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Miércoles 04 de noviembre de 2026 - 01:00 AM

La fiesta termina, la responsabilidad no

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¿En qué momento dejamos de preguntarnos si los espacios a los que llevamos a nuestros hijos son seguros y empezamos a justificarlo todo bajo la excusa de que «es Halloween»? ¿Cuándo confundimos darles libertad con desentendernos de nuestra responsabilidad como padres?

Halloween no puede convertirse en una licencia para bajar la guardia, normalizar el consumo de alcohol, exponer a los menores a ambientes de rumba o permitir que la diversión esté por encima de su seguridad. Y, sin embargo, cada año parece que la preocupación de algunos adultos se concentra más en conseguir el disfraz perfecto, organizar la fiesta más llamativa o garantizar que los niños no se pierdan ningún plan, que en preguntarse qué riesgos están asumiendo.

Los primeros reportes del fin de semana de Halloween de 2026 en Colombia dejan cifras que deberían incomodarnos. En Medellín se reportaron seis fallecidos en siniestros viales durante el puente festivo, mientras que en Cundinamarca se registraron cuatro muertes y 21 personas lesionadas. En el Valle de Aburrá, las autoridades incautaron 2.371 gramos de sustancias estupefacientes y atendieron 243 llamadas relacionadas con riñas. En Bogotá, los operativos encontraron menores de edad en establecimientos de rumba y situaciones relacionadas con sustancias psicoactivas.

No podemos afirmar que todos estos hechos sean consecuencia de Halloween, pero sí debemos preguntarnos qué tan conscientes somos de los entornos que estamos permitiendo que habiten nuestros hijos.

La responsabilidad de criar no se limita a comprar un disfraz, acompañarlos a recoger dulces o autorizarles una fiesta. Implica saber dónde están, con quién están, quién los acompaña y qué ambientes estamos autorizando. Implica entender que no todo lo que parece divertido es apropiado y que poner límites también es una forma de amar.

No podemos exigirles a nuestros niños que tomen decisiones responsables cuando todavía están aprendiendo a distinguir los riesgos, mientras los adultos renunciamos a nuestro deber de orientarlos y protegerlos.

Tampoco podemos delegar toda la responsabilidad en las autoridades, los colegios o los organizadores de eventos. La primera línea de protección de un niño debe ser su familia.

Nuestros niños tienen derecho a divertirse, compartir y celebrar. Pero, sobre todo, tienen derecho a crecer en entornos seguros.

Porque la pregunta no debería ser qué tan divertida fue la noche de Halloween, sino cuántos adultos asumimos realmente la responsabilidad de proteger a nuestros niños.

La infancia no se improvisa, y protegerla tampoco puede ser cuestión de una sola noche.

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