Quienes han ido a la zona de Mayapo, cerca de Manaure, en La Guajira, aseguran que el hotel emprende una larga carrera de proyección hacia el turismo, vinculando de alguna manera a la gente de su entorno indígena en la operación. Algunos de los nativos empleados dicen que ha sido una ‘bendición’ frente al olvido estatal.

Un aguacero de esos que solo caen en el Caribe, intentó cerrar las grietas que el sol inclemente abrió en las tierras cóncavas que, despernancadas, esperaban ansiosas cualquier chubasco para calmar la sed y guardar un poco para las cabras y los chivos que balaban por todos lados.
Los animales también estuvieron sofocados, por eso les arrancaban las púas a los cactus en desesperados intentos por humedecer sus paladares, a casi 700 kilómetros de Bucaramanga.
Los jagüeyes parecían aliviados, como los cangrejos que, con la tierra reblandecida sobre sus caparazones, salían de los estanques a mofarse del astro rey que, horas después del chubasco, seguía implacable.

La temperatura tenía bullendo los termómetros, bordeando la línea de los 40 grados, mientras la brisa trataba de calmar el bochorno y en los bordes de los estanques comenzaba a marcarse un polvo granulado.
Olía a sal, a amoníaco, a mar. Las dunas, con su verde intenso, les servían de camuflaje a las iguanas que corrían a saltitos, haciendo zigzag con el espinazo, en busca de un trupillo o un cañahuate donde guarecerse. Algunas trepaban a las palmas secas de los ranchos, para meterse entre las cerchas y la paja que cubre los techos de los bohíos. Ahí permanecían por horas, hasta que el sol se dejaba caer en el horizonte con un rojo intenso, amenazando con volver, mientras el mar estaba a punto de dormir casi febril.

Ah, pero ese ‘infierno que exprimía las glándulas sudoríparas, no detenía la ola de turistas que llegaba en caravanas, embutida en docenas de buses cuyos aires acondicionados parecían desfallecer por la ruta que lleva a Mayapo, rumbo a Manaure, la tierra de los montículos de sal, para relajarse en el exótico y desafiante hotel Wayira Beach que, durante siete años, ha tratado de establecer un punto de equilibrio entre la civilización y la indómita cultura indígena.
Algunos aún se resisten a aceptar que los foráneos metan sus blanquecinos traseros en las playas que por siglos han defendido, ayudados con las calderas celestiales que cuecen las plantas de los pies de los visitantes que osan viajar hasta La Guajira. Otros arijunas, más ‘sabios’, comienzan a ver en esas expediciones la posibilidad de comercializar sus mochilas, chinchorros, pulseras y collares hechos con conchitas marinas. ‘Son cachacos’, dicen sin distingo entre montañeros, pastusos o caleños.
Aquel paisaje en la mitad del desierto, entre cactus y espinas, se vuelve fascinante, como las rancherías que hace apenas un par de semanas lucen los paneles que irrumpieron en su paisaje de barro, bahareque y techos de paja, para con su energía iluminar años de atraso, pobreza y olvido.
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Vaya ironía en la provincia del carbón, donde unas 11 mil personas vinculadas al Cerrejón -citando su balance anterior- ayudaron a que la mina aportara $105.000 millones en inversión social; $395.000 millones en inversión ambiental y generara $10.6 billones en impuestos y regalías por las casi 25 millones de toneladas que le extrajeron del alma. Antes de que el gobierno ordenara no enviarle más a Israel.
Aún así, poco se nota ese océano de dólares, que termina devorado por centenares de rémoras y tiburones de la política que ‘nadan’ con el negocio del mineral.
Entre el caos de la entristecida urbe bordeada por el mar de tono ocre que se funde con el río Ranchería, por donde alguna vez anclaron las embarcaciones del Almirante Padilla y entraron las cajas de cigarrillo que le merecieron el apodo al “hombre Marlboro” que llegó al Congreso, no hay un ápice de riqueza.

La otra mina en La Guajira
El impacto del turismo semeja un oasis de vida para una nueva generación Wayúu, como el arijuna José Epiayú de apenas 26 años, quien con un español mesurado trata de mantenerse en sintonía con los recién llegados, repartiendo la carta del menú corriente que ofrece aquel hospedaje con matices autóctonos.
“Soy nativo y sé que hay jóvenes que quisieran perpetuar la cultura con actitudes bravías, pero esta empresa ha traído bienestar a los nuestros… “.

De eso tienen certeza él, las matronas que se mecen bajo las trojas a playa abierta esperando clientes para venderles sus talegos semejantes a los arcoíris que adornan su cultura, lo saben decenas de canes criollos que llegan de manera sincronizada cuando los comensales devoran cada golpe, bajan las aves que ya no se espantan con los humanos y picotean cada migaja que cae a tierra; lo sabe una burra vieja y famélica que asoma el mascadero por encima de la cerca de varas secas que limita su contacto con los visitantes, para recibir un pedazo de pan, papaya o de la ensalada que le da tonos al bufé que dejan los hastiados visitantes; lo saben muchas de las ‘chinitas’ que sirven los banquetes cuando afirman: “ha sido una bendición”.
Las excursiones que ahora parecieran descubrir fascinación en los rostros de las indígenas, son un aliciente para las penas de nuestros hermanos nativos, asolados por la sed y el ostracismo de un país que hasta ahora parecería saber de aquel mar cristalino y tibio.
Hasta los perros de las rancherías parecen recuperar peso, porque una veintena de avisos dispersos por entre los bohíos invita a cuidarlos. Las valijas de la Colombia que anda en búsqueda de playas sin “¡la gafa, la gafa, la gafa!” de las ópticas de icopor; sin gente que ofrezca masajes con aceite de coco, sin nadie que haga trenzas, atraen incluso a los perros que cruzan el desierto para alimentarse y regresar gordos a sus rancherías, hasta que comienzan a bajar de peso -otra vez-, porque allá en sus chozas hay poco qué comer…

















