Óscar Rosas Ramírez llegó a la cima con sus recetas y sus preparaciones de comida mediterránea, pero ese mismo universo de fama, fantasías y falacias lo lanzó en caída libre a lo más bajo en esa zona llamada ‘El Bronx’ en Bogotá. La fe lo tiene hoy hablando de superación.

“Tenía la mirada humana del animal domesticado”. Esa fue, quizá, la razón para matarla. El fin. Porque Jazmín lo miraba con devoción: lo contemplaba con los ojos de la mascota que espera una galleta, los de la gallina a la que la familia termina poniéndole nombre —Carlota— y que el día del sancocho nadie se atreve a degollar. La del marrano bautizado Porky, que en diciembre deja de ser carne para convertirse en culpa.
Pero ella no tuvo esa suerte. Fue débil, hasta le parió un hijo. Y lo miró siempre con ojos de mujer enamorada, con esa fidelidad absurda de quien cree pertenecer a un hogar. Esa mirada —humana, impropia— la condenó.
Entonces recibió un golpe: seco, brutal, en el entrecejo. El cuerpo cayó. Él la arrastró del pelo por el suelo como quien conduce un bulto de mercado hasta la cocina. Allí donde ya no hay nombres, ni ojos, ni historias. Allí donde Jazmín dejó de ser Jazmín para convertirse en lomo fino, en carne roja dispuesta para el asador.
Esa escena pertenece a una de las páginas más perturbadoras que la escritora argentina Agustina Bazterrica, relatada en su novela “Cadáver exquisito”, imaginando una sociedad donde la escasez de animales empuja a los humanos a criar congéneres como ganado, para comer.
Pero a veces la literatura no inventa: apenas se adelanta. Porque esa distopía, que en el libro se sirve con protocolos sanitarios y vocabulario industrial, parece saltar de las páginas a la realidad más cruda.
Asquerosa y estremecedora. Realidad que tiene como escenario macabro los socavones del antiguo ‘Bronx’, en el corazón oscuro de Bogotá en los albores del 2000 2001, donde un chef bumangués fue obligado no solo a preparar el corte dorsal de un ser humano, sino también a probarlo.

En ese entorno -como el purgatorio- también tuvo a manteles decenas de seres servidos como vianda sórdida para caníbales de todas las pelambres, atraídos por el delirante placer de devorar prójimos destajados en un menú macabro, mefistofélico, hilarante, por el que pagaban cifras exorbitantes.
“Iba gente de todas partes, europeos, foráneos de otras latitudes en busca de ese menú diabólico, descabellado, porque en esas calles todos los días había sacrificios, a diario dos o tres personas perdían la vida y esa carne no se desaprovechaba, entraba a formar parte de una carta por el que pagaban lo inimaginable…”.
Publicidad
Hipocresía social de elite, personajes que se deleitaban con las partes más “exóticas” de aquellos despojos que nadie reclamaría o extrañaría jamás, demostrando que la crueldad a menudo se convierte en un símbolo de estatus y refinamiento.

Eso movía a esos buitres humanos que parecían descendientes de Idi Amin Dada, el “carnicero de Uganda”, a quien Oriana Fallaci recordó en alguna de sus entrevistas con la historia, como el mercader de la crueldad que pedía como estofado el hígado de sus adversarios.
La ficción deja de serlo. Se vuelve espejo. En este absurdo literario —viscoso, asqueante— los sapiens deciden resolver la escasez de animales criando seres de nuestra especie para el matadero. Los llamaban “cabezas”. Tal cual. No tienen nombre en esa ficción, ni historia, ni parentesco posible: eran carne, igual que en ese averno rolo donde Óscar Rosas Ramírez cada vez se hundía más, y más y más…. Despojos de esa caldera, de aquel báratro tan cercana al Palacio de Nariño.
En esa burbuja perversa donde todo, incluso el cuerpo humano, tenía un precio y podía ser procesado, empaquetado, vendido devorado, permanecía Rosas. Cayó como piedra en pozo hasta el fondo, imparable, sin salvavidas, absorto por un vicio adquirido en la galaxia de las galaxias humanas del mal llamado jet set hasta donde alcanzó a llegar a base de recetas, sazón y buena mano gastronómica.

Pero la adicción lo lanzó de bruces al precipicio. Antes de esa conversación, hubo una oración, quizá como un método de hacer catarsis frente a tantas cosas que de seguro Óscar no ha olvidado, que lo persiguen.
“Dios te salve María, llena eres de gracias, el Señor es contigo…”
No se santiguó, simplemente hizo la enunciación sacral como quien ejecuta un movimiento de calistenia para sentir que el aura santa lo rodea, que le espanta los susurros que le llegan indefenso, sin la palabra.
Publicidad
“Se me aparecen, me hablan, llegan de las sombras siempre; estamos rodeados, la maldad está ahí…”
“Yo era un comprador de heroína y bazuco cuando venía de Europa o de Estados Unidos, iba, compraba… era lo exótico que los europeos y los norteamericanos encuentran sobre Colombia o la maledicencia que hay en torno al país de que es muy fácil conseguir lo que uno quiera”.
“…Bendita tú eres entre todas las mujeres”
Lo corrompió el mundo, la fama, el creer que el dinero compraba cualquier cosa.
Publicidad

“Llegué de Nueva York con una adicción de heroína tremenda. Me costaba 410 dólares el gramo, no un dólar. Volví lleno de mentiras a Colombia. Me preguntaban si había hecho dinero. Nunca hice dinero para ahorrar. No, lo hice para consumir; eran 410 dólares cada dos días. Traté de tener una imagen sin dinero; me di cuenta que en Colombia sin dinero no se puede vivir”.
Cayó sin contención. “En esa época estaba el nombre de la familia, los apellidos y la gente comía carreta, entonces me prestaban plata y yo venía con algunas conexiones de cocina, de traquetos, de narcos en Miami, en Nueva York. En ese punto no hay retorno, porque es una adicción muy fuerte”.
Asombra ahora la conciencia, la mirada retrospectiva de lo mísera que fue esa etapa. Habría de andar un camino de espinas.
“¿Cuánto tiempo duró el consumo de heroína? ¡Me duró 17 años! Fue gracias a la oración al lado de María que lo pude controlar, me concentraba”.
Publicidad
No fue así de fácil, lo peor estaba por venir. Allá en ese abismo de zombies donde permanecía, perdió dos carros, una moto, el dinero, la dignidad, peso, la fisonomía, la familia, los dientes…

“Ya no vivía en Nueva York cuando comencé a venir al ‘Cartucho’, empecé a viajar a Europa. En Roma, Italia, trabajé con un hotel que se llama Chilton Center. Tenía cartel, era muy buen chef. Fui de los primeros internacionales colombianos, ellos se enteraron”.
‘Ellos’, las sombras, los otros espectros encarnados en el nuevo círculo que habría de explotar su destreza cuando se ponía la badana, el Toque Blanche, la cofia… una nueva palabra -ajena a las recetas- llegó a su vocabulario para someterlo, conducirlo a los placeres malignos de la carne: Los Sayayines.
Aquella cofradía de perversidad lo invitó a involucrarse con su desempeño preparándoles algo especial.
Lo invitaron a un socavón y cuando quiso enterarse sintió la piel, el tacto le indicó que aquella no era animal, el olor, la textura, la porosidad. Calló. En alguna parte de su yo interior supo que dentro de esa bolsa que le habían entregado había retazos de algún un cristiano.
“…Y bendito es el fruto de tu vientre Jesús”.
Y en ese va y ven entre Europa y Colombia, husmeando en las calles por un expendio de heroína, llegó al barrio Santa Fe. La puerta de la perdición se expandió; empezó a perderlo todo.

Quedó atrapado en algún recoveco de vicio y a los seis meses emergió a la calles limpio. Viajó, volvió con una moto y en poco tiempo estaba otra vez solo con su recetario mental.
“Así empecé a negociar todo, hasta que quedé en la calle, en la acera. Ahí me recogieron unas travestis del barrio Santa Fe. Y empecé a cocinarles. Me pagaban con bazuco, me dejaban quedar en los hoteles, no dentro de las habitaciones, porque yo ya no tenía ni siquiera esa opción…”.
Fue una sórdida relación. Ya era muy adicto y aquellas ‘auxiliadoras’ vieron y probaron de los platos hechos por ‘su chef internacional’ , orgullosas de ese caché, de que les cocinara para las fiestas.
Durante un año de aquella acogida, la moral de Óscar fue derruida al punto de convertirse en un servil de los deseos más ruines de las trans. Incluso, le dieron como oficio sostenerle el miembro a un amputado que tenía una relación con aquellas, cada vez que miccionaba.
“En realidad no tenía brazos y andaba con tres vasitos; se paraba en todos los semáforos de la Caracas a pedir monedas, pero en realidad era para mirar qué se podían robar 20 gamines que permanecían a dos cuadras esperando carros objetivos y yo era el encargado de sacudirle el pipí a ese mocho”.
La autoestima más abajo que el piso.
Los Sayayines ya habían convertido los alrededores del Palacio Nariño en una cloaca. Y los conoció a todos; se había ganado ya su confianza.
Y llega la invitación. Les cocinaba a los ladrones, a los distribuidores, a las prostitutas, a los travestis, a todos, a todo el hampa; hacían comisariato, un mercado frugal para llevarle y escoger, aunque su especialidad era la comida Mediterránea.
“Me proponen que les haga una mesa, una decoración y que les cocine para una ceremonia; solo los duros. Eso fue todo lo que me dijeron, preparé una mesa que valía 32 millones de pesos hace 10 años.
“Aquello era como un sótano, como las alcantarillas, debajo de la tierra. Entré por un roto que habían hecho. Abajo me advirtieron que ni por el putas iba a salir de allí. Me dijeron: le damos marihuana, bazuco, lo que usted quiera, pero no sale y cocine eso que está ahí en esa bolsa.
Lo hizo, lo probó, pasaron por lo menos dos centenas más, enloquecía, quiso huir y no pudo, se cortó una arteria del cuello con un vidrio y por cosas del azar lo sacaron y lo dejaron en la calle... vive de milagro. Eso lo cambió.

















