
Uno de mis alumnos —que son mis maestros— me sorprendió cuando le pedí un comentario sobre algún texto editorial que hablaba de los hechos recientes del país: “No es necesario estar leyendo la prensa todos los días —me dijo—, porque la información siempre es la misma”.
Intenté discutirle, pero su seguridad me puso prudentemente a pensar. Revisé, entonces, titulares de esta última semana, y encontré que las noticias pueden ser las de cualquier semana de cualquiera de los últimos años:
El narcotráfico continúa aliado con las principales fuerzas del país, y USA sigue culpando a Colombia por el consumo de allá, y sufriendo porque esos dolaretes se le pierden por no tener el control de la producción (el presidente-candidato sigue acosado por denuncias, pero se perfila como el triunfador en las próximas elecciones).
Los hijos del expresidente y su séquito acusan al traidor por todo lo malo que ocurrió, ocurre y ocurrirá en este país y en Venezuela y en el mundo.
Los falsos positivos siguen dando de qué hablar, pero a nadie le importa. El Ejército ha filtrado información que lo compromete seriamente; ahora deben cuidarse también los militares “acusados” de permitir esas filtraciones.
Nos siguen matando y a nadie le importa, tampoco.
Se genera espectáculo con procesos alrededor de crímenes cometidos por personas adineradas y “honorables”, pero ahora contra una niña pobre.
Algunas EPS demuestran lo rentable del negocio de la salud y lo mal que anda la justicia. Y los políticos demuestran que para ellos la justicia tampoco funciona. Y el país se desvive por cualquier pendejada, mientras los políticos se roban todo.
La aspersión con glifosato sigue matando gente, y en otros países se prohíbe, pero en Colombia su uso sube, como el alka seltzer.
La selección Colombia sigue dándonos alegrías, pero pierde, como siempre; los medios transmiten en alta resolución. Aparecen nuestros ciclistas y conquistan la gloria; no hay transmisión. A la gente le gusta es el fútbol; nada que hacer.











