El cantante vallenato recordó entre risas el día en que su fanatismo por Diomedes lo llevó a la cárcel, en una anécdota que revive su juventud rebelde y la profunda admiración que siente por el “Cacique de La Junta”.

Publicado por: Redacción Tendencias
Después de tres noches históricas en el Parque de la Leyenda Vallenata, donde más de 40.000 fanáticos vibraron con El Último Baile, Silvestre Dangond se quitó el traje de estrella y se puso el de muchacho soñador. En medio de una visita a su natal Urumita junto a sus hijos, compartió una anécdota que mezcla devoción, locura juvenil… y una noche tras las rejas por “culpa” de Diomedes Díaz.
Sí, el mismo Silvestre que hoy llena estadios, fue alguna vez un adolescente testarudo y sin un peso, dispuesto a todo por ver de cerca a su ídolo vallenato. Y así lo contó, con la espontaneidad que lo caracteriza, mientras recorría su pueblo y recordaba una de las aventuras que más lo marcaron.
“Nos fuimos para el lanzamiento de Mi Biografía, el disco de Diomedes con Iván Zuleta, sin plata, sin papeles y sin cabeza”, comenzó contando entre risas. El protagonista de esta travesura adolescente fue él mismo junto a su inseparable amigo “Cachiche”, con quien decidió emprender el viaje de Urumita a Valledupar a bordo de un carro con placas venezolanas… y sin documentación en regla.
“Yo dije: ‘algo resolvemos’. Pero lo peor no fue eso. El carro era venezolano y no tenía papeles. ¡Qué locura!”, relató el artista mientras sus hijos lo escuchaban entre divertidos y sorprendidos.
El plan era esperar la caravana de Diomedes Díaz, un evento que en esa época movía multitudes, como un carnaval espontáneo de música y devoción. Pero lo que no esperaban era que terminarían detenidos por la policía.
“Nos cogieron presos y nos mandaron pa’ la Policía”
Las autoridades los interceptaron y, sin mediar mucho, los enviaron a la estación. “Cuando la caravana pasó por el frente de la policía, buscamos cómo mirar. Yo estaba con Cachiche, los dos presos, y vimos pasar a Diomedes. Imagínate eso”, narró.
Lejos de lamentarse, Silvestre lo cuenta con una mezcla de humor, nostalgia y orgullo. Porque para él, esa locura no fue más que otra muestra del amor profundo que sentía (y sigue sintiendo) por Diomedes Díaz, el “Cacique de La Junta”, figura central en su formación musical y emocional.
Tras el episodio, lograron regresar a Urumita, tal vez con el orgullo herido, pero con la anécdota de sus vidas tatuada en la memoria. Una de esas historias que no se cuentan en los escenarios, pero que explican por qué Silvestre es el artista cercano, humano y auténtico que hoy encabeza el vallenato contemporáneo.
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El recuerdo llegó justo después de que Dangond protagonizara uno de los espectáculos más ambiciosos del género vallenato. Tres noches consecutivas de conciertos con boletería agotada en Valledupar, donde presentó El Último Baile junto al acordeonero Juancho de la Espriella, confirmaron su lugar como uno de los íconos más grandes del vallenato moderno.
El escenario fue una obra de ingeniería: 40 metros de ancho, 84 cabinas de audio, pantallas mesh, 500 luces inteligentes, láseres, fuegos artificiales y hasta vuelos acrobáticos sobre el público durante temas como Volvamos a Ser Novios. Todo esto, mientras el color rojo —emblema de su fanaticada— inundaba el parque como una marea vibrante.
Y sin embargo, entre tanto despliegue técnico y ovaciones masivas, Silvestre eligió contar una historia sencilla. La de aquel pelado sin plata que se fue a buscar a Diomedes y terminó tras las rejas… pero más enamorado que nunca de su música.














