Recordemos la fiesta electoral del ayer que se pintaba en los dedos: ecos de los otroras comicios.

Los bumangueses se vuelven a encontrar con las urnas este domingo 14 de diciembre, en unas elecciones atípicas que, sin proponérselo, despiertan los recuerdos de nuestros abuelos.
Y la verdad es que cada jornada de votación tiene la capacidad de abrir un puente hacia esos tiempos en los que la política se vivía entre trapos rojos, papeletas dobladas con paciencia y dedos marcados con un rojo que duraba días, como si la democracia quisiera quedarse tatuada.
En aquellos años, los comicios tenían un aire festivo difícil de igualar hoy. Nada de tarjetones ni mesas encerradas entre muros escolares: las urnas se armaban en plena calle, bajo carpas improvisadas o sobre mesas largas cubiertas con manteles curtidos.

En los barrios populares, votar era como asistir a un bazar o a una verbena que involucraba a todo el vecindario. Y como toda fiesta popular, la comida también tenía su papel. El sancocho humeaba en fogones armados sobre ladrillos y escarpas, y los asados se convertían en parte natural del día.

Aunque, como hoy, se decretaba la Ley Seca, todos sabían que en algún rincón aparecía el guarito para “refrescar” la jornada.
“La política, más que un debate, era un encuentro de intereses, un ritual que reunía a familias y también a los politiqueros de siempre”, cuenta Hermes Pineda Flórez.

Con ese ambiente ruidoso también llegaban los riesgos electorales. Las papeletas pasaban de mano en mano con una facilidad inquietante; los sobres blancos, cortados en mitades, se repartían en comandos políticos improvisados; y, a veces, la suerte de un candidato dependía más del activismo silencioso de sus simpatizantes que de sus propuestas.
Era la época en la que los trapos rojos marcaban territorio, tal como hoy se definen los límites de las barras bravas en los estadios.
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Entre todas las imágenes de ese pasado, la de los dedos enrojecidos sigue siendo una de las más imborrables. Desde finales de los años cincuenta, la tinta indeleble se convirtió en la prueba viva del voto ejercido. Bastaba observar las manos de quienes caminaban por la ciudad para saber quién ya había cumplido con su deber. Los dedos rojos eran, sin proponérselo, una especie de censo ambulante e incluso una prueba fehaciente de haber cumplido con el sagrado derecho al voto.

Aquella tinta, guardada en pequeños frascos, penetraba la piel sin dañarla, pero se aferraba con tenacidad: tres o cuatro días en la epidermis y una semana en las cutículas.
Algunos tenían un trato especial: monjas y sacerdotes mojaban el meñique en vez del índice, un detalle curioso que, con el tiempo, se volvió leyenda.

Eran tiempos en los que los alcaldes no se elegían mediante voto popular. Hasta 1988, Bucaramanga recibía mandatarios designados por el gobernador del departamento, mientras los ciudadanos se limitaban a elegir concejales y diputados. El gobierno local aún no era una expresión directa de la voluntad ciudadana.

Por eso, la primera elección popular de alcaldes, en 1988, fue un momento histórico. Ese año, Alberto Montoya Puyana se convirtió en el primer alcalde de Bucaramanga elegido por voto directo, superando por estrecho margen a Emilio Suárez Clavijo. La ciudad era más serena, menos poblada, pero el deseo de cambio ya se respiraba en cada esquina.
Aquel gobierno duró apenas dos años, como sucederá con el mandatario que surja de las urnas este domingo. Aunque breve, la administración de Montoya Puyana dejó una marca profunda: fue reconocida como la mejor entre las grandes ciudades del país. Era la señal de que la democracia local empezaba a tomar forma con más firmeza.

Con la Constitución de 1991, el periodo se extendió a tres años y el ritmo de la política municipal cambió. Las campañas se transformaron, la logística se profesionalizó y las viejas papeletas fueron cediendo espacio a los tarjetones, diseñados para evitar fraudes y fortalecer la transparencia.
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Sin embargo, quienes vivieron las elecciones de mediados del siglo pasado aún recuerdan algo distinto: el sonido del papel al doblarse cuatro veces, los sobres blancos que viajaban de casa en casa, las conversaciones en los antiguos comandos conservadores o liberales, donde se mezclaban la tensión y la camaradería. Era otra manera de vivir la política.
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La logística artesanal de esos tiempos tenía encanto, pero también vulnerabilidades. No era raro escuchar historias de papeletas manipuladas, votos marcados antes de llegar a manos del elector o listas que aparecían repetidas. La democracia de aquella época era intensa y cercana, pero también frágil.

Hoy, en vísperas de la primera elección atípica de alcalde en Bucaramanga, la nostalgia convive con la reflexión. Las máquinas, los registros electrónicos, los formularios y los testigos acreditados parecen ofrecer mayor seguridad, pero no disipan las dudas. La tecnología promete mucho, pero también abre nuevas preguntas.
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Volver sobre la historia electoral de la ciudad -sus dedos rojos, sus canastas de papeletas y sus mesas armadas en plena calle- es preguntarse qué tanto ha cambiado realmente el acto de elegir. Tal vez la democracia sea, en esencia, un sistema que evoluciona, se ajusta, se equivoca y vuelve a intentarlo, siempre con más incertidumbres que certezas.
Y así, mañana, Bucaramanga regresará a las urnas como lo ha hecho a lo largo de varias generaciones. Ya sin trapos rojos ni papeletas dobladas, sin el color rojo incrustado en el dedo índice, pero con la misma esperanza de decidir el rumbo común de los próximos dos años. En ese puente entre el ayer y el hoy se sigue escribiendo, con tinta nueva, la historia de la ciudad.

















