Entender el suelo como un organismo vivo y complejo es el mayor desafío de la agricultura actual frente al cambio climático.

Publicado por: Iliana Margarita Garnica Ruiz. El campo en Tacones
Con frecuencia se enseña a elaborar un bocashi utilizando una lista determinada de ingredientes y unas cantidades previamente establecidas. Esa misma formulación es aplicada en diferentes regiones, cultivos y condiciones de suelo. En la práctica, una misma receta termina siendo utilizada en suelos con características completamente diferentes, sin considerar si realmente responde a las necesidades específicas del terreno donde será aplicada.
La fertilidad del suelo es mucho más compleja que la simple incorporación de materia orgánica. Un suelo fértil es el resultado del equilibrio entre sus propiedades físicas, químicas y biológicas: textura, aireación, capacidad de retener agua, pH, disponibilidad de nutrientes y actividad microbiana, para determinar la productividad de los cultivos. En gran medida, esto es precisamente lo que buscamos hacer cuando elaboramos un bocashi o compost: reproducir y acelerar los procesos naturales que ocurren en un suelo sano y biológicamente activo.
A través de la producción de abonos, intentamos construir fertilidad, mejorando la nutrición de los cultivos y reduciendo la dependencia de fertilizantes químicos. Sin embargo, antes de producir un abono, necesitamos conocer qué tipo de suelo tenemos, cuáles son sus limitaciones y cuáles son las necesidades reales que queremos corregir. Solo a partir de ese conocimiento es posible definir la formulación más adecuada, la dosis de aplicación y la estrategia de manejo que permita obtener mejores resultados.
Aunque el auge de los abonos orgánicos comerciales abre puertas a la sostenibilidad, los especialistas señalan que el color, el olor o la cantidad de materia orgánica en una etiqueta no garantizan el éxito de un cultivo.
La materia orgánica continúa siendo uno de los pilares fundamentales de cualquier estrategia de recuperación de suelos, y su incorporación mejora los procesos. Cuando elaboramos un bocashi y agregamos cenizas o cal, probablemente estamos construyendo un abono útil para determinadas condiciones de acidez. Un suelo ácido puede requerir fuentes de calcio y magnesio para reducir la toxicidad por aluminio. Pero podríamos estar aplicando la misma formulación en terrenos alcalinos, donde las necesidades son completamente distintas. Un suelo alcalino necesita mejorar la disponibilidad de micronutrientes y un suelo sódico demandará acciones que permitan recuperar su estructura y desplazar el exceso de sodio. Cada condición requiere estrategias y formulaciones de diferentes tipos de abonos. Si desconocemos las características reales de nuestro suelo, el problema no estará en el abono; el problema estará en asumir que una misma receta puede resolver situaciones completamente diferentes.
La calidad de un abono tampoco depende únicamente de los ingredientes utilizados o de las fuentes de donde provienen los materiales, aunque son importantes; también lo son factores que pocas veces se consideran, como la formulación, la relación carbono-nitrógeno, la humedad, la aireación, la temperatura y la actividad microbiológica durante el proceso de elaboración.
Dos abonos preparados con materiales aparentemente similares pueden presentar resultados completamente diferentes dependiendo del manejo recibido. Por esta razón, el color o el olor no siempre son indicadores suficientes para determinar la calidad de un abono.
Cada vez son más las empresas dedicadas a la producción y comercialización de abonos orgánicos. Este crecimiento representa una oportunidad importante para los agricultores, pero también plantea una reflexión necesaria. Un abono puede estar bien elaborado desde el punto de vista técnico y cumplir con determinados parámetros de calidad. Sin embargo, la verdadera pregunta es si ese producto responde a las condiciones reales del suelo donde será aplicado. La calidad de un abono no debería evaluarse únicamente por la información impresa en una etiqueta o por el porcentaje de materia orgánica que contiene. También debería valorarse su funcionalidad agronómica, es decir, su capacidad para contribuir a la solución de las limitaciones específicas que presenta cada suelo.
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La agricultura actual, desde mi punto de vista, nos está enseñando la importancia de producir nuestros propios abonos y de conocer mejor nuestros suelos. Por ello, los análisis de suelos se han convertido en herramientas tan importantes como la elaboración misma de los abonos.
La fertilidad real nace de un equilibrio físico, químico y biológico, lo que obliga a los productores a dejar atrás las recetas genéricas y a diseñar abonos a la medida de las necesidades de su tierra.
En agroecología no hablamos únicamente de abonar una planta; hablamos de nutrir el suelo, alimentar su biología, mejorar su estructura, aumentar la disponibilidad de nutrientes y fortalecer los cultivos para que sean más resistentes a plagas y enfermedades. La fertilidad sostenible se construye mediante la integración de materia orgánica, minerales y microorganismos. Por esta razón, ningún abono puede evaluarse de forma aislada; siempre debe analizarse en función del suelo donde será aplicado y de las necesidades específicas que se buscan corregir.
Durante estos años trabajando en agricultura orgánica, produciendo bioinsumos y compartiendo experiencias con agricultores, he llegado a una conclusión: que aún no conocemos ni comprendemos todo lo que ocurre debajo de nuestros pies. Cada suelo tiene una historia, una biología y una mineralogía propias.

A medida que avanzan las investigaciones, seguimos descubriendo cómo interactúan los minerales, qué organismos participan en los procesos de fertilidad y cómo se relacionan hongos, bacterias y raíces en la construcción de un suelo sano y productivo.
Lo que hoy consideramos una verdad técnica mañana será ampliada o complementada por nuevos hallazgos científicos; apenas estamos comenzando a comprender la enorme complejidad del suelo frente a los desafíos actuales del cambio climático. Por esta razón, necesitamos construir sistemas agrícolas más resilientes.
En este contexto, la producción de abonos orgánicos adquiere una gran importancia. De su calidad y correcta formulación dependerá en gran medida el éxito de nuestros cultivos. Un buen abono puede mejorar la fertilidad del suelo y fortalecer las plantas; un abono mal formulado puede generar resultados deficientes y pérdidas económicas para el agricultor.
¿Estamos aplicando los abonos orgánicos que realmente necesitan nuestros cultivos?













