domingo 19 de octubre de 2014 - 12:01 AM

Opinión: Fácil

Hace tres años quedó clarísimo que en Santander se puede llegar al poder sin mayor esfuerzo intelectual. Richard Alfonso Aguilar fue candidato a la gobernación porque a su papá lo inhabilitaron para participar en política. Y Lucho Bohórquez a la alcaldía porque no le dieron el aval liberal para aspirar a gobernador. Ninguno de los dos había hecho mucho por estar ahí. No se habían sentado a pensar en qué, por qué, para quiénes y cómo iban a gobernar. Richard propuso lo que habría propuesto cualquiera bajo las órdenes del coronel Hugo Aguilar. Lucho le pidió prestado a Consuelo Ordóñez gran parte de un programa de gobierno que ella había hecho, lo presentó como suyo y de premio puso a Ordóñez en el Área Metropolitana. Lo que tenían los ahora mandamases, y fue suficiente para ganar, era el respaldo de grupos con plata y maquinaria que se desviven por el poder pero no por las ideas. Y es por eso que nos gobierna, y nos seguirá gobernando, la ambición de exprimir ese poder y no la determinación de usarlo para materializar proyectos políticos trascendentales. Ni siquiera hay que montar uno para tomarse los palacios de gobierno.

Ahí está Mario Suárez. El exrepresentante liberal que salió a decir en este periódico que no descarta ser candidato a la Alcaldía de Bucaramanga, pero que mientras tanto, de aquí a allá, acepta irse de cónsul a Buenos Aires. Eso no sólo confirma que los cargos diplomáticos se reparten como un pastel entre burócratas que no están preparados para asumirlos. También que para la clase política que representa Suárez, ganarse una Alcaldía es demasiado fácil.

Basta congraciarse con una gavilla que tenga los recursos para una campaña corta y cara. Si esa alternativa no fuera factible, si ese tipo de carteles no existiera, es decir, si hacer política fuese más difícil que caro, como debería ser, Suárez y los demás candidatos de la baraja tendrían que dedicarse a estudiar y a entender la ciudad para proponer algo que responda a lo que necesita y anhela la gente. Y a recorrer las comunas para conocer y convencer a los electores. No habría tiempo para mucho más. Pero lo hay de sobra pues la plata hizo del poder una presa fácil. Y la tarea, que demanda apenas un plumazo, es convencer a los que la tienen.

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