“Al que le gusta la leche, le gusta la vaca”. Con esta frase abrió su intervención Martín Ravelo, presidente de la USO, durante uno de los paneles del Congreso de ACIPET.
Y cuánto de cierto y de sabiduría hay en una frase tan sencilla y coloquial. Pero, sobre todo, qué bueno que cada vez más personas están empezando a darse cuenta de ello.
Porque, ¿cómo tirar piedras al árbol que más sombra nos da? ¿Cómo ir en contra de una industria que nos ha dado tanto como país y, especialmente, a Barrancabermeja?
Son preguntas que muchos nos hacemos y que, incluso fuera de nuestra ciudad, me han planteado más de una vez: ¿por qué Barrancabermeja, siendo sede de la refinería y teniendo una historia profundamente ligada al petróleo, puede estar en contra de la industria o respaldar políticas que buscan limitar algunas de sus posibilidades de desarrollo?
Debo reconocer que muchas veces he respondido que no sé. Para mí, resulta difícil de entender. Sin embargo, también he pensado que quizá el problema no está directamente en la industria, sino en lo que como ciudad hemos logrado, o no, construir alrededor de ella. Porque una cosa es la industria y otra, la capacidad que hemos tenido para convertirlo en oportunidades de desarrollo, progreso y calidad de vida.
Pero más allá de eso, los datos hablan por sí solos. El 62 % del valor agregado de Barrancabermeja proviene de la industria petrolera. Las cifras ponen en números algo que conocemos desde hace generaciones: el petróleo hace parte de nuestra historia, de nuestra economía y de nuestra realidad.

Por eso resulta interesante lo que está ocurriendo. Hoy día escuchamos más voces que entienden que no podemos disfrutar de todo lo que el petróleo representa para nuestra economía y nuestro desarrollo, mientras rechazamos la industria que lo hace posible. Si queremos los beneficios que genera el petróleo, también tenemos que entender que detrás de ellos existen trabajadores, empresas y decisiones sobre cómo producirlo.
Ahora bien, tampoco se trata de desconocer lo que se ha hecho mal o lo que todavía hay por mejorar. Por el contrario, reconocer el valor de la industria debe llevarnos a proponer que la relación con las regiones sea cada vez mejor y que sus beneficios se traduzcan en más desarrollo, empleo, oportunidades y calidad de vida.
Es esa la nueva conversación que se debe dar: cómo aprovechamos mejor lo que tenemos, cómo lo protegemos y cómo hacemos que genere mejores oportunidades para las personas. Porque al final, la frase sigue teniendo toda la razón: al que le gusta la leche, le gusta la vaca.











