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Eduardo Muñoz Serpa
Martes 06 de agosto de 2024 - 01:00 AM

La orfandad de una cumbia

Columna de opinión de Eduardo Muñoz Serpa

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Rato después de haber caído la noche sobre el viejo puerto de Barrancabermeja el pasado 28 de julio, mientras los sonidos nocturnos recorrían las orillas del río grande de la Magdalena, en esas callejas que formaron alguna vez el añoso malecón, del que ya solo quedan recuerdos vagos que los ancianos narran sobre anécdotas, bares, billares, bailaderos, posadas, que hace mucho cerraron sus puertas, comenzó a oírse suave y triste el anuncio que hacía un viejo clarinete que decía que la cumbia volvía a su querencia, buscaba los rincones donde nació hace años en una noche cerrada y esta vez estaba triste, lerda, coquetonamente tierna, pues respiraba orfandad y su lamento fue llevado entre las ondas del río para decirle a los cuatro vientos que ella, “La pollera colorá”, había quedado huérfana y quería, al son de los tambores y las flautas, invitar al recogimiento porque su creador había emprendido viaje hacia el más allá.

Si, se había ido del todo Juan Bautista Madera, ese que por allá en 1960, cuando era un mocetón menor de 40 años, en una noche, en el viejo malecón barramejo, mirando al río que parió tantas cumbias, compuso la que llamó “La pollera colorá” para homenajear y atraer a esas hermosas, coquetas y gráciles cumbiamberas que iban al grill “Hawai”, donde la orquesta de Pedro Salcedo tocaba cumbias, porros, merecumbés, mapalés y fandangos y ellas, con sus hermosas polleras, dejaban que la cadencia de sus caderas embrujara, para que de ese clarinete fuera naciendo el son que, silentemente, inmortalizaría a Mirna Pineda, mulata de encanto, “la morena maravillosa”.

Si. La cumbia está de luto y su sonido es el de un adiós postrero, cantado a orillas del mismo río y en el mismo lugar donde nació en tierras barramejas.

Ella, cadenciosamente, no quiere hoy que se muevan las alegres polleras, pues acaban de enterrar en las hermosas sabanas de Bolívar, a quien le dio vida, sabor a fiesta y a morenas embrujadoras. Pero no está sola, quedan para siempre sus compases inmortales, esos que cada vez que suenan hacen que en esta patria desgarrada todos olvidemos lo que nos divide y seamos una sola voz tarareando “La pollera colorá”, la que nació en cuna humilde, en el viejo puerto de Barrancabermeja, y empezó bailándose en una modesta pista de baile del malecón, danzada por morenas exquisitas, al son de un clarinete, acompañado de gaitas y tambores, y lleva más de 60 años haciendo bailar y gozar a todo aquel que la oye y siente, aquí y allá, por doquier.

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