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Columnistas
Lunes 21 de septiembre de 2026 - 01:00 AM

El plano roto de la justicia

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Hay derrotas institucionales que ensombrecen los cimientos de cualquier nación. Ver a un padre convertirse en investigador, diplomático a la fuerza, detective y perseguidor durante tres décadas es la prueba más contundente de que nuestro sistema judicial opera como una maquinaria de desgaste diseñada para agotar a las familias de las víctimas. El caso de Martín Mestre y el asesinato de su hija Nancy Mariana desnuda una realidad amarga: en este país, la verdad y el castigo no son un derecho garantizado, sino un lujo reservado para quien tenga la paciencia y los recursos de perseguir criminales por el mundo cuando el Estado decide mirar hacia otro lado.

Durante treinta años, el asesino caminó libre bajo el sol de Brasil, construyó otra familia y disfrutó de una cotidianidad que le robó de la manera más infame a una joven de dieciocho años. Mientras tanto, en Colombia, los escritorios judiciales acumulaban telarañas y los trámites se perdían en laberintos burocráticos. La justicia que llega tarde no es justicia, es una forma sofisticada de impunidad que prolonga el suplicio. Si no hubiera sido por la obstinación de un padre que se negó a dejar enfriar el nombre de su hija, Saade Cormane habría muerto en la impunidad dorada de su refugio extranjero.

El vía crucis de Martín Mestre nos deja una lección desoladora sobre el valor de la vida de las mujeres en Colombia. Demuestra que la estructura estatal es capaz de abandonar a su suerte a los ciudadanos comunes, y los deja solos frente a agresores protegidos por redes de influencia y dinero. Para el arquitecto Mestre, cada año de espera fue una condena duplicada para los familiares que sobrevivieron al horror.

Leer las páginas donde Mestre relata su travesía produce un nudo en la garganta. No hay triunfalismo en su victoria judicial de los últimos años, porque ningún fallo, por más esperado que sea, devuelve la risa de quien se fue para siempre en la madrugada trágica de ese Año Nuevo. Queda el sabor amargo de saber que se necesitó una odisea titánica para conseguir lo mínimo que un Estado de derecho debe ofrecer por defecto. Ojalá este testimonio sirva para sacudir la modorra de los jueces y fiscales que todavía hoy miran los expedientes de feminicidio con indolencia, esperando a que el tiempo haga el trabajo sucio del olvido.

Mensæ tegumentum primus. El aeropuerto Palonegro merece la aclaración de que es Lebrija, no Bucaramanga; y merece rutas de buses urbanos y que los taxistas tengan y cumplan normas.

Mensæ tegumentum secundus. En medio de todo lo que pueda afectarnos, una noticia refrescante que nos alegra la vida: después de una pausa necesaria, vuelve el Festivalito Ruitoqueño de música colombiana.

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