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Viernes 06 de septiembre de 2013 - 04:14 PM

“Verbalizar es conjurar el dolor”: Piedad Bonnett

La poeta y narradora conversó con Vanguardia Liberal sobre sus versos, su poesía, su narrativa y por supuesto, sobre el gran dolor que describe en su libro “Lo que no tiene nombre”.

“Verbalizar es conjurar el dolor”: Piedad Bonnett (Foto: César Flórez / VANGUARDIA LIBERAL)
“Verbalizar es conjurar el dolor”: Piedad Bonnett (Foto: César Flórez / VANGUARDIA LIBERAL)

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Publicado por: DAVID ORTIZ CASTAÑO

Para muchos es una de las poetas más grandes de Colombia. Reconocida internacionalmente por la calidad de sus versos, la evocación magistral de sentimientos y, como ella misma lo dice, la necesidad de tener que contar o traducir el mundo a partir de la poesía. Piedad Bonnett es una mujer llena de palabras, esas que le pululan de forma tan natural, tan necesaria y tan llenas de sentido poético.

Dialoga despacio, como quien examina cada palabra antes de pronunciarla, con ‘mañas’ de profesora, que seguro tiene desde 1981 y que conocen bien en la Universidad de Los Andes, donde fue docente.

En sus conversaciones siempre habita un nombre, el de Daniel, su hijo y además motivo de su último libro: ‘Lo que no tiene nombre’. A quienes pierden sus padres se les llama huérfanos, a quienes pierden su esposo o esposa, viudos, pero los que pierden un hijo, eso no tiene nombre. Así, página tras página, la escritora paisa regala el más íntimo testimonio, el de una madre que relata el tormentoso camino al suicidio de Daniel. Pero a su vez, el libro es también la redención de un ser que amaba la vida intensamente y que se inmortaliza en cada capítulo.

De su hijo y la enfermedad mental que acuñó su trágico final, de la historia que conmovió el panorama literario, de su poesía; de eso habló Piedad Bonnett.

V.L.: Dice en una de las páginas que un libro se escribe para hacerse preguntas. ¿Cuáles fueron las que se suscitaron durante esta narración?

P.B.: Esa no es una idea mía, se la he oído a muchos escritores. Los libros que tienen certezas son los libros de autoayuda, que dan consejos y que me parecen a mí que son la antítesis de la literatura. Aunque a lo mejor sirven, he reevaluado mi desdén por los libros de autoayuda en un país donde no hay apoyo terapéutico para la mayoría, entonces esos relatos son como ayuditas ‘de bolsillo’ y algo sacará la gente de eso. Pero un libro siempre, como los seres humanos, en la mitad tiene un agujero negro, un espacio de oscuridad sin el cual no hay poesía, y yo pienso que la poesía tiene que estar en todas las manifestaciones del arte. Mi libro habla de grandes misterios, de los últimos instantes de Daniel, de su enfermedad y de algo que me parece muy duro, la lucha para despedirse de su propio cuerpo. Eso es indescifrable.

V.L.: ¿Podemos catalogar ‘Lo que no tiene nombre’ como un poema de 130 páginas?

P.B.: Eso me han dicho, pero yo diría que no. Me esmeré mucho en narrar y eso es antitético a la poesía; la poesía no tiene tiempo. Narrar te ata al tiempo, un principio y un después. Aquí también hay un elemento que no suele haber explícito en la poesía y es una reflexión tácita, un deslizamiento hacia la reflexión y ahí se emparenta más este libro con el ensayo que con la poesía. Sin embargo, traté que tuviera siempre un gran ‘aliento’ poético, por eso los apartados tienen una configuración poética y cada apartado tiene su final impactante, que es la manera como yo trabajo la poesía. Si la gente lo ve como poesía, lo recibo como el mejor elogio para el libro, pues es el arte literario por excelencia.

V.L.: ¿El espíritu catártico de la poesía que vive en usted fue lo que la impulsó a relatar este dolor?

P.B.: Sabes…no era la poesía, yo habría escrito hermosos poemas sobre Daniel y su vida, pero lo que me impulsó fue un aspecto más primario. Pertenezco a esa especie de seres humanos que no se sienten completos si no cuentan las cosas. Siento el mundo incompleto si no se narra. Las mujeres tenemos esa propensión, vivimos las cosas para contarlas. Las mujeres buscamos consuelo cuando contamos, creo yo; no sé si en los hombres pase lo mismo, ese es otro ‘agujero negro’ desconocido.

Esta fue una manera de desahogarme, pero dentro de unas normas, las de la literatura. Entonces tiene un componente diferente, una sofisticación y un enorme esfuerzo. Lo más esforzado de este libro fue encontrar la forma, lo cual en un momento de convulsión afectiva era paradójicamente sanador, en vez de rendirme al llanto, intelectualizar el evento es como un paracaídas, una forma de ir cayendo agarrado de una mano, en este caso, de la literatura.

V.L.: Ese diálogo constante que propone con muchos autores durante todo el libro ¿fue una manera de acompañar el relato? Más que citarlos, ¿les pidió que le ayudaran a recorrer ese camino?

P.B.: Sí, así fue. Bohumil Hrabal, escritor checo, escribió un libro que se llama ‘Una soledad demasiado ruidosa’ y uno de sus personajes decía “soy culto a pesar de mí mismo” porque bebía o chupaba las frases que, en su trabajo de compactador de papel, le gustaban. Entonces yo hice eso con los libros que leí. No son frases ornamentales o impactantes que simplemente puse ahí. Son una prueba de impotencia, lo que otros ya dijeron mejor que yo, dejo que ellos lo digan.

V.L.: De Edgar Allan Poe decían que podía escribir uno o dos relatos en una de sus acostumbradas borracheras, pero que un poema tardaba mucho más, que esos se ‘gestaban’ lentamente. ¿Cómo nace o se gesta en usted la poesía?

P.B.: Tengo un poema que dice “siete estómagos tiene el poema…” es un símil un poco prosaico porque después de los estómagos sabemos lo que sale, pero de lo que quiero hablar es que los poemas se gestan en las entrañas, pero increíblemente es a la inversa porque lo que salen son palabras. Lo primero que dispara un poema es la experiencia, que puede ser también intelectual, puede ser una visión o unas palabras que llegan, y ahí pasa un tiempo en gestación hasta que uno sabe qué sentido tiene escribir eso, y la última etapa es el proceso mismo de escribir, que es el verdaderamente apasionante. Uno no escribe para publicar, escribe para tener el placer de poner en palabras algo. Es una forma de meditar sobre el mundo, un estado de intensidad afectiva.

V.L.: Después de terminar el libro, de tantas entrevistas y de poner este testimonio tan íntimo al alcance de todos, ¿cómo vive Daniel en usted?

P.B.: Hay dos Danieles, el Daniel que el libro visibiliza, que está tan mediado por las palabras que no es necesariamente mi Daniel íntimo, entonces lo que sucede en las presentaciones es una extensión de lo que se construyó con el libro, una prolongación verbal. El Daniel más entrañable es uno del que no puedo hablar, porque es un Daniel que simplemente siento como una ausencia, no como una presencia.

V.L.: Y con cada vez que tiene que hablar de Daniel, así sea el del libro, ¿no está llamando también al más íntimo?

P.B.: Por momentos, cuando estoy hablando e internamente me conmuevo y recuerdo cosas que se apartan del libro, ese Daniel que está allá, el más íntimo… aparece. Verbalizar es conjurar el dolor, el verdadero dolor viene en el silencio, en los momentos de pura soledad, es ahí donde viene el Daniel de verdad.

V.L.: Daniel voló buscando el encuentro con la libertad, dice en el libro. ¿Fue una manera de llevar este gran dolor a un plano más profundo?

P.B.: Fue una de mis hijas la que dijo esa frase y ella que no es poeta logró crear la mejor metáfora para esa muerte, y a mí me liberó tanto cuando yo escuché eso.

Y dice el psicoanalista que el salto hacia el vacío es un regresar al vientre de la madre, así empieza uno de mis poemas, son palabras que significan que él vuelve a mis entrañas, eso pudo ser un invento de Freud, pero suena hermoso.

V.L.:¿‘Lo que no tiene nombre’ fue una manera de enfrentar el gran dolor?

P.B.: Hay muchas formas de enfrentar un dolor. Esta es la manera de alguien que sólo se puede expresar así. Este libro está escrito porque no podría no estar escrito. No lo hice como una forma inteligente de apalear el dolor, porque el dolor siempre estará ahí, de manera más atenuada, más serena, pero ahí está. Esta historia merecía ser contada y merecía ser leída.

V.L.: Después de tanto tiempo, tantas revoluciones, ¿para qué y por qué nos sirve y nos urge la poesía?

P.B.: La poesía nos vuelve a conectar con ese estremecimiento que produce estar vivo; bueno para la gente que tiene alguna sensibilidad. A esos momentos de pausa responde la poesía, ella está reproduciendo el temblor del asombro o la emoción de un misterio. Uno puede mirar los árboles y pensar ¡qué bonito!, pero también puede develar la vida y cuestionamientos sobre el origen de todo, entonces la poesía es el arte que toma esos momentos de sensibilidad y los trata de poner en palabras.

Publicado por: DAVID ORTIZ CASTAÑO

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