La tasa de hurto a personas en el Área Metropolitana de Bucaramanga disminuyó (de forma preliminar) en el último año, pasó de 745 (2024) a 587 (2025) por cada 100.000 habitantes. Para quien lea este dato aislado, esto suena a mejora. Pero en la calle la sensación va en sentido contrario: más miedo, no menos.
Esa es la contradicción incómoda: mejores cifras oficiales, peor percepción. Por eso es tan importante siempre contrastar los datos “duros” con las voces ciudadanas, porque la lectura cambia. Y esto es posible al observar los resultados de la Encuesta de Percepción Ciudadana (EPC) que realiza anualmente Bucaramanga Metropolitana Cómo Vamos, la cual evidencia que la percepción de inseguridad en el área pasó del 16% al 25% entre 2024 y 2025, llegando incluso al 37% en Piedecuesta.
¿Qué está pasando realmente? la clave está en algo que muchas veces se pasa por alto: no todo delito se denuncia. De hecho, en la EPC 2025, una proporción relevante de personas reporta haber sido víctima de algún delito en el último año, pero la mayoría (61%) decidió no acudir a las autoridades. Las razones no son menores: creen que no pasará nada, consideran que es una pérdida de tiempo o, más grave aún, no confían en las instituciones. Ahí está la clave de la aparente contradicción. Porque cuando baja la denuncia, no necesariamente baja el delito. Lo que puede estar ocurriendo es que el sistema deja de registrarlo.
Y aquí la EPC aporta un segundo elemento clave: el deterioro de la confianza social. En 2025, cerca del 36% de las personas considera que no se puede confiar en los demás y alrededor del 50% no confían en las autoridades municipales. Esto importa porque la inseguridad no solo se construye a partir del delito, sino también de la desconfianza: hacia el otro, hacia el Estado, hacia la posibilidad de que algo funcione.
Por eso, la percepción completa la lectura. Es evidencia anclada en la experiencia. Es la suma de vivencias propias y cercanas, de relatos compartidos y de una sensación persistente de vulnerabilidad. La inseguridad no se mide solo en cuántos robos ocurren, sino en cuántas personas sienten que pueden ser la próxima víctima.
Y ahí está el verdadero reto de las autoridades: lograr que las cifras y la experiencia de la gente vuelvan a encontrarse. No es solo reducir indicadores, es hacer que esa reducción se traduzca en la vida cotidiana. Eso implica recuperar la confianza, fortalecer la respuesta institucional y cerrar la distancia entre lo que muestran los datos y lo que sienten las personas. Porque cuando esa brecha se mantiene, cualquier mejora en el papel seguirá sin sentirse en la calle.
Por: Johanna Cárdenas Acevedo











