A través de un ejercicio de memoria, de recoger voces, fotografías y documentos, Liliana Silva Duque mantiene vivo el recuerdo de su papá, el médico legista Luis Silva Segura, militante del Nuevo Liberalismo y amigo de Rodrigo Lara Bonilla, desaparecido en Puerto Boyacá en 1984.



Publicado por: Xiomara Montañez Monsalve
Liliana Silva Duque (43 años) cuenta que es difícil que, después de tanto tiempo, se mantengan presentes los recuerdos de su padre, el médico legista y concejal de Puerto Boyacá, Luis Silva Segura. Ha luchado hasta el cansancio por no dejarse ganar de lo que llama “un propósito de la desaparición forzada”, una especie de capa que arropa a las víctimas y que desde hace más de treinta años, se ha apoderado de su pensamiento, la existencia y la cotidianidad de los seres queridos que la han rodeado y acompañado.
Creció con un sentimiento de vacío y cada vez que puede regresa a los cinco años de edad, cuando Luis Silva aún vivía y su mamá la llevaba desde Bogotá hasta Puerto Boyacá (Boyacá) para las reuniones familiares de fines de semana.
Fue gracias a ese ejercicio para no perder los recuerdos de su papá, que Liliana notó que en las fotografías de fiestas de cumpleaños y de encuentros con amigos, su padre aparecía acompañado de Luis Carlos Galán Sarmiento y de Rodrigo Lara Bonilla, e incluso, junto al expresidente Belisario Betancur.
Se dio cuenta que su padre no era un hombre común y corriente, que estaba conectado con algo grande, que no era un médico en cualquier municipio de Colombia, que era influyente en un territorio que para la década de los años ochenta se había declarado como antisubversivo, y que eso coincidía con el auge de la representación política de miembros de la izquierda, en escenarios como el Concejo de Puerto Boyacá.
Entendió que familias como la suya permanecían en duelo, que la arremetida paramilitar de aquel entonces dejó a viudas y huérfanos con los que debía hablar para conocer y armar la verdadera historia de lo que le ocurrió a su papá. Supo que así como Luis Silva fue asesinado y su cuerpo desaparecido, sus amigos, compañeros y líderes del Nuevo Liberalismo, Benjamín Quiñones Ortega y Martín Torres (exalcalde de Puerto Boyacá), que movían las bases de Galán y Lara Bonilla en esa región, murieron en la misma época.
“Empecé a mirarnos a nosotros como familia en medio de esa realidad”, asegura, y al reconocer que no pudo preguntarles qué fue lo que pasó, y que algunos de los que están vivos no están interesadas en contárselo, “porque ha sido así”, decidió ir y buscar a las personas que pertenecían a la cotidianidad de ese entonces. “Ahí fue cuando me hizo clic mi historia, y a través de ejercicios de memoria histórica, de la mano de investigadores del Centro Nacional de Memoria Histórica como Camilo Villamizar Hernández y Juan Alberto Gómez Duque, encontré el testimonio de una persona que conoció a mi papá, que era su paciente. Sentí que me reconecté con él”, reconoce Liliana Silva.
“Este era mi padre”
Luis Silva Segura era oriundo del Huila. Su papá, Luis María Silva, había sido alcalde del municipio de Baraya en dos ocasiones. Pertenecía al partido Conservador. La educación de sus hijos fue prioridad para la familia y, por eso, Silva y sus hermanos viajaron a Bogotá a cursar estudios universitarios. En la Universidad Nacional de Colombia, Luis se graduó como médico y terminó ejerciendo la profesión en Puerto Boyacá. A principio de la década de los ochenta se vinculó al partido Nuevo Liberalismo, una fracción independiente del Liberal, liderado por Luis Carlos Galán, Rodrigo Lara Bonilla, Enrique Pardo Parra y Álvaro García Herrera, quienes iniciaron la búsqueda de líderes en todo el país, para que sus ideas no se quedaran solo en Bogotá.
En su investigación, Liliana encontró que las familias Lara y Silva habían sido cercanas, incluso, desde que Rodrigo y Luis eran niños, pero no es mucho lo que ha podido recopilar hasta ahora. Lo que sí pudo establecer fue que Lara se comunicó con su padre y lo convenció para que se vinculara al partido. Fue así como en las elecciones locales de Puerto Boyacá de 1984, Silva fue elegido concejal. Martín Torres y Benjamín Quiñones, también lo fueron, hasta que la visita de Galán Sarmiento en enero de ese año, cambió el panorama para estos líderes políticos.
Torres, Quiñones y Silva fueron los encargados de la logística del evento. El 24 de enero asesinan a Benjamín Quiñones. Su familia lo encontró sin vida en la puerta de la casa. El primero de marzo, hombres armados le dispararon al concejal Martín Torres, exalcalde de Puerto Boyacá, cuando estaba en el parque del municipio. La orden de ambos homicidios fue dada por jefes paramilitares de la Asociación Campesina de Ganaderos y Agricultores del Magdalena Medio (Acdegam): Gonzalo Pérez, Henry Pérez, Luis Enrique Tobón y Pablo Emilio Guarín.
Luis Silva solicitó una reunión con su amigo, el ministro de Justicia Rodrigo Lara, para dar a conocer lo que ocurría en esa región y contar que lo habían amenazado. La cita nunca se concretó. El periodista de investigación Alberto Donadío Copello, en una columna publicada en la revista Semana (6 de mayo de 2023), recordó que si bien ese encuentro se pactó para el 9 de abril y que lo acompañaría Germán Riaño Cano, jefe del Nuevo Liberalismo en Boyacá, “por un intento de robo en su casa y porque un taxi intentó arrollarlo la víspera, el doctor Silva canceló la cita”. No obstante, el 10 de abril, se perdió su rastro para siempre.
“Mi padre había recibido amenazas. Le pedían que modificara la versión de sus informes de Medicina Legal, de sus necropsias, porque lo que él estaba encontrando en la morgue del hospital José Cayetano Vásquez eran cadáveres con señales de tortura en pies y manos, y que no coincidía con la teoría de que habían sido guerrilleros caídos en combate. Mi papá empezó a evidenciar que era población campesina, civiles, que estaban muriendo en medio del fuego cruzado”, narra Liliana.
Silva también fue despedido. Ella asegura que tiene en su poder una carta que su padre le envió al director de Medicina Legal de ese entonces, en la que preguntaba cuáles eran las razones del despido de un cargo en el que llevaba siete años y en la que además aseguraba que nada tenía que ver con la clase política de ese momento, relacionada con el narcotráfico.
Para Liliana, armar este mapa de recuerdos y emociones tiene mucho sentido: “Deben empezar a entender que los hijos de las personas desaparecidas no sentimos que nos hemos quedado huérfanos. Una vez ocurrió la desaparición, para los hijos de los desaparecidos nuestros papás no están muertos, y siempre guardamos la esperanza de que regresen”.
Para ella, en ese entonces una niña de cinco años, Luis “estaba perdido, en medio de un lugar selvático”, y le era fácil, a partir de imágenes, conectarse con él, pero no lo era tanto para los adultos, por ejemplo, para su mamá, que debía tratar de explicar lo que ocurría a toda la familia.
“Estamos hablando del año 1984, no se entendía qué era la desaparición forzada. Las primeras versiones o hipótesis que manejaron los adultos de mi familia era que mi papá posiblemente se lo había llevado la guerrilla a un campamento para atender pacientes. Lo segundo era que lo habían secuestrado porque mi abuelo era ganadero en Huila y las Farc lo había secuestrado años antes, en dos ocasiones. Ahora entendemos que la desaparición de mi papá y la muerte de Rodrigo Lara Bonilla (30 de abril de 1984) veinte días después, en Bogotá, tenían coincidencia”, explica Liliana Silva.
“No busque más a su papá”
Esto fue lo que les dijo Oscar de Jesús Echandía Sánchez a Liliana Silva y a su mamá, el día que se encontraron cara a cara para conocer qué había ocurrido con Luis. Para 1982, de acuerdo con el informe ‘El Estado suplantado’. Las Autodefensas de Puerto Boyacá, del CNMH, Echandía se desempeñaba como alcalde militar de Puerto Boyacá. Estuvo en las primeras reuniones donde se promovió la creación de las autodefensas en ese municipio y a las que también asistieron representantes de la Texas Petroleum Company, del Comité de Ganaderos como Gonzalo Pérez y su hijo Henry de Jesús Pérez, además de militares del Batallón Bárbula y políticos locales.
En declaraciones al DAS (extinto Departamento Administrativo de Seguridad), Echandía dijo que se “organizó el cuerpo de autodefensas” a los que denominaban Masetos o MAS, entre junio o julio de 1982, y que en diciembre del mismo año “ya Puerto Boyacá estaba limpio de guerrilla”, dice el informe del CNMH.
Su hermano, Alejandro Echandía, alias ‘Chocolate’, también participaba en el grupo paramilitar. Fue señalado por Ramón Isaza, fundador de Los Escopeteros o Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio, como el encargado de hacer los pagos a los paramilitares.
“Mi mamá y yo hicimos un listado de personas con las que sería interesante hablar y fue cuando supimos de Echandía. Un amigo periodista me ayudó a conseguir su teléfono. Intenté contactarme con otras víctimas, pero no obtuve respuesta. ¿Sabe? Es increíble cómo muchas veces no se conoce la verdad por la misma falta de solidaridad entre las víctimas. Todos hacen su proceso de forma diferente, así es como lo veo o como trato de manejar la frustración cuando no me atienden”, relata Liliana.
De ese momento, ella recuerda que lo primero que hizo Echandía fue abrirse la camisa y mostrarle la cicatriz de una hernia que el médico Luis Silva le había operado: “Me impresionó mucho porque hizo evidente la cercanía que tenía mi papá”.
Liliana y su mamá supieron que el asesinato de su papá fue ordenado por el paramilitar Henry Pérez y se enteró de otros detalles de lo que le sucedió ese día mientras él montaba bicicleta con su amigo Raúl Cortés: “No lo busque más, porque a su papá le abrieron el estómago, lo llenaron de piedras y lo lanzaron al río Magdalena. Después de 30 años, no va a encontrar nada. Se convirtió en comida para los peces. No lo busque más, porque eso permite que el alma de la persona descanse”.
Todo fue confuso para ella y más aún cuando al salir del lugar reaccionó y le dijo a su mamá, “solo yo había mantenido la esperanza de que mi papá aún estuviera vivo”. Echandía también le contó que toda la información que recibió fue a través de su hermano alias ‘Chocolate’.
“Por el rol que este hombre tuvo en esa época, es muy posible que él esté contando lo que pasó. En los informes que entregaron los investigadores al DAS, se hablaba de una tienda al lado del camino en donde mi papá y Raúl pararon a tomar un refresco luego de montar bicicleta y cómo los había visto ingresar al Batallón Bárbula”, explica Liliana. Y agrega que “Oscar me dijo que a mi papá no lo desaparecieron dentro del batallón, que lo torturaron durante una noche, al día siguiente lo asesinaron, y se deshicieron del cuerpo de él en el río Magdalena”.
Fue así como además de cerrar ese capítulo de su vida, esta mujer de 43 años de edad, abrió uno nuevo que le mostró que debe iniciar su recorrido por Puerto Boyacá.
Y así lo hizo en noviembre de 2022. Allí reconoció el batallón, la finca casi en ruinas de Henry Pérez; se acercó al río que tantos cuerpos se llevó. Una vez más puso en perspectiva su historia.
El proceso de escritura
Lo vivido por Liliana Silva se ha decantado poco a poco en su vida gracias a la escritura. Como ocho firmantes de paz y once víctimas del conflicto armado, decidió participar en los talleres de escritura testimonial que realizó la Alcaldía de Bogotá, a través de la Alta Consejería de Paz, Víctimas y Reconciliación, y el Instituto Distrital de las Artes, Idartes, entre octubre y noviembre de 2022.
Hombres y mujeres como Liliana ven sus historias -o parte de estas- plasmadas en Letras para la paz, una publicación que se lanzó en la Feria del Libro de Bogotá, Filbo 2023. La de ella lleva por título ‘Esta historia no se calla’.
“Mi familia pensó que al estar acá en Bogotá, rodeada de afecto, de cariño, de amor, de recibir una buena educación en buenos colegios y en la universidad, yo iba a poder dejar esto atrás y sanar. Fue una decisión personal armar el mapa de lo que pasó con mi papá, de la que he tenido que convencer a mi esposo, a mi mamá, a mi familia. Creo que es un proceso que solamente puede hacer un hijo o una persona con ese vínculo con la víctima, que se decida a dignificar esa memoria sin importar qué se vaya a encontrar en el camino”.
Liliana asegura que estas son historias que algunas víctimas callan porque esto obedece a la cultura de la negación y del miedo que persiste en Colombia: “Las familias suelen dejar de lado lo feo, lo que no nos gusta, lo que nos duele. Vivimos en una sociedad que se le olvida o que saca conclusiones y toma partido muy fácil, sin conocer muy bien qué fue lo que pasó con su país y durante las últimas décadas”.
No todo ha sido negativo en este proceso. En su viaje por las sendas que su papá transitó, conoció a un Luis Silva que la reconectó con su esencia de mujer fuerte y sensible, amante de la vida: “Él fue una persona entregada a su causa, reconocido por su labor social; un médico en que muchas veces no cobraba las consultas, facilitaba dinero para que la gente pudiera comprar sus medicamentos y pagar sus tratamientos médicos, y era un político de verdad”.














