Agro
Domingo 05 de julio de 2026 - 01:00 AM

¿Quién heredará el campo colombiano?

Más allá del cambio climático o los altos costos de los insumos, la agricultura colombiana enfrenta su crisis más silenciosa: el envejecimiento de sus productores y la falta de un relevo generacional.

Más allá del cambio climático o los altos costos de los insumos, la agricultura colombiana enfrenta su crisis más silenciosa: el envejecimiento de sus productores y la falta de un relevo generacional.
Más allá del cambio climático o los altos costos de los insumos, la agricultura colombiana enfrenta su crisis más silenciosa: el envejecimiento de sus productores y la falta de un relevo generacional.

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Publicado por: Iliana Margarita Garnica Ruiz, El Campo en Tacones

Hace algunos años, la mayor preocupación de un agricultor era el clima. Hoy, quizá la pregunta más inquietante es otra: la falta de mano de obra en el campo y la incertidumbre sobre quiénes serán el relevo generacional de la agricultura colombiana.

Es común encontrar agricultores que superan los sesenta o setenta años de edad. Son hombres y mujeres que han dedicado su vida al campo, conocen el comportamiento de las lluvias, los ciclos de los cultivos y la dureza del trabajo rural. Aprendieron de sus padres y de sus abuelos prácticas agrícolas construidas durante generaciones, basadas en la observación de la naturaleza y en el conocimiento transmitido dentro de la familia.

Hoy ese conocimiento enfrenta un desafío adicional. El cambio climático ha alterado los patrones de lluvia, las épocas de siembra y la dinámica de muchas plagas y enfermedades, haciendo que la experiencia acumulada durante décadas ya no siempre sea suficiente para anticipar el comportamiento de los cultivos.

A esto se sumó, años atrás, la modernización de la agricultura con el uso de fertilizantes de síntesis química, que permitió obtener mayores rendimientos y mejorar la productividad de los cultivos. Como era natural, los agricultores adoptaron este modelo con la esperanza de mejorar su calidad de vida, aumentar la producción y garantizar el sustento de sus familias.

Según datos del DANE y la FAO, la población rural en Colombia está envejeciendo de forma crítica. Analizamos los factores económicos, el uso de insumos químicos y las claves tecnológicas para lograr que la agricultura sea un negocio rentable y atractivo para los jóvenes del país.

Esa realidad continúa hasta hoy. En muchos sistemas productivos, la fertilización de síntesis química sigue siendo la base de la producción agrícola y representa uno de los mayores costos para el agricultor. La necesidad de mantener la productividad ha incrementado la dependencia de estos insumos, haciendo que producir sea cada vez más costoso. A ello se suma que, cuando las cosechas son abundantes y aumenta la oferta, los precios disminuyen y la rentabilidad termina siendo menor de la esperada. Esa incertidumbre económica sigue acompañando a miles de familias agricultoras.

En medio de esa necesidad de producir más para sostener sus hogares y cumplir con los créditos bancarios, muchos agricultores aprendieron un modelo de producción basado principalmente en la recomendación de insumos. Todo ello fue el resultado de un modelo de asistencia técnica que, durante muchos años y con el propósito de aumentar la productividad agrícola, concentró sus esfuerzos en recomendar productos y tecnologías, más que en enseñar a comprender el funcionamiento del suelo y los procesos biológicos naturales que ocurren en los cultivos.

Más allá del cambio climático o los altos costos de los insumos, la agricultura colombiana enfrenta su crisis más silenciosa: el envejecimiento de sus productores y la falta de un relevo generacional.
Más allá del cambio climático o los altos costos de los insumos, la agricultura colombiana enfrenta su crisis más silenciosa: el envejecimiento de sus productores y la falta de un relevo generacional.

Como consecuencia, hoy muchos agricultores conocen perfectamente el nombre comercial de un fertilizante, un fungicida o un insecticida, pero no siempre pueden explicar por qué apareció una enfermedad o qué está ocurriendo en el suelo que favoreció ese proceso.

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Esa realidad también fue observada por sus hijos. Ellos crecieron escuchando las preocupaciones de sus padres, viendo el enorme esfuerzo que implica producir alimentos, la incertidumbre de cada cosecha y la dificultad para obtener una rentabilidad estable. Poco a poco, fueron convencidos de que las oportunidades estaban fuera del campo.

Por eso, muchos jóvenes decidieron estudiar y migrar hacia las ciudades para construir allí sus proyectos de vida. El problema no es que quieran progresar. El verdadero problema es que todavía no hemos logrado demostrarles que también es posible construir un futuro digno, rentable e innovador desde la agricultura.

Cada finca que queda sin quien la trabaje representa mucho más que una pérdida económica. Significa perder conocimientos acumulados durante generaciones, prácticas culturales, semillas adaptadas a las condiciones de cada territorio y una forma de comprender la naturaleza que constituye un patrimonio invaluable.

El censo del DANE confirma una tendencia alarmante: el campo colombiano se está quedando sin jóvenes. Frente a la crisis climática y los altos costos de producción, departamentos de vocación agrícola exigen políticas públicas que transformen las fincas en empresas sostenibles antes de que se pierda el patrimonio agrario del país.

Paradójicamente, nunca antes la agricultura había necesitado tanto el talento de los jóvenes. La agricultura del siglo XXI ya no requiere únicamente conocer el comportamiento del clima. Hoy exige comprender los suelos, interpretar análisis físicos, químicos y biológicos, administrar costos de producción, utilizar herramientas digitales, incorporar tecnologías de agricultura de precisión, entender los mercados y tomar decisiones empresariales cada vez más complejas. La agricultura dejó de ser únicamente un oficio para convertirse en una profesión que demanda aprendizaje permanente.

Esta preocupación no es una percepción aislada. El DANE ha advertido, a partir de los censos de 2005 y 2018, el progresivo envejecimiento de la población rural colombiana, una tendencia que pone en riesgo el relevo generacional que hoy necesita la agricultura.

La FAO también ha señalado que incorporar a los jóvenes al campo es fundamental para garantizar la producción de alimentos, enfrentar el cambio climático y preservar el conocimiento agrícola construido durante generaciones.

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En mi caso personal, no nací en el campo. Dejé el asfalto por la tierra y encontré en la agroecología un proyecto de vida. Pero, desde el primer día, comprendí que, para hacer productiva una finca, necesitaba la experiencia, el conocimiento y la capacidad de trabajo de quienes han dedicado su vida a la agricultura. Yo podía aportar nuevas ideas y otra forma de producir, pero necesitaba las manos de quien conociera el campo y sus labores cotidianas.

En mi finca me acompaña don Salomón, un hombre mayor de setenta años, disciplinado, responsable y con una capacidad de trabajo admirable. Su experiencia en la poda, el manejo de las herramientas, la organización de las labores agrícolas y la lectura diaria del cultivo representan un patrimonio que ningún libro puede reemplazar. Mi preocupación no es únicamente quién ocupará su lugar el día que decida retirarse. Me preocupa quién heredará ese conocimiento, esa disciplina y ese compromiso con la tierra.

Colombia es un país con una inmensa vocación agrícola. Necesita políticas públicas coherentes, educación pertinente para la ruralidad, asistencia técnica de calidad, acceso a la innovación y mejores oportunidades para quienes decidan vivir y trabajar en el campo. Pero, sobre todo, necesita cambiar el relato que durante décadas hemos construido alrededor de la agricultura.

Necesitamos volver a enamorar a los jóvenes del campo. En palabras sencillas, hay que hacerle marketing al campo. Debemos mostrar que la agricultura también es ciencia, tecnología, innovación, emprendimiento y desarrollo empresarial; que una finca puede convertirse en un laboratorio de conocimiento y en un espacio para generar soluciones frente a los grandes desafíos ambientales, alimentarios y económicos del país, y no únicamente en un lugar de trabajo físico y sacrificio.

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Existe un dicho muy conocido entre los agricultores: la tierra sin agua no vale nada. Hoy me atrevo a agregar otro: una finca con agua y buenos suelos, pero sin quien la trabaje, tampoco tiene futuro.

El campo colombiano enfrenta enormes desafíos, pero quizá ninguno tan urgente como recuperar el orgullo de ser agricultor.

La respuesta a la pregunta que da título a esta columna todavía no está escrita. Dependerá de las decisiones que tomemos como sociedad, de nuestra capacidad para dignificar la agricultura y de convencer a las nuevas generaciones de que el campo no es el pasado de Colombia, sino uno de los pilares sobre los cuales se construye su futuro.

Porque el futuro de nuestra agricultura no dependerá únicamente de quién herede una finca. Dependerá de quién decida hacer del campo una empresa rentable, innovadora y sostenible; de reconocer que producir alimentos es una de las actividades más estratégicas para cualquier nación y de comprender que quien trabaja la tierra no solo cultiva alimentos: sostiene la seguridad alimentaria, protege el territorio y ayuda a construir el futuro de Colombia.

Publicado por: Iliana Margarita Garnica Ruiz, El Campo en Tacones

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