para los 1.200 inscritos, donde los más avezados ‘acordaban’ guarismos de ciclista profesional y los menos experimentados luchaban por arañar algunos segundos a su mejor marca o simplemente arribar a la meta.
Todo ‘controlado’
Al comienzo todo parecía estar bajo control. Las piernas respondían, el ritmo era constante y avanzaba a un promedio cercano a los 15 kilómetros por hora.
El paso por el kilómetro 9 fue alentador. También en el 16, donde nos encontramos con don Carlos, quien a sus 66 años nos confesó que lleva 50 de ellos pedaleando y seguirá hasta que le ‘alcance la cuerda’.
En La Corcova, sobre el kilómetro 24, todavía sentía energía suficiente para pensar que aquel objetivo de las tres horas estaba al alcance, con la premisa de seguir guardando ‘cartuchos’ para el remate.
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Un ‘Picacho’ duro de domar
Pero El Picacho tiene la costumbre de cobrar sus cuentas, justamente, al final.
Después de La Corcova comenzaron a desaparecer las fuerzas. El desgaste acumulado empezó a sentirse en cada pedalazo y los últimos ocho kilómetros se convirtieron en una interminable batalla entre el cuerpo y la cabeza.
Fue entonces cuando recordé aquella frase que tantas veces ha repetido Nairo Quintana: hay momentos en los que, cuando las piernas no van, toca pedalear con el corazón. Y también con mucha fuerza de voluntad.

Porque mientras las piernas reclamaban, la cabeza empezó a lanzar preguntas.
“¿Yo qué hago aquí?”. “¿Por qué mejor no fui al concierto de Silvestre Dangond la noche anterior?”. “¿Para qué me prestó la bicicleta mi amigo Óscar?”. “Yo como que mejor me regreso”.
También pensé en Isabelita, a quien le insisto en que hay que levantarse, por más dura que sea la caída; que sea una berraquita echada pa’lante. En ese momento debía poner en práctica la teoría y dar ejemplo.
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A un costado de la carretera asomaban otros ciclistas lidiando con el cansancio y los calambres. Algunos habían tenido que detenerse. Otros, en cambio, pasaban ‘como una moto’, con fuerzas todavía contundentes para afrontar los metros finales.

Yo ya no competía contra ellos. Tampoco contra el reloj. El objetivo de las tres horas o por mucho tres horas y media había quedado atrás.
La misión era, en el papel, mucho más sencilla, pero en la práctica, mucho más difícil: llegar a la cima, donde los mejores arribaron en apenas dos horas y cuatro minutos, como Juan Felipe Gómez Daza, quien impuso la marca principal. “Una máquina”.
La altura, por encima de los 2.000 metros, tampoco ayudaba. Respirar costaba más. Las curvas empinadas parecían no tener fin y las piernas respondían cada vez con mayor dificultad. Una inclinación del 8 %, se sentían como del 15 % y no había piñón grande que facilitara la pedaleada redonda.
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Cada pedalazo era una pequeña victoria. Cada curva superada, un motivo para seguir. Cada metro que restaba acercaba la posibilidad de dejar atrás el sufrimiento.

Entonces surgieron primeros los síntomas de calambres, que cuando llegan sobre una bicicleta son sinónimo de: se acabó todo.
Por fortuna, cedieron, pero se negaron a irse del todo. Continué; no obstante, cuando faltaban apenas 800 metros para la meta, volvieron con toda la convicción, al punto que dieron ganas de ‘tirar pata’, a lo Chris Froome en el Mont Ventoux durante la etapa 12 del Tour de Francia 2016.
La pierna derecha quedó contraída y avanzar se convirtió en una lucha contra el dolor.
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Con el corazón
Y entonces apareció la meta. Cruzarla fue un alivio. Había coronado El Picacho. Había sobrevivido a la altura, a las pendientes, al cansancio y a esos últimos ocho kilómetros que parecieron interminables.
La satisfacción arribó, pero también quedó una pequeña espina. Soy competitivo y, para qué negarlo, quería un mejor tiempo.
El reloj marcó 3 horas y 37 minutos, desde el segmento cronometrado que comenzó en el Parque del Agua. No fueron las tres horas que había imaginado. Fueron la ‘medio bobadita’ de 37 minutos más.
Pero fueron también 3 horas y 37 minutos de esfuerzo, dudas, dolor, voluntad y aprendizaje.
Porque El Picacho no solamente se sube con las piernas. Hay momentos en los que, sencillamente, toca coronarlo con el corazón y la mente.

















