Alejandro Gaviria habla de política, enfermedad, escritura y compasión. Esta entrevista para el podcast en En Off de Melissa García, directora de Vanguardia, es un retrato de quien cree en la coherencia, la cultura y el pensamiento como formas de resistencia.
Publicado por: Redacción Política
“Orar es desear compasión”. Esa es la forma en que Alejandro Gaviria define su espiritualidad: con una profunda convicción sobre lo que nos sostiene en la vida. Esa frase condensa su filosofía: una mezcla de lucidez y ternura, escepticismo y búsqueda y pensamiento crítico.
Alejandro Gaviria habla con la misma naturalidad de la política y de la poesía, el cáncer y el poder, del miedo a la muerte y del amor por los libros. Se reconoce agnóstico, pero espiritual. Se aferra al silencio, al recogimiento y a esa conversación íntima con la conciencia que para otros es oración. “Eso es lo que una persona religiosa llama orar”, afirma.
Vivió el cáncer como quien atraviesa un terremoto en cámara lenta: “yo creí que iba a cambiar más”, confiesa. Imaginó una vida distinta: “Quiero vaciar mi vida de otras cosas, construir pequeñas historias”, escribió en 2018. Pero la vida siguió y la rutina volvió a imponerse: “uno va viviendo la vida día a día”.
Lo que sí cambió fue su sentido de la urgencia afectiva. “Mi mayor miedo era dejar a mi hijo, perderme esa etapa de su vida. Yo quería ver el próximo mundial con él”, dice. Esa imagen, ver un partido, estar ahí, simplemente, resume su forma de amar: con presencia.
Lo dice con serenidad: “una vez, después de un vuelo turbulento, mi jefe me dijo: ‘si nos matamos, me queda el consuelo de que he tenido una vida interesante’. Yo pensé lo mismo. Me iría tranquilo”.
Y sí que ha sido una vida intensa. Ha sido subdirector del DNP, ministro de Salud durante seis años, rector de la Universidad de los Andes, ministro de Educación, escritor de más de una decena de libros. Pero también ha sido padre, esposo, lector, caminante, observador del mundo. Nunca ha tenido como norte el poder por el poder. “Yo no he hecho pactos. Nunca he pedido un puesto. Siempre he querido ser un hombre libre”.
Su decisión de aceptar el Ministerio de Educación en el gobierno de Gustavo Petro no nació de un cálculo, sino de una convicción: la de creer en acuerdos entre diferentes. “No vine a ser notario de su programa de primera vuelta. Usted ganó en segunda vuelta con los votos del centro y también debe ser leal a esas historias”, le dijo al presidente.
Gaviria cree en la política como un acto de virtud pública y le preocupa la inmediatez de la conversación actual: “el conocimiento, la verdad y la belleza son búsquedas espirituales que toman tiempo. Y si el mundo pierde eso, lo pierde todo”.
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Cree en los jóvenes por convicción: “en sensatez y razonabilidad, los jóvenes están por encima de los adultos. A los adultos los están enloqueciendo más las cadenas de WhatsApp”. Y lanza un consejo que es, también, una advertencia: “No se salten la parte del conocimiento. Si quieren transformar la política, entiendan el país primero. Estudien. No hay atajos”.
No se identifica con los personalismos ni con las vanidades precoces. “A veces me da pudor ver a tanta gente que se levanta un día y dice: ‘Voy a ser presidente’”. Él lo ha considerado, sí, pero con la misma distancia crítica con la que evalúa todo en su vida pública. Su ambición no es de poder: es de impacto, de coherencia, de sentido.
Si hay un lugar donde se siente en casa, es en la palabra escrita. Ahí no hay cámaras ni tiempos electorales. Hay pensamiento, paciencia, profundidad: “ahí puedo pensar con paciencia, abrazar la complejidad. Es el lugar donde soy auténtico, donde puedo ser lo que soy”.
Recuerda con emoción los libros que marcaron su vida. “Huasipungo”, leído junto a su padre en una ventana de Medellín. “El gatopardo”, que le enseñó sobre el poder y el cambio. “Los días azules”, de Fernando Vallejo, que lo formó emocionalmente. Y “El loco de Dios al final del mundo”, de Javier Cercas, que lo hizo llorar. “Como que uno quiere abrazar a todo el mundo”, dice, al recordar la escena donde el Papa responde a una pregunta sobre el reencuentro después de la muerte.
“La vida es un pequeño paréntesis entre la nada y la nada. Pero quizás alguien, dentro de 30 años, se encuentre con un librito mío y se conecte. Eso es lo que permanece”, comenta con una sonrisa.
Alejandro Gaviria no se acomoda a las etiquetas. No se esfuerza por complacer ni por encajar. No tiene claro cómo quiere ser recordado. “No sé. Como todo. Pero sé que lo que permanece es la cultura. No la política”. Y por eso sigue escribiendo. Sigue pensando. Sigue hablando, aunque a veces prefiera el silencio.
Su vida, esa que ha sido interesante, pero también frágil, contradictoria, profundamente humana, nos recuerda que la coherencia se practica. Que la política no tiene que estar reñida con la sensibilidad. Y que hay personas que, incluso en medio del caos, nos recuerdan lo esencial: “la lealtad con uno mismo es fundamental”.
Y en un país donde las máscaras abundan, Gaviria se ha vuelto una excepción valiente: un hombre que no teme dudar, que no teme decir no, que no teme cambiar. Alguien que cree, todavía, que pensar con profundidad es una forma de resistencia. Y que no traicionarse, aunque cueste, es un acto político en sí mismo.
















