Publicado por: Rafael Gutierrez Solano
El papa Benedicto XVI manifestó hace pocos días ante una asamblea de cardenales o consistorio, su interés de renunciar al solio de San Pedro a partir del 28 de febrero de este año, aduciendo quebrantos de salud que no le permitían cumplir a cabalidad con las tareas propias de su ministerio y tampoco afrontar las urgentes reformas de la Iglesia Católica que no pasa por un buen momento, debido a múltiples escándalos de pederastía, corrupción y luchas internas de poder, al seno del Estado Vaticano, hechos que han sido conocidos a nivel mundial y denunciados en diferentes publicaciones.
El anuncio papal como es natural generó sorpresa y desconcierto, pues no es lo normal que un pontífice decida abandonar el gobierno de la Iglesia. Sin embargo, tal conducta la estimo como una decisión honesta y valiente que dice bien de su persona, pues en estos tiempos tormentosos y saturados de intrigas, resulta coherente hacerse a un costado para que otro con más vigor mental y físico, asuma con firmeza y diligencia, las complejas tareas que implica gobernar una grey de más de mil millones de personas.
Este noble gesto envía un mensaje no solo simbólico, sino aplicable a la vida de aquellos mortales que tienen poder o que creen tenerlo: no hay que aferrarse a los cargos o destinos públicos o privados como si fueran nuestros, porque no sólo otros también tienen derecho a llegar a ellos de pronto con mas merecimientos, sino que además hay que reconocer con humildad y dignidad, como lo hizo su Santidad, que el tiempo pasa y las fuerzas menguan.
Qué lamentable espectáculo ofrecen quienes mañosamente y apelando a un sinnúmero dé subterfugios, así sean legales, insisten como sanguijuelas en permanecer agarrados a sus puestos, quizás porque no pueden soportar a la postre resignarse a la ausencia de venias, homenajes, aplausos y demás lisonjas baratas que les brinda su posición, y no su buen desempeño.
Les cuesta reconocer que su capacidad de liderazgo para tomar con inteligencia y efectividad decisiones responsables que redunden en beneficio de la comunidad a la que se deben, ya culminó. Estas sociedades están plagadas de tales deleznables comportamientos y lo único que revelan a sus semejantes son malos ejemplos y lástima, sobretodo en individuos de los que se presumía que en el transcurso de su vida personal y profesional obraron con juicio y ponderación. El gran Voltaire enseña: “La pasión de dominar es la más terrible de todas las enfermedades del espíritu humano”.










