El imperio de sus planes no tenía límites, pues estaba diseñado para allanar imposibles y su mente era abierta, su charla agradable y diserta, como queriendo abarcarlo todo en un solo golpe de vista.
Publicado por: Julio Valdivieso Torres
Quizás por ello, algunos de los que fueron subalternos discreparon de sus fórmulas rápidas para el procedimiento. Cuando me nombró Secretario de Valorización, ofreció carta blanca y pudimos hacer “la avenida de la Rosita”, que fue su obra bandera y otras más. En el lenguaje coloquial su charla era amable con buenos apuntes y comentarios lúcidos, que denunciaban una inteligencia bien equipada y fraterno sentimiento de aprecio que lo unía a sus amigos. Se salía de sus casillas, pero al instante seguía como ¡si nada!, conversando en el mismo tono y timbre que le dictaba su personalidad, la que no admitía medias tintas o posiciones ambiguas que llevaran al fracaso. Fue un triunfador y no se aproximó al éxito, sino que lo consiguió completo en todo, hasta lograr la hechura de la represa del Sogamoso contra todo pronóstico. Cuando conversábamos en el café sobre cosas frívolas se le notaba cálido y familiar. Parecía no necesitar del descanso aún en el tiempo de retiro, pues andaba rápido, como si la cita con la muerte le creara las urgencias del destino. Afirmativo como era en su temperamento, su estampa diseñó el retrato del buen santandereano al estilo de los varones de antaño; y no me lo imagino viviendo en un régimen totalitario, porque lo abrían encarcelado por conspirador, dada la forma clara de enfrentar los problemas. Un liberal integral con las prendas propias del ciudadano honrado, transparente, de manos limpias y mente pura, como corresponde a los abanderados de las más nobles causas. Que buen ser humano diría yo, y cuan lastimosa su partida en esta hora en que está latente la crisis de los valores que en el sí abundaban. Paz para su tumba.









