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Domingo 17 de noviembre de 2013 - 12:57 PM

Entretelones de la vida de J. F. Kennedy

¿Qué reveló la muerte del carismático Presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy? A continuación, un recorrido por algunos aspectos que marcaron su vida privada, así como su mandato.

Entretelones de la vida de J. F. Kennedy (Foto: Archivo/VANGUARDIA LIBERAL)
Entretelones de la vida de J. F. Kennedy (Foto: Archivo/VANGUARDIA LIBERAL)

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Publicado por: EDUARDO MUÑOZ SERPA

Los disparos de arma de largo alcance que a las 12:30 horas del viernes 22 de noviembre de 1963 pusieron fin a la existencia del 35° Presidente de E.U, cuando en limosina descapotada atravesaba la plaza Dealey de Dallas (Texas), no consiguieron matar la leyenda de la vida inacabada de John Fitzgerald Kennedy, ni sepultar el atractivo esplendor de su mito, pese a todo lo que durante medio siglo se ha escrito sobre las sombras de su comportamiento.

¿Por qué? Por la sólida barrera invisible que en torno suyo han levantado el “ángel” de su figura, su forma de ser y visión de las cosas.

Entretelones de su vida

Con la muerte de John F. Kennedy se corrió el telón que cubría su vida privada, sobresaliendo su salud y la idea que sobre ella tenía el planeta que lo consideraba el paradigma del norteamericano, exitoso y atlético.

Otra era la realidad, ya que desde su adolescencia tuvo una salud precaria y pasaba de una enfermedad a otra,  desconcertando a sus médicos. Padeció hasta su muerte la enfermedad de Addison, problemas de espalda y columna vertebral, afecciones urinarias, suprarrenales, de colon, de estómago y colitis; por eso tomaba medicamentos como sulfato de codeína, inyecciones de procaína, penicilina, cortisona, bentyl, lomotil, transentine, elixir paregórico, ritalin, analgésicos y anfetaminas. Y súmense diarias sesiones de natación, ejercicios terapéuticos, masajes y terapias de calor.

JFK y las mujeres

Difundida sombra de su vida fue su donjuanismo, que para él era una diversión que le aliviaba de las tensiones diarias. Muchas fueron sus aventuras con diversas mujeres como la secretaria de prensa de su esposa, secretarias y becarias de la Casa Blanca, Judith Campbell, estrellas de Hollywood, y la lista es incompleta. Sin embargo, ninguna andanza puso en peligro su matrimonio con Jackeline Kennedy.

El temperamento de su esposa, su permanente y hermosa sonrisa, la forma como le tranquilizaba cuando enfrentaba difíciles situaciones y la suavidad con que insinuaba caminos  en la toma de decisiones, fueron  siempre un oasis.

Ella observó una actitud digna y discreta ante los devaneos de su esposo y pese a que no disfrutaba de la política, ni de sus obligaciones como primera dama, las aceptó por ser la esposa de un líder político.

 A John Kennedy le sacaba de casillas los despilfarros de Jackie. En 1961 y 1962 los gastos personales de ella sobrepasaron el salario anual de cien mil dólares de su esposo y casi la mitad de tal dinero lo gastó en ropa.

Robert, su otro yo

Para el Presidente fue vital la fraterna relación que mantenía con su hermano Robert, quien era el segundo funcionario más poderoso de su gobierno.

Este fue su complemento político, su celoso protector, entre ambos había una comunión perfecta que fue el núcleo central del gobierno que abruptamente terminó el 22 de noviembre de 1963.

Robert, desde que se enteró del crimen, se dedicó a construir las líneas del asesinato, a buscar la verdad, a unir las piezas del rompecabezas y estaba convencido de que lo había matado el “enemigo interno”.

En tanto, J. Edgar Hoover desde siempre dijo que el asesino había sido Lee Harvey Oswald, en solitario. Para Robert fue una conspiración.

Durante 50 años estas dos hipótesis del asesinato han sido confrontadas; ninguna ha logrado imponerse sobre la otra.

¿Homicidio? ¿Conspiración?

El jefe de los Servicios Secretos de entonces, James Rowley y Roy Kellerman, veterano agente del servicio secreto, quien iba en el puesto delantero de la limosina presidencial cuando ocurrió el crimen, le dijeron a Robert Kennedy: “El Presidente fue abatido por fuego cruzado de tres o cuatro tiradores” según el primero; el segundo expresó: “El asesinato no fue obra de un hombre solo… tienen que haber sido más de tres tiros, fue como una lluvia de proyectiles sobre el vehículo”. Robert Kennedy siempre consideró que el crimen fue producto de una conspiración fraguada entre un sector oscuro de los exiliados cubanos, la mafia y un sector del Pentágono y los servicios de seguridad, que estaban incómodos por la línea presidencial de Kennedy.

Llegada del cadáver a Washington

El médico personal del Presidente, almirante George Burkley, intentó durante el vuelo de Dallas a Washington persuadir a Jackeline de cambiarse su traje Chanel de color rosa, pues estaba manchado de sangre de su esposo; ella le respondió: “No, dejemos que vean lo que han hecho”.

Poco antes de que el avión presidencial aterrizara esa noche en la base Andrews, los amigos del Presidente, por insinuación de Jackie, decidieron que ellos bajarían el féretro a tierra y eso le comunicó la Primera Dama al general de brigada Godfrey McHugh, quien respondió: “El Ejército está preparado para sacar el ataúd… despejen la zona”.

La autopsia

En el hospital naval de Bethesda, donde se practicó la autopsia al cadáver, hubo dos escenarios, separados entre sí  por un duro e incómodo muro invisible.

Jackie, Robert y varios hermanos Kennedy y allegados se ubicaron en una suite del piso 17, ajenos a lo que ocurrió en la morgue; en ella 30 militares, hombres del servicio secreto y agentes del FBI, diciendo ser testigos del  examen postmortem, se tomaron el lugar y expulsaron al médico del Presidente, el almirante Burkley, quien se trasladó a la suite del piso 17.

La autopsia fue practicada por tres forenses inexpertos, bajo la supervisión de altos mandos militares; duró ocho horas. Además, el acta de la autopsia, elaborada bajo supervisión militar, contradice dos documentos de importancia criminalística: El elaborado por los cirujanos que en urgencias del hospital de Parkland, de Dallas, examinaron al Presidente cuando estaba moribundo, y el certificado de defunción suscrito por su médico personal, almirante Burkley.

Los médicos del hospital de Parkland, en Dallas, dejaron constancia de hallar una herida de entrada de bala en la garganta, disparo hecho de frente; la autopsia señala que fue un disparo hecho por la espalda.

Antes del sepelio, cuando el secretario de defensa, Robert McNamara y varios generales fueron al cementerio de Arlington a escoger dónde se sepultaría el cadáver, cayó un fuerte aguacero y McNamara estaba sin gabardina, sombrilla, ni sombrero; ninguno de los generales, pese a tener gabardinas y sendas sombrillas, ofreció protección a su superior inmediato.

El cadáver de John Kennedy fue sepultado en lo alto de una colina, en el mismo sitio en que él, en una visita que hizo a tal cementerio semanas antes de su asesinato, viendo la vista que desde allí hay sobre el río Potomac y el Lincoln Memorial, dijo: “…Sería hermoso quedarse aquí…”. Semanas después reposó para siempre en tal lugar.

TENSIONES EN LA ADMINISTRACIÓN KENNEDY

En el seno de ella había oscuras tensiones como:

* La lucha de los Kennedy contra la burocracia y los grupos de poder de Washington.

* La pugna con la línea dura de los organismos de seguridad.

* El propósito que tenían de reestructurar a la CIA, a la que culpaban del desastre en Bahía Cochinos.

* La mafia, amiga de su padre, a la que ellos desde el poder le declararon la guerra.

* Un oscuro sector de exiliados cubanos que tenía fuertes lazos con la mafia.

Publicado por: EDUARDO MUÑOZ SERPA

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