Pocas personalidades de Colombia tan atrayentes como la de Gabriel Turbay, que parecía un romano cuando se levantaba con expresión solemne, exquisitos movimientos y una oratoria de estilo rampante, de ademanes que dejaban filtrar por entre la figura varonil y adusta, la elegancia, el señorío de quien entonaba como fraseología impresionante y culta el discurso castizo de cláusulas elocuentes.
Publicado por: Julio Valdivieso Torres
No ha tenido Santander un segundo privilegio de contar entre sus hijos la majestuosa humanidad de un ser nimbado por los dioses que abandona el mundo cuando la vida placentera y la juventud próvida le entregaba los trofeos de la sabiduría y la elocuencia con que había arropado el gran Julio César para ingresar al Senado romano en horas de triunfos imperiales. Los que lo conocieron fatigan los adjetivos para biografiar al varón que en la tribuna comunicó con fervor el frenesí de sus oratorias candentes donde se confundió la tormenta de las palabras con el corte clásico de sus expresiones ardorosamente santandereanas con que adquirió el principiado tribunicio que hizo temblar los senados por la iluminada e impetuosa retórica de perfiles dantonianos. Un ser auténtico que tenía las virtudes y los dones del caudillo que con formación de estadista a los pocos días de estar en el Parlamento se toma los primeros lugares y en consenso de admiración lo consagra prematuramente como el colombiano con más dotes para servir al poder en las altas dignidades; el signo temprano de sus triunfos y glorias lo conduce sin escalas al córner de los grandes; llegando al éxito asciende a la cúspide de celebridad sin que medie el recorrido lento de los hombres públicos. Gabriel Turbay nació grande y los de su época advirtieron en él un símbolo de admiración, y la personalidad de gladiador transparente fuerte y digna para el cumplimiento de una misión heroica.









