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Sábado 25 de abril de 2026 - 01:00 AM

¿Quién decide lo que vemos en internet?

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En los últimos años, las plataformas digitales se han convertido en la principal vía para informarse. Hoy no solo se buscan datos: también se accede a noticias, opiniones y tendencias a través de sistemas que determinan qué se muestra. En el centro de ese proceso está el algoritmo.

Durante mucho tiempo, el funcionamiento del algoritmo parecía sencillo: se basaba en la actividad de los usuarios, en lo que veían, buscaban y consumían, para ordenar el contenido. Con el paso del tiempo, dejó de cumplir solo esa función y empezó a influir directamente en lo que las personas terminan viendo.

A partir de esa influencia, en distintos países los gobiernos han comenzado a intervenir mediante leyes y regulaciones que buscan incidir en lo que se muestra. La discusión deja entonces de ser técnica y se traslada a una pregunta más profunda: quién define lo que realmente llega a la atención del público.

Este debate ha tomado fuerza especialmente en Europa. A través de la Ley de Servicios Digitales (DSA) y la Ley Europea de Libertad de Prensa (EMFA), se han propuesto reglas sobre el funcionamiento de las grandes plataformas y la forma en que se presenta la información. Estas iniciativas abren la discusión sobre el rol de los sistemas de recomendación en espacios como YouTube y sobre qué contenidos reciben mayor visibilidad.

En paralelo, distintos análisis han advertido posibles efectos sobre la exposición de ciertos contenidos, incluyendo una mayor presencia de fuentes institucionales dentro de estos sistemas. Experiencias previas en países como Australia y Canadá también han mostrado intentos de regular la relación entre actores digitales y el ecosistema informativo.

Google y YouTube se han consolidado como los principales puntos de entrada a internet. Su escala ayuda a entender por qué este tema ha entrado en la agenda pública. En 2025, el primero superó los 82.000 millones de visitas mensuales, mientras que el segundo alcanzó más de 29.000 millones. Estas cifras reflejan la concentración del acceso en pocos actores.

Por eso, distintos gobiernos han comenzado a ver estas plataformas no solo como intermediarios tecnológicos, sino como actores centrales en la circulación de lo que se vuelve visible.

Este fenómeno no es aislado. En Canadá, acuerdos recientes con Google han redefinido la relación con los medios tradicionales, incorporando mecanismos de compensación y nuevas reglas para la distribución de información.

Más allá del aspecto económico, el cambio de fondo es que la circulación de lo visible ya no depende únicamente de procesos automatizados, sino también de marcos institucionales que empiezan a influir en su configuración.

Todo esto responde a una realidad evidente: la atención se ha concentrado en pocas plataformas, y con ella también el poder.

En ese escenario, la información ya no depende solo de lo que se consume, sino también de cómo se estructura dentro de sistemas donde intervienen distintos actores. La pregunta inevitable es quién termina definiendo lo que vemos todos los días, cuando el poder de los Estados empieza a influir directamente en lo que aparece y lo que no en internet.

Y entonces la duda central es: ¿hasta dónde puede llegar ese control y quién tiene la capacidad real de limitarlo?

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