Venezuela. Auge y caída de la democracia (1958-1998) reúne a 14 especialistas de cuatro países para rastrear las grietas políticas, sociales y económicas que derrumbaron uno de los sistemas democráticos más admirados de América Latina. El historiador venezolano Froilán Ramos Rodríguez explica por qué sus lecciones siguen vigentes.

Publicado por: Redacción Cultural
Durante décadas, Venezuela fue vista como una excepción en una América Latina atravesada por dictaduras, golpes de Estado y quiebres institucionales. Tenía elecciones competitivas, partidos políticos fuertes y una economía sostenida por el petróleo. Su democracia llegó a convertirse en referente para las transiciones de España, en los años setenta, y de Chile, durante la década siguiente. Después, el modelo comenzó a resquebrajarse.
La historia de aquella promesa había comenzado el 23 de enero de 1958, cuando una rebelión civil y militar puso fin a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Meses después, Acción Democrática, Copei y Unión Republicana Democrática firmaron el Pacto de Puntofijo: un acuerdo para respetar los resultados electorales, compartir responsabilidades de gobierno y evitar que el país regresara al autoritarismo militar.
El pacto funcionó durante años como un andamio. Sostuvo la alternancia civil y les dio estabilidad a instituciones todavía jóvenes. También terminó, con el tiempo, concentrando la representación política alrededor de dos grandes partidos (Acción Democrática y Copei), alimentados por una extensa red de empleos públicos, contratos, favores y recursos provenientes del petróleo. Lo que había nacido como un mecanismo para proteger la democracia fue volviéndose un sistema rígido, cada vez más distante de quienes no encontraban lugar en él. Una investigación publicada por Latin American Research Review reconstruye ese desgaste y la pérdida de legitimidad del modelo.
Luego llegó la bonanza. En los años setenta, el aumento internacional del precio del crudo multiplicó los ingresos del Estado. En 1976 fue nacionalizada la industria petrolera y nació Petróleos de Venezuela, PDVSA. Las rentas financiaron carreteras, edificios, universidades, programas sociales y becas para estudiar en el exterior. Caracas levantaba torres y autopistas mientras el bolívar conservaba fama de moneda fuerte.
A esa época se le llamó la “Venezuela saudita”. También fue el país del “ta’ barato, dame dos”, una expresión asociada a los viajes de compras a Miami y a una prosperidad que parecía inagotable. Venezuela recibía migrantes latinoamericanos y europeos que escapaban de dictaduras, guerras o precariedades. Mientras parte del continente expulsaba a su población, aquel país petrolero parecía ofrecer trabajo, estabilidad y futuro.
Pero detrás de las postales de modernización seguían creciendo la dependencia del petróleo, la deuda, el clientelismo y la desigualdad. El Estado podía repartir los ingresos de la bonanza, pero no había logrado construir una economía capaz de sostenerse cuando el precio del crudo dejara de acompañarlo.
En 1983, Caracas estrenaba su Metro, una de las grandes obras de modernización urbana del país. Pocas semanas después, el 18 de febrero, el bolívar sufrió una fuerte devaluación. El día pasó a la memoria venezolana como el Viernes Negro. La moneda que durante décadas había simbolizado estabilidad perdió valor y, con ella, comenzó a desvanecerse la imagen de un país al que el petróleo parecía haber protegido de cualquier caída. El episodio es recordado como el final de la llamada “Venezuela saudita”.
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Seis años después, las grietas salieron a la calle. El 27 de febrero de 1989, el aumento del transporte y las medidas económicas adoptadas por el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez detonaron protestas, saqueos y disturbios que comenzaron en Guarenas y se extendieron por Caracas y otras ciudades. La respuesta militar dejó cientos de muertos. El episodio, conocido como el Caracazo, hizo visible la distancia entre la democracia de los discursos oficiales y la vida cotidiana de los sectores populares. La historiadora Margarita López Maya lo estudia como una expresión de la debilidad institucional venezolana.
En 1992 ocurrieron dos intentos de golpe de Estado. El primero fue encabezado por el entonces teniente coronel Hugo Chávez, quien, tras fracasar, apareció brevemente en televisión para pedir la rendición de sus compañeros y asumir la responsabilidad “por ahora”. La frase convirtió a un militar hasta entonces desconocido para buena parte del país en una figura nacional.
Después vinieron la destitución de Carlos Andrés Pérez en 1993, la crisis bancaria de 1994 y un nuevo descenso de los precios del petróleo. El desempleo, la informalidad y el desencanto crecieron al mismo tiempo que se debilitaban Acción Democrática y Copei. En 1998, Hugo Chávez ganó las elecciones con la promesa de terminar con el sistema político que había gobernado a Venezuela durante cuatro décadas.
¿Cómo una democracia que parecía estable terminó convertida en una de las crisis políticas más profundas del continente? Esa pregunta recorre Venezuela. Auge y caída de la democracia (1958-1998), un libro editado por los historiadores Cristián Garay Vera, Froilán Ramos Rodríguez y José Alberto Olivar.
La obra fue publicada este año por el Centro de Estudios Bicentenario, en Chile. Tiene 280 páginas y reúne, a lo largo de once capítulos, las investigaciones de 14 especialistas procedentes de Chile, Venezuela, Colombia e Italia. Su primera edición fue publicada el 28 de febrero de 2026 y tiene el ISBN 978-956-9997-60-0, según el registro de la Agencia Chilena ISBN.
“El libro nació hace ya varios años, desde 2019, en torno a preguntarse por la experiencia de la democracia en Venezuela durante la segunda mitad del siglo XX”, contó Froilán Ramos Rodríguez, uno de sus editores y académico de la Universidad Católica de la Santísima Concepción, UCSC.
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Ramos nació en Barquisimeto, Venezuela, en 1985. Estudió y enseñó en su país antes de continuar su trayectoria académica en Chile. Está especializado en historia contemporánea de América Latina, Guerra Fría, relaciones civiles y militares y estudios migratorios. Es doctor en Historia por la Universidad de los Andes de Chile y actualmente dirige el Departamento de Historia y Geografía de la UCSC, además de coordinar el Observatorio de Estudios de la Sociedad. Su recorrido entre ambos países atraviesa también su manera de mirar la historia: Venezuela no aparece como una isla, sino como parte de los movimientos, tensiones y heridas compartidas por el continente.
La publicación no busca explicar el derrumbe venezolano desde una sola causa ni resolverlo con la comodidad de una fecha. En sus páginas conversan historiadores, cientistas políticos y especialistas en relaciones internacionales, economía, comunicaciones, ingeniería, arquitectura y relaciones civiles y militares. Cada disciplina se acerca a una parte de la fractura: los pactos que sostuvieron el sistema, las ciudades levantadas durante la bonanza, los medios que contaron el país, la relación entre civiles y uniformados, la política exterior y una economía que terminó dependiendo demasiado de un solo recurso.
“Ese es uno de los grandes aportes del libro: dialogan historiadores, cientistas políticos, especialistas en relaciones internacionales, en relaciones civiles y militares, en historia de la arquitectura, de la ingeniería, de la economía y de las comunicaciones. Por eso ofrece un abanico de perspectivas para abordar el tema”, explicó Ramos.
El volumen estudia las cuatro décadas transcurridas entre el restablecimiento de la democracia venezolana, en 1958, y la crisis del sistema político que precedió la llegada de Hugo Chávez al poder. Examina los acuerdos que sostuvieron el modelo, el papel de la renta petrolera, sus logros institucionales y las tensiones políticas y sociales que fueron erosionándolo.
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No se trata únicamente de contar cómo cayó una democracia, sino de preguntarse qué contenía desde el principio. Cuáles voces permanecieron por fuera de sus pactos. Qué desigualdades quedaron escondidas bajo las grandes obras. Por qué la riqueza no se convirtió necesariamente en instituciones más sólidas y en qué momento los partidos dejaron de representar a una parte importante de la sociedad.
Entre los autores se encuentran David Ruiz Chataing, José Betancourt, Daniela Vignati, Gustavo Salcedo, Alejandro Cáceres, Lorena Puerta, Alfredo Rodríguez, Luis Buttó y Luis Marcano. También participan los investigadores colombianos Francesca Ramos Pismataro y Ronal F. Rodríguez, del Observatorio de Venezuela de la Universidad del Rosario.
Ambos se encargaron de analizar la política exterior venezolana entre 1958 y 1998. Para Froilán Ramos, que académicos colombianos e italianos observen el proceso permite sacar la historia de sus fronteras y mirarla desde otros lugares. Francesca Ramos dirige actualmente el Observatorio de Venezuela, mientras que Ronal Rodríguez es profesor, investigador y coordinador de proyectos sobre movilidad humana en esa institución.
La participación colombiana tiene un peso particular. Durante años, las relaciones entre los dos países estuvieron marcadas por una extensa frontera, el comercio, las tensiones diplomáticas y una movilidad humana que antes avanzaba con fuerza hacia Venezuela. En las últimas décadas, esa dirección se invirtió. Las carreteras y los puentes que alguna vez recibieron a colombianos comenzaron a ser transitados por millones de venezolanos que buscaban refugio, trabajo o una nueva vida.
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Más que una autopsia del pasado, el libro plantea una advertencia para el presente latinoamericano: votar cada cierto número de años no basta para mantener viva una democracia. Tampoco la riqueza de un país garantiza instituciones sólidas ni una sociedad más igualitaria.
“La democracia no puede sustentarse solo en elecciones periódicas o en un rico petroestado sudamericano. Lejos de eso, es una práctica continua que debe cultivarse institucionalmente y ciudadanamente como conjunto de la sociedad”, sostuvo el historiador.
La discusión adquiere otro peso en 2026. La Agencia de la ONU para los Refugiados calcula que cerca de 7,9 millones de refugiados y migrantes venezolanos se encuentran fuera de su país. En Colombia, la estimación oficial llegó a 2.841.048 personas de nacionalidad venezolana en enero de este año, según Migración Colombia. Acnur describe este desplazamiento como una de las mayores crisis de movilidad humana del mundo.
Para Ramos, ese éxodo y los desafíos de una eventual reconstrucción institucional hacen que la revisión del periodo democrático venezolano sea algo más que un ejercicio académico. La experiencia funciona como un espejo para una región en la que las instituciones siguen enfrentando liderazgos mesiánicos, polarización, desigualdad y desconfianza ciudadana.
“La democracia no es un fin zanjado o concluido. Por el contrario, es un camino: son continuos y permanentes su construcción, su cuidado y su atención”, afirmó.
El libro regresa entonces a los años en que Venezuela parecía una democracia segura: al pacto firmado para contener otra dictadura, a las torres levantadas con el petróleo, al bolívar que parecía invencible y al Metro que avanzaba bajo una ciudad donde ya comenzaban a acumularse el malestar y la desigualdad.
Regresa para preguntar en qué momento ese país comenzó a dejar de reconocerse en la historia que había contado sobre sí mismo. Pero la pregunta no se queda allí. Cruza las fronteras venezolanas y alcanza al resto del continente: ¿qué necesita una sociedad para que su democracia no sea apenas una promesa sostenida por elecciones, bonanzas y petróleo?














