Lo que queda en pie, primera obra literaria de David Fernando Torres Lizarazo, confirma la madurez creativa de una joven promesa narrativa que concibe la palabra como puente hacia la reflexión, la memoria y los abismos íntimos de la existencia.

Publicado por: Jimmy Fortuna
avid Fernando Torres Lizarazo es una joven promesa literaria y Lo que queda en pie, libro de relatos y, además, su primera obra literaria, es una evidencia de la madurez creativa, de la lectura crítica de su entorno y de la manera en que concibe el arte: como un puente hacia la reflexión.
Hace más de veinte años tuve la posibilidad de conocerlo, cuando él iniciaba sus estudios de Literatura en Español y Literatura en la Universidad Industrial de Santander, alma mater de la que actualmente, es profesor. Es decir, el tiempo nos permitió ser, ahora, colegas y como se lo profesé cuando recibí este libro de cuentos: un honor tener la posibilidad de ingresar a sus mundos de ficción, en los que la palabra cumple su función. En cada una de las catorce narraciones, que conforman esta magistral obra (El día en que Irene perdió su compostura, Doña Etelvina, El bosque, Al ver el mar, Una mujer difícil, Desde aquel día, La foto de papá, La bendita prueba, La mamá de Camilo, El lago, El viejo, Samantha, Mi deseo encubierto y En una habitación de la casa vieja), la palabra recibe el tratamiento que se merece: ha sido sabiamente escogida para adentrarse en las mentes y en las situaciones de los personajes que llevan al lector a comprender el porqué del título del libro, Lo que queda en pie, cobra vida en cada final, en cada diálogo y en cada absurdo de las vidas que experimentan sus creaciones. Además, como se puede apreciar con los cuentos, la mayoría de los títulos apuntan directamente a los protagonistas de las historias o a rasgos de estos, hecho que no pasa desapercibido, porque, entre líneas y teniendo en cuenta su formación académica como docente de literatura y Magíster en Filosofía, es evidente que las letras griegas, las tragedias y comedias, podrían ser referentes fuertes de los que bebió el autor. En uno de sus relatos, un personaje señala que “Me enfrenté al verdadero vacío: la vida sin matices. La noche eterna, sin luna y sin estrellas”. Después de la tormenta que se anuncia y que se presenta, de disímiles maneras, en cada uno de los relatos, solo permanece lo que queda en pie. Esto y nada más. De forma implacable, la existencia de cada uno de los mundos retratados es un abismo y procesos de depuración de lo inefable.
En uno de los epígrafes de un relato, se anuncia el vaticinio: “Que digan si hay un solo instante en la vida que no sea triste, enojoso, desagradable, insípido, insoportable, si no interviene el placer, es decir, la locura”. En estas palabras de Erasmo de Rótterdam, el lector podrá dimensionar el porqué de muchas de las acciones aquí retratadas: la monotonía de un matrimonio de más de cuarenta años, el olvido entre familiares, la violencia intrafamiliar, la proyección de la vida adulta y sus habituales sinsabores, la negación ante lo inevitable de la vida, los lazos familiares y sus cargas, la nostalgia ante las ausencias, los placeres y sus variadas máscaras, el implacable destino, las constantes metamorfosis, la senectud, la pasión llamada amor, los compromisos maritales y las diferentes lecturas de la realidad ante el paso del tiempo, entre otros aspectos. Todos ellos son la materia prima de esta obra, que invita, como debe ser, a la reflexión, a repensar cuál es el sentido de aceptar el llamado de la vida e insistir en él.
Lo que queda en pie, de David Fernando Torres Lizarazo, de Ediciones Corazón de Mango, proyecto editorial de la maestra Beatriz Vanegas Athías, es una joya que merece ser leída, por la pulcritud de la edición y, en especial, por el poder seductor del autor, quien, con la madurez que dan las lecturas y los procesos de escritura, da vida a una serie de relatos, tan cercanos como el acto de vivir en un país sin memoria, avivado por las pasiones.












