jueves 27 de septiembre de 2018 - 12:01 AM

Saldo en rojo

Europa está enfrentada a un dilema entre los países que quieren proteger sus fronteras a toda costa y los que quieren abrirlas de manera regulada.

Si bien el arribo de migrantes refugiados hacia Europa ha caído de manera estrepitosa en los últimos dos años, el fenómeno sigue dividiendo a los países del viejo continente que enfrentan serios desafíos enmarcados en políticas de cero tolerancia, discursos xenofóbicos y una retórica radical que hace que los gobiernos no quieran lidiar con un asunto cerca a sus costas o fronteras.

En efecto, hay quienes coinciden en que al calor del debate migratorio en la Unión Europea (UE), hay un común denominador: el enemigo es interno, lo que resulta una paradoja.

Esto en esencia se traduce en la incapacidad de sus 28 estados miembros de gestionar de forma colectiva a los inmigrantes que llegan huyendo de la guerra, o del hambre.

Y en otros casos, se habla de que son pocos los estados que están cargando con el peso de la migración dentro de sus territorios, entre ellos España, Italia y Grecia. Aunque es Alemania el país que más ha recibido refugiados en los últimos cuatro años.

En virtud de esta realidad, Mauricio Palma, investigador y profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario, explica que hoy en día la dinámica de cero tolerancia contra la migración ha suscitado problemas entre gobiernos como Italia y España sobre quién debe hacerse cargo de los solicitantes de asilo que llegan por el mar Mediterráneo.

Es un tema en torno del cual Europa está dividida entre aquellos países que pueden promover un discurso más abierto y flexible hacia la migración y aquellos que son reactivos y buscan que se genere una desmotivación de los flujos migratorios, subraya por su parte María Teresa Palacios, profesora de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad del Rosario.

Lo anterior, según esta experta en la materia, plantea un reto para la migración hacia Europa, y corresponde al tipo de garantías y derechos que tienen estas personas, resolver la solicitud de refugio que está en trámite, que es una facultad discrecional de los Estados; además de resolver el punto de vista humanitario a partir de temas como campos de refugiados, centros de acogida, explotación laboral y trata de personas, entre otros aspectos.

Así pues, a juicio del investigador Palma, lo que sin duda se requiere “es un mecanismo de fortalecimiento del asunto migratorio que tenga en cuenta realmente la gestión integral del fenómeno y sus alcances”.

Lo sustenta bajo el argumento que de “los europeos han tenido antes una posición un poco débil frente a los estados de África Subsahariana en términos de programas de desarrollo y de llenar huecos por ese pasado colonialista con esos países”.

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Percepción de amenaza

Hugo Fernando Guerrero, docente de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad de La Salle, entre tanto, señala que la posible incapacidad de asumir esa carga frente al proceso migratorio ha implicado que los gobiernos tomen ciertas reacciones, unas de manera individual y también como bloque en el seno de la Unión Europea.

Es más, recalca que la UE incluso ha pensado en aplicar sanciones a ciertos países que han implementado políticas contrarias al acervo normativo y principios fundacionales del bloque, principalmente de Europa del Este como Polonia y Hungría.

Países que, agrega, en términos económicos tienen menor capacidad dentro de la UE y para sus habitantes, se constituye en una percepción de amenaza de los procesos migratorios respecto de su calidad de vida, y además no están acostumbrados a ellos.

Igualmente, expone que es importante clarificar este fenómeno en Europa.

Dice que una cosa es la migración específicamente relacionada con el fenómeno de refugiados de Medio Oriente o África y otra muy distinta la migración clásica económica, como la latinoamericana, que sí ha registrado un notable descenso en el viejo continente.

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En ese orden de ideas, el profesor Guerrero describe que el rechazo migrante en los países europeos no tiene que ver exclusivamente con que vengan de situaciones conflictivas o zonas de guerra, sino porque son personas que llegan sin respaldo alguno y hay un choque cultural que riñe con el ideario de la Europa Occidental.

Haciendo una retrospectiva del fenómeno en números, Palma destaca el dramático descenso del flujo migratorio y lo atribuye en parte a medidas binacionales y jurídicas, a través de acuerdos.

Casi un millón de personas procedentes del Medio Oriente, Siria, Afganistán y de África Subsahariana buscaron asilo o refugio en 2015 y hoy la cifra no ha superado los 135 mil.

Discurso antimigrante

El fenómeno ha dado pie para que grupos y partidos de extrema derecha reivindiquen el discurso antimigratorio, como ocurre con Italia o Polonia, añade el investigador Palma.

Al respecto, la docente Palacios argumenta que ha cobrado popularidad el discurso de derecha antimigratorio en Austria, Grecia y Hungría, que promueven una política de cierre de fronteras y expulsiones, lo cual ha llevado a unas realidades concretas desde el punto de vista jurídico.

A renglón seguido enumera que los gobiernos han suscrito acuerdos de deportación entre países de la UE y países emisores de migrantes, como Sudán, Níger y Turquía, tendientes a reducir los flujos migratorios.

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Palma pone como ejemplo el convenio firmado en 2016 entre la UE y el Gobierno turco para tratar de taponar esa vía hacia Alemania por Turquía, en la frontera con Grecia. Con ese acuerdo, Grecia recibe recursos y los turcos procesan la solicitud de asilo de las personas que vienen de Siria, con el fin de que no crucen a territorio europeo.

A esto se suma, “que el discurso antimigración ha tomado auge en el imaginario colectivo, con noticias dramáticas donde hay involucrados inmigrantes”, lo que sin duda ha sabido capitalizar el problema, sostiene Palacios.

A la luz de esta compleja realidad, las políticas de migración continúan sacudiendo el viejo continente. El debate está servido.

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