Hace siete años, el país se conmocionó con la desaparición y posterior asesinato de una exagente de Policía, quien llegó a Bucaramanga atraída por un hombre que la enamoró en Santiago de Chile hacia donde aquel -también expolicía- había viajado en busca de nuevos horizontes; pero creyó que había hallado la fortuna en el dinero de ella.

En la mente de aquel expolicía, Juan Guillermo Valderrama Amézquita, la avaricia y la estupidez no solo coexistían: se abrazaban en una danza macabra, lenta y fatal. La vida de uniforme había quedado atrás, despojada de cualquier vestigio de honor, reemplazada por la obsesión burda del dinero fácil.
En su imaginario simplista, quizá se tejió la ilusión de burlar a las autoridades, confiando ciegamente en la experiencia que el servicio le había dejado como único legado. Se creyó lo suficientemente “abeja”, capaz de asesinar y borrar las huellas, como si la justicia no fuera más que un tablero de ajedrez dispuesto para su astucia.
En lo más profundo de su ser debió habitar la burla: la certeza arrogante de poder desviar cualquier sospecha, incluso si con ello cruzaba la línea que alguna vez juró defender.
Ni siquiera Agatha Christie, arquitecta suprema del misterio, se atrevió a tanto en sus tramas. Ni ella, que con su pluma dio vida al meticuloso Hércules Poirot —resolutor incansable de crímenes—, logró imaginar una historia tan torcida.
Aquellos asesinatos de papel, que durante décadas cautivaron al mundo, palidecen frente a la crudeza de una realidad que, en la mente de Valderrama, se reducía a una lógica maniquea y brutal.

En busca de su ‘presa’
Valderrama Amézquita partió rumbo a Santiago de Chile, seducido por la promesa de una prosperidad esquiva en el país más acomodado de Suramérica.
Meses después, el 5 de marzo de 2019, regresó acompañado de Ilse Amory Ojeda, también exagente de la Policía, a quien deslumbró con los paisajes de Curití.
Pero aquella promesa de belleza no fue más que el preludio de un descenso abrupto: un aterrizaje forzoso hacia la estrechez de su realidad en el barrio Cristal Bajo de Bucaramanga.
Publicidad
Durante esos días, a través de WhatsApp, Ilse mantuvo a la familia de Ojeda informada, relatando cada paso en la llamada ‘Ciudad Bonita’. Sin embargo, el 29 de marzo, apenas 24 días después de su llegada a la meseta, el silencio se hizo absoluto con los suyos. En la lejana tierra de los Mapuches, nadie volvió a saber de ella.
Cadena de ‘errores’
Comenzaban a quedar por ahí los rastros, las sombras, una frase que emergió como un eco final desde la memoria de un celular: “es un malvado, solo va detrás de mi dinero”. Tal vez fue ese el instante en que Ilse comprendió su destino.
Aún después de casi siete años no hay precisión si eso lo grabó con la certeza de que jamás habría retorno por ese camino donde la llevaban. Si fue en el barrio Terrazas en la casa donde la mantuvo, si fue después de atarla, si fue antes de que se revelara el homicida avaro que descubrió en él, a 4.500 kilómetros de su hogar.

La voz de Amory se desvaneció, no se volvió a escuchar. Ahora solo hablaba un supuesto hombre roto por la ausencia de quien decía amar; extrañaba, pedía ayuda para ‘hallar’ en su teatro de angustia porque en el escenario mental ella era difunta.
El histrionismo de Valderrama alcanzó niveles inquietantes. Su actuación fue tan convincente que incluso el general Manuel Antonio Vásquez Prada -entonces comandante de la Policía Metropolitana de Bucaramanga- le abrió las puertas de la confianza institucional, conmovido por el llanto impostado de un sociópata que, ante cámaras, suplicaba por la libertad de quien ya había arrebatado de su vida.
Un golpe certero en la base del cráneo bastó para consumar el crimen. ¿Dónde, en qué sitio; cómo la empacó en el carro, en qué momento la trasladó al paraje donde se deshizo de ella. El cuerpo fue arrojado en una pendiente hacia la vía a Rionegro, como si la geografía pudiera esconder lo que la conciencia ocultaba.
Sostuvo la mentira durante casi un mes. Pero las contradicciones, los errores quizá consciente que dejaba hilos sueltos, comenzaron a resquebrajar su relato.
Publicidad
El libreto incluyó la ayuda de un ciudadano escogido al azar para que le comprara combustible porque debía incinerar una res desnucada.
Con ese rosario de mentiras implosionó la indignación de un espectador que, al reconocerse engañado cuando vio la desgarradora entrevista falaz de Valderrama, decidió hablar. Aquel testigo -un vecino del sector de Café Madrid, norte de Bucaramanga- reveló que el mismo hombre de lágrimas públicas que suplicaba en los noticieros de televisión por la libertad de Ilse, le había pedido ayuda hacía poco, para quemar lo que describió como una vaca herida en un recodo rumbo a El Playón.
El ciudadano llamó y, a través de la línea dispuesta por el general Vásquez Prada, contó los detalles, aquel desconocido le ‘vaca’ muerta estaba en Costa. El delator ciudadano manifestó que lo asistió en la consecución de gasolina para incinerar supuesto animal.
Cuando la Policía llegó hallaron un cadáver maltrecho. Fue cuestión de semanas que las autoridades identificaran los restos, una prótesis oplatino, una prenda en Chile.
Publicidad
No era una res. Era el cuerpo de Ilse, abandonado en hondonada, consumido por el fuego y la mentira. La pirámide de lisonjas se derrumbó. La ciudad se manifestó traicionada, asaltada en su buena fe, ridiculizada. Aflicción.
Era él, lisonjero, mentiroso, impostor. ¡Era el amante asesino!
Consulta con el asesino
Para el doctor en Psicología, Richard Larrota, hay crímenes que no se limitan a la violencia: revelan, como una grieta en la superficie, algo más perturbador.

No basta con herir; hay en ellos una necesidad más oscura, casi íntima: la de dominar, la de erigirse por encima de los otros, la de comprobar que las voluntades ajenas pueden torcerse como ramas secas.
Publicidad
“En esta conversación imaginada, el asesino avanza a tientas por los vestigios que dejó el feminicidio: huellas invisibles donde se entrelazan el ego, la frustración, la manipulación… y ese instante fatal en el que la rabia deja de ser contenida y se convierte en destino.
“La estrategia que se rompió. Hay una pregunta que insiste, como un eco obstinado. ¿La quemó él… o delegó el fuego en otras manos?
“Hay algo extraño —casi impropio— en esa fisura del plan. Quien cree controlar cada variable no suele permitir la irrupción de terceros. El crimen, cuando es calculado, busca cerrarse sobre sí mismo, sin cabos sueltos. Y sin embargo, abrió una grieta.
“Me pregunto si fue el ego el que lo empujó a ese riesgo. La tentación de probarse: de medir hasta dónde llegaba su capacidad de persuadir, de manipular, de convertir a otros en piezas dóciles dentro de su propia representación. Porque tal vez eso fue todo esto: un espectáculo”.
Pero el profesional va más allá, y cuestiona un escenario donde aquel necesitaba demostrar algo. “Que era capaz. Que podía ejecutar un plan. Que podía salir indemne, como si el mundo entero no fuera más que un tablero dispuesto para tu juego.
¿Qué esconde?
“Si eso fuera cierto, surge otra pregunta, más honda, más incómoda. ¿Por qué buscar su fragilidad? ¿Por qué ella? ¿Por qué acercarse, conquistar, construir un vínculo… solo para convertirlo en sentencia?
“Hay un cinismo que desarma. Una crueldad que no admite matices. En esa crueldad se insinúa algo evidente: ausencia casi absoluta de empatía. Un vacío donde debería habitar la capacidad de reconocer el dolor ajeno. Podría hablarse de rasgos psicopáticos, de narcisismo, de patrones antisociales… pero su caso no parece encajar del todo en ninguna etiqueta cerrada.
“Hay algo más inquietante. Una incapacidad profunda para sintonizar con el otro. Como si el sufrimiento, incluso cuando lo tienes delante, no fuera más que un ruido distante”.
“Eso me lleva a pensarte como alguien indolente. Alguien para quien la culpa no existe, o ha sido silenciada hasta volverse irreconocible. Quizá fue otra cosa: la escena, las cámaras, la atención. Tal vez la exposición encendió en ti una teatralidad latente, un impulso casi histriónico que encontró en la tragedia su mejor escenario”.
“Podría llamarle psicópata. La frialdad con la que habló ante los medios, fingiendo preocupación mientras ya conocías el desenlace, invita a hacerlo”.
Escuchó su dolor. Se mantuvo cerca de su angustia.
Y mientras tanto, en algún rincón de su mente, el crimen seguía repitiéndose en silencio.
Surgen otras preguntas, necesarias para quebrar la superficie de su ego: ¿Se cree especial? ¿En qué se sostienen realmente tus logros?
Esta conversación no ha terminado...
















