Bucaramanga
Jueves 16 de julio de 2026 - 07:06 PM

Los árboles que hicieron historia: legado de los coconumas de Bucaramanga

Conozca la historia de los coconumas: los últimos testigos de la Bucaramanga de 1860.

Esta imagen evoca la historia de la siembra de los famosos coconumas del ayer en el corazón de Bucaramanga. (Foto Archivo / Gavassa  / VANGUARDIA)
Esta imagen evoca la historia de la siembra de los famosos coconumas del ayer en el corazón de Bucaramanga. (Foto Archivo / Gavassa / VANGUARDIA)

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En el corazón del centro de Bucaramanga permanece una historia que desafía al tiempo. Es el ayer y el hoy de cuatro árboles de la especie coconuma que fueron sembrados hace 166 años y que, aunque muchos creyeron que desaparecerían, todavía sobreviven en la memoria de la ciudad.

Dicen que los árboles mueren de pie, pero este caso es distinto: ellos continúan vivos entre recuerdos, trasplantes y leyendas que han pasado de generación en generación.

Todo comenzó en 1860, cuando, por disposición del alcalde de la época, fueron sembrados cuatro coconumas en las esquinas de las carreras 10 y 11, entre calles 35 y 37, alrededor del parque García Rovira.

Cada árbol tuvo un protector: el de la esquina nororiental fue costeado por el jefe del Departamento, Timoteo Hurtado; el de la iglesia San Laureano, por el párroco Francisco Romero; el de la capilla de Los Dolores, por el alcalde Juan Nepomuceno Bretón; y el cuarto, por el Juez Superior del Circuito.

La bella historia de los árboles coconumas, situados en el centro de Bucaramanga. (Archivo/VANGUARDIA)
La bella historia de los árboles coconumas, situados en el centro de Bucaramanga. (Archivo/VANGUARDIA)

Con el paso de los años, aquellos árboles se convirtieron en guardianes silenciosos de Bucaramanga. Bajo su sombra desfilaron generaciones enteras, vieron pasar carruajes, tranvías, automóviles y el incesante movimiento de una ciudad que crecía a su alrededor. Fueron testigos de celebraciones, protestas, encuentros cotidianos y despedidas. Mientras el paisaje urbano cambiaba y los edificios reemplazaban antiguas casonas, ellos permanecían allí, firmes, como si custodiaran los recuerdos de una Bucaramanga que poco a poco se fue desdibujando.

Hoy, quienes aún recuerdan aquellos enormes coconumas hablan de ellos con la misma nostalgia con la que se evocan las calles empedradas, las plazas tranquilas y las tardes en las que el centro era el punto de encuentro de toda la ciudad. Sus ramas ya no cobijan a los transeúntes de hace un siglo, pero su historia sigue viva en las conversaciones de los mayores, en las fotografías amarillentas y en la memoria colectiva de quienes se resisten a dejar que desaparezca uno de los símbolos naturales más antiguos de Bucaramanga.

Sin embargo, el tiempo también dejó sus huellas. El primero de los cuatro cayó y fue reemplazado por una especie diferente, mientras los otros luchaban por permanecer como símbolos vivos de una época antigua.

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Claudio Rafael Gómez Ortiz lideró varias campañas para sembrar árboles en el separador de la autopista a Floridablanca y a Piedecuesta. (Archivo / VANGUARDIA)
Claudio Rafael Gómez Ortiz lideró varias campañas para sembrar árboles en el separador de la autopista a Floridablanca y a Piedecuesta. (Archivo / VANGUARDIA)

La historia tomó un nuevo rumbo a finales de los años noventa, cuando el ambientalista Claudio Gómez Ortiz, dedicado durante gran parte de su vida a arborizar la ciudad, rescató el legado de los coconumas. Al salir de la Gobernación de Santander recogió algunas semillas que el histórico árbol de San Laureano dejaba caer sobre el atrio de la iglesia. Con ellas sembró un nuevo ejemplar entre el Parque de Los Leones y el Parque de Las Américas, buscando que la memoria del viejo árbol continuara creciendo.

Este registro, de Gavassa, muestra uno de los cuatro coconumas en los años 60.
Este registro, de Gavassa, muestra uno de los cuatro coconumas en los años 60.

Aquel pequeño retoño se convirtió en la esperanza de una especie que parecía condenada a desaparecer del paisaje urbano. Gómez Ortiz siguió de cerca su desarrollo y, años después, cuando el antiguo coconuma de San Laureano sucumbió, aquel nuevo árbol representó la posibilidad de mantener viva la historia. Por eso lo bautizó como “Bienvenido coconuma”, un nombre que resumía el regreso de un símbolo natural a Bucaramanga.

Uno de los árboles cayó y causó una tragedia, en inmediaciones del Templo de San Laureano. (Archivo/VANGUARDIA)
Uno de los árboles cayó y causó una tragedia, en inmediaciones del Templo de San Laureano. (Archivo/VANGUARDIA)

El 29 de marzo de 2007 ocurrió uno de los episodios más dolorosos para la memoria ambiental de la ciudad: el histórico “coco cristal” de San Laureano murió. Sus raíces no resistieron más el abandono y el deterioro. La caída del árbol provocó daños materiales, afectó puestos ambulantes, destruyó un automóvil, dejó varias personas heridas y causó la muerte de una mujer que salía en ese momento de la iglesia. Más que la pérdida de un árbol, Bucaramanga sintió la desaparición de un testigo de casi siglo y medio de historia.

Registro noticioso de Vanguardia, cuando el árbol fue trasplantado en inmediaciones del templo de San Laureano. (Archivo/VANGUARDIA)
Registro noticioso de Vanguardia, cuando el árbol fue trasplantado en inmediaciones del templo de San Laureano. (Archivo/VANGUARDIA)

Pero la historia del coconuma no terminó allí. El 5 de octubre de 2007 se acondicionó el lugar para realizar el trasplante del Lecythis mesophylla y, siete días después, el 12 de octubre, “Bienvenido”, un árbol de aproximadamente cinco metros de altura, ocupó finalmente el lugar de su antecesor.

El 'coconuma hijo' se levanta en las gradas del templo de San Laureano.
El 'coconuma hijo' se levanta en las gradas del templo de San Laureano.

Hoy, el único coconuma original que permanece en pie es el ubicado en el costado nororiental, cerca de la Plaza Cívica. Sin embargo, gracias al trasplante y al esfuerzo por preservar la especie, el legado continúa vivo. Sus ramas siguen narrando la historia de una Bucaramanga que creció bajo su sombra, de generaciones que encontraron en ellos un punto de referencia y de un árbol que, contra todo pronóstico, logró vencer al olvido.

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