Que debemos pensar cuando el presidente de un imperio, del cual somos sus vasallos, en su camino al colapso por su crisis de deuda, de bonos del tesoro, de tasas de interés, del diésel, anuncia que la luna es de su propiedad, al igual que el petróleo de Venezuela y la Groenlandia de los daneses. Además, declara cinco órbitas del espacio entre la luna y la tierra como zona con armas satelitales para uso estadounidense a modo de un panóptico y amenaza con aniquilar para siempre a la civilización persa.
La historia de la humanidad es un eterno ir y venir desde el avasallamiento hacia la liberación. No hay conquistas eternas… eso lo saben bien los enamorados, incluso aquellos que prometen bajar a Selene como ofrenda de amor.
A las puertas de una guerra nuclear, que espero no se dé, acudo a los poetas porque no solo tienen una cierta capacidad para profetizar sino también para humanizar la naturaleza lo cual está conforme con la idea que todo en el universo está hecho a partir de la misma materia y con el mismo destino de finitud.
Baudelaire, al referirnos la lágrima furtiva que la luna deja caer sobre nosotros, nos dice que un poeta devoto, enemigo del sueño, la recoge en su mano y a los ojos del sol la oculta en su pecho.
La luna ha estado allí antes que nosotros y permanecerá sola y misteriosa cuando nos hayamos extinguido. Hay tanta soledad en ese oro, exclamó Borges.
La arrogancia humana bien la supo calibrar Neruda: “Cuando la luna entrega sus náufragos, sus cajones, sus muertos, cubiertos de amapolas masculinas…” ¿Es acaso la fragilidad humana la que conquista al satélite que ha subyugado desde siempre a los humanos?

El presidente del imperio declaró con tono altisonante: la luna es nuestra. Bien le valdría leer a Vicente Huidobro, el vate que advierte: “los astros que trago crujen en mis entrañas”. Trump llega tarde, el poeta Fallon conquisto ya hace tiempo a la luna con sus versos: “¡Cuán bella, oh, Luna! a lo alto del espacio, por el turquí del éter lenta subes, con ricas tintas de ópalo y topacio franjando en torno tu dosel de nubes”
Abren heridas al planeta y a sus seres vivos sin descanso y llenan al espacio de armas con gran poder de destrucción. La conquista del cosmos obedece a la pulsión por dominar, nada motivado en el progreso y el bienestar de la humanidad. Somos tribales, es cierto, pero también está en nuestro ADN la vocación de colaborar, de cooperar, de paz para sobrevivir.
Acojamos en nuestros pechos la lágrima furtiva de la luna.










