Quizá no se repite un personaje como Orlando Pinilla, leído hasta donde más se puede, académico, desabrochado, trascendente cuando la ocasión lo ameritaba; comentarista agudo, liberal iconoclasta -también a ratos, opinador, conspicuo averiguador y amante de ciertas cosas como la escultura del Cristo de Barrancabermeja, que comparó sin sonrojarse con el redentor de Río de Janeiro.
Publicado por: Julio Valdivieso Torres.
Amigo fiel que con frecuencia nos pedíamos opiniones sobre cosas que íbamos a decir en la prensa. Escribió cientos o quizá miles de artículos siendo algunos “de bandera” como qué hacemos con el 9 de abril y el de la clase media, comentarios de un acierto que rebosa los términos usuales en los que hace un derroche de historiador en el primero, comentador jocoso en el segundo. Su concepto sobre política siempre lo consideré acertado, pues poco se equivocaba. Gran sentido del humor y capacidad para llamar las cosas por su nombre pero sin ofender, ya que su decencia no se lo permitía. Limpio y claro en su pensamiento filosófico, poco dogmático; digamos que un híbrido entre neo republicano, socialista y demócrata. Absolutamente honrado en todo; y en sus consejos con una capacidad innata para el acierto. Cuando yo era columnista de Vanguardia Liberal y nos reunían los miércoles en el periódico, lo empecé a tratar más, considerándolo como uno de los mejores amigos que he tenido y una pérdida para la sociedad a la que cada día le hacen falta estos valores, de contertulios amenos, ciudadanos probos y gentes que no volveremos a encontrar en el curso del camino.









