Cientos de actores recrearon el juicio de Poncio Pilato y la crucifixión. El evento de Interés Turístico Nacional brilló bajo el cielo de Cantabria.

Publicado por: Redacción Vanguardia
La brisa fresca del Cantábrico no fue impedimento para que, una vez más, el tiempo se detuviera en las estrechas calles de esta localidad. Bajo un cielo que alternó nubes y claros, la atmósfera de recogimiento se apoderó del ambiente desde las primeras horas de la mañana. Quienes llegaron al amanecer lo hicieron con la paciencia de quien busca no solo un lugar privilegiado, sino un encuentro con la historia. En cada esquina, el murmullo de los visitantes se mezclaba con el rigor logístico de un despliegue de seguridad que garantizó el orden en una jornada de lleno absoluto.
El evento, que ya alcanza su edición número 42, no es solo una cita en el calendario litúrgico; es el latido de un pueblo que se transforma. Las túnicas, el metal de las armaduras romanas y el realismo de los escenarios improvisados convirtieron a la villa en una extensión de la antigua Jerusalén. La seriedad de los figurantes y la entrega de los cientos de voluntarios que integran la Asociación Cultural Pasión Viviente demostraron por qué esta celebración ostenta el título de Fiesta de Interés Turístico Nacional.

El realismo y la entrega marcan el camino al Calvario
La representación comenzó pasadas las 10:30 horas, bajo una temperatura que osciló entre los 10 y 13 grados, obligando a la multitud a permanecer abrigada mientras seguía de cerca el drama sacro. Uno de los momentos más impactantes de la jornada se vivió durante la escena del arrepentimiento de Judas. La crudeza de la actuación y el simbolismo del árbol del ahorcamiento lograron arrancar lágrimas no solo entre los asistentes, sino incluso entre los propios miembros del elenco, contagiados por la intensidad interpretativa de sus compañeros.
José Miguel Romaña, quien asumió el reto de personificar a Jesús, ofreció una actuación cargada de una calma mística que contrastaba con el fervor de su entorno. Desde la Oración en el Huerto de los Olivos hasta los intensos juicios ante el Senado Judío, Herodes y Poncio Pilato, Romaña mantuvo una tensión emocional que alcanzó su punto álgido en la explanada de la iglesia de Santa María. Allí, tras ser azotado y vapuleado, inició el ascenso hacia el Vía Crucis, cargando con el madero y el peso de una devoción colectiva.

Un legado generacional que trasciende lo religioso
El recorrido hacia la Atalaya, convertida para la ocasión en el monte Calvario, dejó estampas de profunda humanidad. Fue especialmente conmovedor el encuentro de Jesús con su madre, María, interpretada por Conchi Angulo, quien en la vida real es también la progenitora de Romaña. Este vínculo familiar aportó una capa de veracidad que traspasó la barrera de la actuación, haciendo que el dolor de la pérdida y el consuelo materno se sintieran palpables para el público.
“La participación en esta obra es una costumbre que pasa de padres a hijos, involucrando a familias enteras y asegurando que la esencia de Castro Urdiales no se pierda con el paso de las décadas.”
Finalmente, tras exhalar su último aliento y pronunciar sus palabras de encomienda al Padre, el drama dio paso a la esperanza. La escena de la resurrección, rodeada de un pueblo que estalló en júbilo, marcó el cierre de una jornada donde la fe y la cultura se fundieron en un solo abrazo.

Más de 600 personas trabajaron hombro a hombro para demostrar que, más allá del rito, la Pasión Viviente es la manifestación de una “gran familia” que mantiene viva la identidad de su tierra.
















