En mi práctica como paliativista tengo la oportunidad de conocer diferentes maneras de enfrentar una enfermedad grave como el cáncer. Una de las más frecuentes consiste en verla como una guerra. Hablamos de “luchar”, “dar la batalla”, “no rendirse” y, finalmente, “vencer” la enfermedad.
Siempre me ha inquietado este lenguaje. Aunque nace del deseo de transmitir fortaleza y esperanza, puede convertirse en una carga para quien está enfermo. Porque si el cáncer es una batalla y el desenlace no es el esperado, ¿significa entonces que el paciente perdió? ¿Que no luchó lo suficiente? ¿Que se rindió?
La enfermedad no siempre necesita un enemigo. Quizás exista otra forma de aproximarnos a ella: preguntarnos qué podemos aprender de aquello que nos ha correspondido vivir. No porque el cáncer tenga necesariamente una explicación o porque el sufrimiento deba romantizarse, sino porque encontrarle algún sentido a una experiencia dolorosa puede transformar la manera de transitarla.
Lo he visto muchas veces en mis pacientes. Cuando alguien consigue encontrar significado en medio de su enfermedad —en sus afectos, en la reconciliación, en la gratitud o simplemente en reconocer qué es verdaderamente importante— cambia su manera de vivir el tiempo que tiene por delante.
Con los años he adoptado algunas frases nacidas de lo que he observado a través de los ojos de mis pacientes. Una de ellas es que el ser humano suele revelar su rostro más hermoso cuando se enfrenta a la posibilidad de perder la vida tal como la conoce. En esos momentos comienzan a caer muchos de los ropajes que hemos acumulado durante años: las apariencias, el orgullo, las preocupaciones innecesarias y tantas cosas que confundimos con nuestro verdadero yo.
También suelo decir que, cuando la enfermedad nos quita independencia y necesitamos de otros para las cosas más sencillas, muchas veces aparece un ángel. No necesariamente con alas: puede ser una esposa, un esposo, un hijo, un hermano, un amigo o incluso alguien inesperado que decide permanecer a nuestro lado.
Tal vez enfrentar una enfermedad grave no consista únicamente en ganar o perder. A veces también consiste en descubrir, aprender, agradecer y permitirnos ser cuidados.












