Luces rojas, moradas y verdes iluminan una carpa y los alrededores de la piscina. Jóvenes y adultos con ropa playera, o “a lo paisa”, bailan al ritmo del DJ de la noche y de la droga de su preferencia.

Publicado por: REDACCIÓN SÉPTIMO DÍA
El anuncio con varios ‘disc jockeys’, o más conocidos como DJ, en una finca a las afueras de Bucaramanga y con duración de hasta tres días, es el común denominador de las invitaciones a fiestas electrónicas que circulan por las redes sociales.
Es así como le propuse a José Osorio*, cliente fiel de estos eventos, acompañarlo a una de estas fiestas que se anunciara “aletosa” o “al nivel”, según la jerga que usan en ellas, es decir, muy buena. La oportunidad apareció. “Esta es la que usted está buscando. Vale $30 mil”, dijo.
¿Y cómo debo estar vestida?, le pregunté, porque por lo que había visto existía una “cultura” marcada alrededor de estas fiestas. Según José* predomina el estilo “paisa a lo perris”, es decir, tenis, jeans o ‘shorts’, camisas de colores fuertes, ombligueras, gorra y gafas.
Y aunque para José* sus referentes en estas fiestas son Medellín o Bogotá, lo cierto es que este estilo caracterizado por música electrónica, espectáculos de luces, organizadas en lugares abandonados o rurales, y con duración hasta el amanecer o incluso días, proviene de las ‘rave dance’ o ‘rave party’ que tuvieron origen en Inglaterra en 1970 y tomó mayor fuerza en los ochenta y novena, y se han venido extendiendo por el mundo.
La ‘party’
A las 2:30 de la mañana estaba ingresando por un camino destapado, con muy poca iluminación, que conducía hacía la finca en donde sería la fiesta, exactamente en Piedecuesta. Con el mapa del evento y las indicaciones que José* me había enviado, llegué con un amigo al lugar. Muy poco movimiento afuera, solo unas cuantas personas, dos carros parqueados, el que abría la puerta y recibía las boletas y una mujer que las vendía.
Al acercarme, unos jóvenes con la cabeza rapada y figuras tatuadas en ella estaban pagando el ‘descorche’, o sea el permiso de ingresar trago. Los dos vestían muy deportivos, y como lo dijo mi fuente, con estilo “paisa”.
Pagamos la entrada y pregunté si estaba llena la fiesta, porque no veía mucha gente en la entrada de la finca, ni escuchaba la música. La mujer me respondió con un sí rotundo. “Unas 400 personas ya adentro”.
Llamé unas cuantas veces a José* sin obtener respuesta, cuando lo vi corriendo hacia la entrada. Estaba vestido con una camisa manga sisa blanca, tenis, gafas y su cabeza rapada. “Entren, ya se “prendió” esto”.
A medida que entramos la música se hacía más fuerte y las personas comenzaban a aparecer. Había muchos carros, varios de alta gama, parqueados al lado del camino. Lo primero que me encontré fueron los baños; un pequeño carro de comidas rápidas y la piscina en el centro.
Aunque son las tres de la mañana y hace un poco de frío, las mujeres, como dijo José están con su pinta “paisa a lo perris”. Por su parte los hombres vestían con jeans, algunos cortos, tenis, gorra, camiseta, pero en su mayoría, en manga sisa.
La luz más fuerte es la que proyectan los láseres: morados, verdes y rojos. Sin embargo, las gafas oscuras son el común denominador.
José me indica que dé una vuelta por el lugar, lo conozca y después entre al palco en donde está él con sus amigos, que tiene un costo de $500 mil por 10 personas, les dan un litro de Old Parr y 10 energizantes.
José nos pasó dos pulseras color verde para ingresar, las de nosotros eran naranjas.
Recorrí la finca. Muy poco alcohol; muchas botellas de agua; bombombunes como es lo usual, porque la boca se reseca mucho con la droga y les sirve para salivar; hay dos carpas a un lado de la piscina y aunque la mayoría de personas está bailando, otros están sentados por ahí, algunos incluso solos, otros más se alejan a fumar su “porro”, otros lo hacen en medio de todos, y hay quienes solo tienen cigarrillos.
Los asistentes son jóvenes, algunos menores de edad como pude comprobarlo; otros se ven más curtidos por los años o la rumba, incluso pasan los 40.
No se ven casi parejas, cada quien parece estar en su cuento, contoneándose al ritmo de los “beats” que el DJ del momento toca. Esa noche nueve DJ’s tocarían hasta las dos de la tarde del domingo, entre los que se destacan Pablo López, reconocido en Miami y Bogotá y Jerac, cuyo nombre real es Jerson Acevedo y es el organizador de esta fiesta y de la mayoría, según me contó José*.
En el palco
Tras unos minutos recorriendo el lugar y no ver nada fuera de lo normal en una fiesta, más que gente casi robótica moviéndose al ritmo de las mezclas, entrecerrando los ojos, fumando y tomándose unos tragos, decidimos ingresar al palco.
Dos personas de seguridad del evento estaban a la entrada del lugar, una carpa cercada con barreras para impedir que se colaran el resto de asistentes, los láseres que salen a los costados en donde se encuentra el DJ con su mesa mezcladora parecen tener mayor intensidad y el aire se torna más denso, quizás por la cantidad de gente concentrada en un espacio menor o por el “cripi”, una cepa de marihuana con componentes químicos, cuyo efecto no solo es más potente sino dañino en el organismo y su olor también es más delatador.
“Mire, acá están las niñas bonitas de la ciudad, las modelos y las prepago”, me cuenta Osorio*, al tiempo que me señala con disimulo de quiénes se trata. Y efectivamente, en esta zona se ven mayores escotes, mujeres operadas con sus sobresalientes atributos y hombres adultos, con panza, rodeados hasta con cuatro chicas.
“A esta fiesta vino mucha gente de diferentes partes de Santander, por ejemplo de Barranca se contrataron buses para que vinieran. Hay menores de edad por montones. La mayoría de los que se “fritan” (drogan) en estas fiestas son ‘maricas’ con plata”, me dice José*, quien con tan solo 21 años y tras una fuerte “fritada” se alejó de las drogas.
Con cada mezcla que el DJ hace las personas se emocionan más, gritan cosas como “Epa, eso care queso” y algunas aumentan la cadencia de su baile. A mí lado hay varias parejas homosexuales. Inspecciono todo el lugar, cuando veo el primero “oliendo”, como les dicen cuando meten perico o cocaína.

Por las luces y oscuridad del lugar, no podía tener certeza de qué estaban consumiendo, pero con el pasar de las horas, era más común ver cómo se pasaban unos a otros una especie de cuchara muy pequeña, que se acercaba a una fosa nasal y desaparecía con una rápida inhalada.
Todo comenzó a verse como José* ya me había contado. Me acerco para preguntarle qué estaban consumiendo y me dice que algunos perico, “la barata, esa apenas vale cinco mil pesos el sobre, pero acá, como están los duros, se mete sobre todo Tusi, que es la ‘coca’ rosada. Una bolsita, un punto (un gramo) vale 150 mil pesos”.
La tusi, cocaína rosada o 2CB (por sus compuesto químicos) tiene su origen en Holanda y se expandió rápidamente por toda Europa entre 2002 y 2005. Pero quien la trajo al país y la hizo famosa y muy rentable, quitándole terreno a otras drogas sintéticas como el éxtasis, fue el antioqueño Alejandro Montoya, conocido en las rumbas de clase alta como ‘Alejo Tusibí’ y apodado por la prensa como el Pablo Escobar de las drogas sintéticas, quien actualmente está prófugo de la justicia.
El efecto de la “tusi” comienza a los 15 minutos de ser inhalada o ingerida a través del licor, y puede tardar en el cuerpo hasta cuatro horas. Según José, causa un estado de relajación que les permite aguantar muchas horas de rumba sin cansarse, incluso días.
“La 2CB es traída por una bumanguesa que se la suministran de otro país, pero no sé cuál, creo que Estados Unidos. Si conozco muy bien es la ketamina rosada, una droga para los caballos y aunque su venta es prohibida al público hay droguerías que se tuercen y venden.... El ‘dealer’ de Teatrón (una reconocida discoteca de la capital del país) es amigo mío y se hacía hasta cinco millones en una noche”, me cuenta José*.
“Se consigue mucha ‘coca’, cripi… El poper, que es un estimulante sexual y hace que el cuerpo se suba y sienta una euforia, como un orgasmo y dura solo como 15 segundos…”, agrega.
Cuando tienen sobredosis sacan el “kit”. Sí, las personas que consumen en estas fiestas andan con una especie de botiquín, que contiene chocolatinas, suero y leche.
“Todo eso es lo que se mete para vomitar, porque cuando uno vomita, ya pasa todo. Se le baja a uno como la presión y por eso el dulce para subir el azúcar”, comenta José, hablando como el más experimentado médico.
“Mire ese de allá es ‘el pato’, uno de los ‘dealers’ más conocidos de la ciudad”, José* lo llama y me lo presenta. Es muy joven, parece de unos 25 a 28 años de edad, está vestido con camiseta y jeans y a su lado hay varios hombres mayores y una prepago.
“Todas las drogas las mandan desde Bogotá en comidas como panes o paquetes de papas por una empresa de mensajería. Las compran de allá porque son más baratas, acá no se tiene la industria…”, cuenta Osorio, en otro momento fuera de la rumba.
La fiesta sigue y se prolonga hasta las dos de la tarde del domingo.
Bueno eso me dijo José, porque solo aguanté hasta las cinco de la mañana. Y como si la rumba vivida por 12 horas no fuera suficiente, muchos como él y sus amigos se van de remate, es decir, siguen la fiesta en otro lugar.
Cero capturas y cero operativos
De acuerdo con el coronel Reinaldo Rojas Suárez, comandante operativo de Seguridad Ciudadana de la Policía Metropolitana de Bucaramanga, en lo que va del año ya se han cancelado dos fiestas de este estilo, que conforme a la Ley 1493 de 2011 de espectáculos públicos y el código de Policía están prohibidas, ya que no pagan impuestos ni cumplen con medidas mínimas de seguridad como las salidas de emergencia.
“Acá debe haber un compromiso de los secretarios de Gobierno de cada Alcaldía para enviar los oficios de controles policivos para prohibirlas…”, explica el coronel, ya que en muchas ocasiones, a pesar de que la Policía llega a una fiesta electrónica, no puede hacer nada si no cuenta con la orden para realizar el respectivo allanamiento al lugar, pues se organizan en propiedades privadas.
“Lo que sucede ahí es una responsabilidad civil no penal y solo recae sobre el organizador del evento. Ni siquiera al dueño de la finca porque no hay ley que prohíba esto”, agrega el comandante, pues a pesar de que dentro de los eventos sí se venden drogas y hay consumo de alcohol en menores de edad que sí implica un delito, hasta el momento no se han presentado operativos o se tienen capturas por estas conductas.














