Desde niños que donaron sus tesoros hasta el heroico viaje de dos venezolanas que superaron 12 horas de averías y obstáculos para entregar esperanza, este es el relato de cómo una comunidad entera decidió ponerse de pie frente a la tragedia ajena.

La madrugada de Bucaramanga es fría, pero a las 2:00 a. m. del pasado viernes 3 de julio, en el pasillo de Vanguardia, el aire se calentó con un motor que tosía, protestaba y, finalmente, se rendía. No era un camión cualquiera. Era un armatoste de hierro viejo, cubierto de polvo y sueños, que acababa de llegar después de una travesía de 12 horas.
Al lado del conductor iban Yosmary Gabriela Molina y Moina Xiolenny Angulo, dos mujeres venezolanas que, aunque llevan años lejos de su tierra, encontraron la manera de estar cerca ayudando a los damnificados del terremoto.
Ellas viven en San Martín del Lobo, un corregimiento en El Banco, Magdalena. Cuando la noticia del terremoto en Venezuela llegó a sus rincones, estas dos mujeres no se quedaron a mirar el desastre desde la pantalla de un celular. Se lanzaron a las calles de su pueblo adoptivo, recorrieron casa por casa, tienda por tienda, explicando entre lágrimas y esperanza que su gente, al otro lado de la frontera, lo había perdido todo. Sus vecinos colombianos, gente de manos humildes pero corazón inmenso, respondieron.

No tenían dinero, pero tenían granos, ropa, cobijas y, sobre todo, la empatía que solo reconoce quien ha tenido que partir.
El viaje debía durar cinco horas, pero el destino tenía otros planes. En pleno trayecto, cuando la noche cayó como un telón de plomo, el viejo camión decidió que ya no podía más. Las luces, de repente, se apagaron, dejando el vehículo sumido en una ceguera total en medio de la soledad del camino.
“Nos quedamos sin luz. Un bus casi nos mata porque se nos vino; obviamente no nos vio porque nosotros íbamos sin luz. El señor volteó para un lado y él volteó para el otro; si no, mejor dicho... A ese camión le sonaba hasta la vida. En un momento nos quedamos sin frenos. Eso sonaba como si se fuera a desarmar”, relata Yosmary Gabriela Molina.
Cualquier otra persona se habría rendido allí, bajo el peso de la frustración. Ellas no. En medio de la oscuridad y el miedo a los peligros de la ruta, bajaron del camión. Con la fuerza que solo da el amor por los suyos, empezaron a empujar. Empujaron hasta que las piernas les temblaron, hasta que el aliento les faltó y hasta que, por pura voluntad, lograron que el motor volviera a dar una señal de vida. Avanzaron luchando contra la varada, contra el sueño y contra la desolación de una vía que parecía no tener fin.

“¿Tú sabes qué es salir a las 3:00 de la tarde de El Banco, Magdalena, a Bucaramanga y gastarnos 12 horas? No, imposible. Normalmente son 5 o 6 horas. Nosotras estábamos que no podíamos. Aparte, el camión venía como una tortuga. Nosotras caminábamos y creo que hubiéramos llegado más rápido. Para comer eso fue una locura. Nos tocó comer, como quien dice, lo que medio conseguimos, porque no se podía parar en ningún lado ni apagar el camión, porque después otra vez nos tocaba empujarlo”, afirmó Yosmary Gabriela Molina.
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Cuando finalmente llegaron a las instalaciones de Vanguardia en Bucaramanga, eran casi las 2:00 de la mañana. Ellas no venían a posar para una foto; venían a cumplir una promesa, porque se puede estar lejos de la tierra que nos vio nacer, pero siempre encontraremos la manera de estar cerca.
“Yo tengo 9 años en Colombia. Nací en Caracas. Mi familia, mi mamá, mis abuelos son de Mérida, pero vivieron muchos años en la capital. Tengo mucha familia que vive allá. Por eso hicimos esa bonita labor. Tengo una tía que se quedó sin prácticamente nada. Mi hermano también se quedó sin nada”, contó Yosmary Gabriela Molina.
Esa es la verdadera crónica de estos días: no es el camión ni los víveres, es la tenacidad de quien sabe que, aunque esté lejos, nunca dejará de ser patria. Verlas ahí, agotadas pero con la satisfacción de haber llegado, nos recordó que la solidaridad no es un concepto abstracto. Es algo que pesa, que se empuja y que, aunque el camino se apague, siempre encuentra la forma de llegar a su destino.
Yosmary Gabriela Molina y Moina Xiolenny Angulo no solo trajeron ayudas; trajeron la certeza de que, mientras exista una voluntad que se niegue a detenerse, ninguna frontera será lo suficientemente grande para separar a nuestra gente.















