Juan Castañeda, un campesino artesano de Bolívar, Santander ha dedicado 50 años de su vida a transformar la naturaleza en arte. ‘Calabazos’ y ‘totumas’ se toman las fiestas de los pueblos para revivir la tradición del campo en las ferias locales.

Con diez años, Juan Castañeda se paseaba de feria en feria como integrante de grupos folclóricos. Sin embargo, la plata que ganaba en esas jornadas se esfumaba rápidamente, dejándolo de regreso en su pueblo sin un peso en el bolsillo.
Nació en Bolívar, Santander. Hijo de campesinos y arraigado a las tradiciones santandereanas, se dio cuenta de que la verdadera oportunidad no estaba en el escenario, sino en la creación y venta de instrumentos típicos, que se usaban en las ferias de los pueblos.
Veía especialmente en los calabazos una oportunidad, pues bebidas típicas como la chicha y el guarapo eran empacadas en ese recipiente natural. Hombres y mujeres cargaban a su espalda un calabazo en dichos festejos.

Fue a los 16 años, cuando Juan se dedicó por completo a su negocio. Los calabazos, esos frutos secos no aptos para el consumo humano, se convirtieron en su materia prima principal. Mediante un cuidadoso proceso los empezó a transformar en un recipiente natural que se usaba diariamente en el campo “era el único recipiente donde se podía cargar agua antiguamente, no teníamos plásticos”.
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Se siembra el ‘bejuco’, y cada seis meses nos brinda su fruto
Cuando le preguntamos sobre cómo se veía el árbol, él amablemente nos corrigió: “no es un árbol, es un bejuco”, ilustrando la diferencia: un árbol continúa dando cosechas a lo largo de los años, mientras que un bejuco tiene un ciclo de cosecha y muere.

El proceso adicional, para obtener calabazos listos para la venta, le lleva aproximadamente seis meses. “Primero los lavamos meticulosamente”, detalló, “Con la segueta, retiro la parte superior para darles forma”. Luego, nos sorprendió al mencionar cómo una tusa del maíz cabuya, una variedad de maíz más pequeña, se transformaba de manera creativa en la tapa perfecta para los calabazos, añadiendo un toque distintivo al producto final.
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24 semillas diferentes
Juan sostenía en sus manos un tesoro de 24 semillas diferentes de calabazo, cada una representando una forma única y llamativa. Algunas semillas daban calabazos más altos, otros más anchos o alargados, creando una diversidad visual fascinante. Con orgullo, nos compartió que algunos de sus calabazos podían alcanzar impresionantes 70 centímetros de altura, resaltando la habilidad de la naturaleza para crear formas y tamaños.

A sus 72 años, Juan reflexiona con nostalgia después de más de cinco décadas dedicadas a sus actividades artesanales. Observa con melancolía cómo la juventud de hoy en día ya no abraza las siembras con la misma pasión y entusiasmo de antes.
“Ya no se preocupan por trabajar en una huerta; este tipo de labor ya no les emociona”, lamenta. Recuerda con nostalgia los tiempos en los que la llegada de la siembra de maíz o de rosas era motivo para celebrar. “Uno se alistaba como para una fiesta”
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En aquellos encuentros, llevar un calabazo era mostrar con orgullo un recipiente cultivado con sus propias manos. “Para las fiestas yo me hacía un vino y lo dejaba ‘curando’ unos años”, añade con una chispa de orgullo en sus ojos. “Solo repartía un trago de prueba, y ese sabor que le daba el calabazo era único”, concluye, rememorando esos momentos de alegría.
Además de los calabazos, otro accesorio esencial para servir las bebidas eran los pequeños totumos. Estos, provenientes de árboles, formaban el dúo natural perfecto junto con los calabazos para acompañar las fiestas tradicionales con autenticidad y encanto.

Es interesante destacar que estos famosos recipientes alguna vez fueron comercializados por la reconocida marca ‘ZARA’ bajo el nombre de Eco Bowls, ofreciendo juegos de cuatro unidades por 60 dólares, equivalente a más de 200 mil pesos colombianos. En contraste, Juan los ofrece a tan solo 7 mil pesos cada unidad, permitiendo que esta tradición se mantenga arraigada en la cultura local.
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Esto es TOTUMAS, la tasa del pobres, servían para tomar café, beber caña y aguardiente, Ahora lo tienen en tiendas ZARA HOME y el juego de 4 TOTUMAS, que ahora se llaman ECO-BOWLS, cuesta como 60 dólares pic.twitter.com/AHo1NHrfVi
— Jose Mendez A. (@cheomb) June 5, 2023
Festivales prohíben uso de plástico en sus desfiles
En las ferias de los pueblos, existe una exigencia creciente de evitar el uso de elementos plásticos, optando en su lugar por materiales directamente provenientes de la naturaleza. Esto se debe a dos razones fundamentales: la primera es la preocupación por reducir la contaminación ambiental, y la segunda está vinculada a preservar y honrar las costumbres ancestrales arraigadas en la comunidad.

Juan recuerda un día en especial, cuando un decreto para participar en desfiles festivos prohibió la presencia de vasos de plástico. En respuesta, logró vender tres bultos de totumos, “La gente hacía fila para comprar”.
Con una chispa de humor, recuerda una anécdota de ese día: un amigo no tenía para comprar la totuma y quería tomarse un guarapito y yo le regalé una para que recibiera todo el guarapo que quisiera. Al otro día me lo ‘tope’ tirado en un andén durmiendo, dijo entre risas, estuvo bueno el guarapo”.
Su popularidad no se limita solo al pueblo, sino que sus ventas se extienden hasta localidades como Socorro, San Gil, Bucaramanga y Chiquinquirá.
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Cuando tiene la oportunidad, Juan participa en ferias artesanales. Una pequeña estufa lo acompaña en sus recorridos: “tengo la pitadora ahí”, afirma mientras la saca de una bolsa. Hago mercado antes de que arranque la feria y me hago una carne sudada, un fríjol verde y me preparo mi tinto”.
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“Trabaja fuertemente”, relata su hija, Marisol: “es un excelente padre, nosotros somos tres hijos y él nos ayuda cuando puede, sobre todo con nuestra madre que está muy enferma”. Marisol admira su entrega, tenacidad y pasión por ese trabajo que le produce tanta alegría desde hace más de 50 años.
















